miércoles, 12 de agosto de 2009

Who´s the boss?

Hay hombres que no están acostumbrados a que las mujeres tomen decisiones. Cuando salgo con el Chamo siempre me pregunta a dónde quiero ir, aunque al final termina llevándome a dónde él prefiere (creo que hace la pregunta solo para hacerme creer que me está dando una opción de elegir). Pero eso no es un problema. Para una mujer que suele decidir sola todo respecto a su vida (desde el menú de la semana hasta cuál es el colegio indicado para su hija), a veces es rico que decidan por ella. Pero, cuando se trata del tiempo destinado para las actividades varias del día, es natural que una se deje llevar por la inercia de la independencia y decida, por ejemplo, pedir la cuenta en un restaurante. Error. Para un hombre que también está acostumbrado a tomar decisiones y al que le reportan treinta personas en una oficina, es impensable que una mujer quiera levantarse de la mesa sin consultarle. Aunque lo que más le molestó al Chamo aquella vez fue que llamé al mozo cuando él me estaba contando una anécdota personal. Ya habíamos terminado el plato de fondo, el postre, las aguas, el café, no había nada que seguir engullendo, y creí conveniente agilizar los trámites de pago, mientras lo escuchaba. Por supuesto que lo escuchaba!!! Es que nosotras, las mujeres, podemos hacer varias cosas a la vez, eso lo sabe todo el mundo y hasta se ha convertido en una frase aburrida y cliché. Pero es cierto. Le estaba prestando atención, solo que él creyó que me aburría con su plática y que por eso pedía la cuenta. Luego, después de pagar, me atreví a tomar otra decisión: anunciarle que ya era la hora de irnos. Segunda ofensa. Claro, todo parecía broma, pero detrás de las bromas siempre se esconden los verdaderos sentimientos. Que me quiere matar, que me odia porque me ha buscado muchas veces y ahora que estoy sola se me ocurre decir que no quiero tener una relación seria por el momento. Y me cree fría y despiadada. Seguro un día se va a hartar de mí y me va a mandar directo a Bagua. ¡Eres una fascita!, me dijo con el hígado remojado en cabernet sauvignon. Te viene de familia. Tu nona era fan de Mussolini y tu nono peleó en el ejército nazi. Me dejó sin palabras. ¡Claro! ¡Tenía razón! La servilleta se resbaló de mis piernas y me sentí descubierta. Lo radical lo llevaba en los genes y recién me daba cuenta de que mi carácter podía tener alguna conexión con ese lado de mi familia (siempre pensé que toda mi herencia venía de Las mil y una noche). ¿Te dejo en tu casa?, me dijo cuando subimos al auto. No, déjame en Wong please porque me faltan algunas cosas para la semana. Ok, respondió en su típico tono cantarín y evasivo, y para matizar los ánimos le dije que ponga la canción que compusimos cuando yo tenía diecisiete y él veintiséis. Recuerdo que estábamos en la sala de la casa de mi abuela, él con su guitarra, yo con mi cuerpo benditamente flacuchento. Y de pronto, se me ocurrió improvisar el coro:

Cuando pierdas la razón
y tus ojos miren mal
tu mirada se perderá
en el cielo azul.
Y tus manos tocarán
la sonrisa de mi piel
y por fin serás el rey
de la locura.

La canción sirvió de bajativo. Aunque, si nos poníamos muy analíticos, con la letra del coro lo estaba invitando a un encuentro íntimo que le voltearía los ojos. Felizmente ni se dio cuenta, él estaba más preocupado por mis zapatitos de enfermera de sala de urgencias que lo sacan de quicio. ¡Pero cómo se te ocurre salir con esas tabas! (seguía dando puñaladas, no le había bastado decirme fascista). ¡Son mis zapatitos de domingo! ¡Y me encantan!, le dije entre risas. Cuando llegamos a Wong ya me había convertido en una enfermera anti-erótica e insensible que solo da órdenes y que no le importa herir a sus pacientes (léase que lo que más me dolió fue lo de anti-erótica). Aún así, el Chamo se ofreció a acompañarme, tercer error de la tarde. Antes de entrar al súper, él comenzó a dirigirme hacia la izquierda. No, le dije, entremos por allá, y le señalé la puerta de la calle Los Alamos. ¡Pero chica! ¡Eres una mandona! (ya parecía mi hija, así me reclama ella, dice que soy una mandona y que las mamás mandan más que los papás). Definitivamente nuestros planetas no estaban en armonía ese día, así que no le dije nada porque sino la que lo iba a mandar a Bagua era yo. Entramos, yo agarré mi coche y me adelanté. Fui directo a la sección de quesos y embutidos y él se dedicó a pasear por los alrededores, sin alejarse demasiado, y adornó el carrito con compras impulsivas. Finalmente, la mandona decidió que era hora de irnos.

El Chamo es un hombre gatuno, yo soy perruna. El se pasea infielmente entre la pc y la mac, yo soy pc corazón, mujer de un solo sistema operativo. El lleva su Montblanc en el saco, yo pierdo todos los días mis Faber Castell de a luca. El compra libros de economía, yo, novelas de Murakami. Podría seguir citando infinitas diferencias pero también es justo que mencione algunos de los puntos que nos unen, como la risa, el gusto por la informalidad (a pesar de que él usa todos los días saco y corbata y yo tengo que ir a trabajar como una lady) y el Frangelico. Además, como olvidar la música. El tema Butterfly, de Crazy Town, nos hace saltar del asiento del carro cada vez que lo escuchamos a todo volumen y a toda velocidad.

Después del evento con el Chamo, y de algunos golpecillos con mi pasado amoroso, decidí enfocarme. Si de verdad era mandona pues tenía que aprovecharlo de verdad. Mandé callar a mi mente parlanchina y me atreví a hacer algo que quería hace tiempo, hablar con mi jefa para que me promoviera a un mejor puesto. Así conseguí mi ascenso.
Mañana salgo a celebrar con las amorcinas. Brindaremos no solo por mi nuevo puesto sino también porque todas seamos capaces de descubrirnos como las verdaderas jefas de nuestras vidas. ¡Salud!

Aquí los dejo con el pegajoso hip hop de Crazy Town, para que también celebren conmigo.
http://www.youtube.com/watch?v=WWstVT6M6zU