miércoles 9 de diciembre de 2009

Amor en-cubierto

Locación: Restaurante Chicha - Arequipa, Perú


Distantes

Intento de reconciliación

Luchas de poder


Quiero el divorcio

No me entiendes

Segundo intento de reconciliación

Diálogo

Término medio, el mejor

martes 8 de diciembre de 2009

Qué tal cherry!!!!

Locación: Restaurante Chicha - Arequipa, Perú

¿Por qué tan solito?

Ahí voy mi amor

Cada vez más cerca

A tomar vuelo!!!

Sí, yo sé que te deshaces de amor por mí

Cereza pasión

Me gusta estar arriba

No seas tímido!!!!

Vas a ver qué tan lejos puedo llegar

Prepárate para el mayor placer de tu vida

Nadie podrá separarnos
(Disculpen la resolución, la cereza no quería hacer mucho cherry y no me dejó prender el flash!)


sábado 26 de septiembre de 2009

Una canita al aire

Me resisto. Me resisto a pintarme las canas. Según yo se ven como rayitos plateados, very nice, pero para Yayita soy de lo last. Cada vez que me hago cola me quiere matar. Ya pues mamita, para cuando la peluquería. Ay!!! Es que no quiero ser esclava de los tintes!!!! Además, ya estoy acostumbrada al perfil bajo de mi color natural. Hasta hace un año, o un poco más, siempre me había hecho iluminación porque mi mami me hizo creer que yo había nacido para ser rubia, pero mi tema jamás fueron las canas. Aunque creo que ya llegó el momento de aceptar de una buena vez mi condición de treintona canosa. Tarde o temprano llega todo ¿no? Lo esperado, como las patas de gallo cuando sonrío o las bolsas debajo de los ojos; y lo inesperado, como el sillón de cuero color maíz (exactamente el mismo tono de mis paredes) que me regalaron esta semana. Bonito bonito, como diría Jarabe de Palo. Una bonita excusa para celebrar y salir a descargar el peso de trabajo de la semana. Leo me invitó a la fiesta de aniversario de un casino en Miraflores, un evento tan inesperado como mi sillón maíz. Y, aunque detesto el ambiente estridente de los casinos y me deprime ver a un montón de zombis dominados por máquinas que tragan su dinero, acepté la invitación porque me pareció pintoresca y porque necesitaba un trago a gritos. Además, sabía que mi complejo de antropóloga me haría pasar un buen rato en aquel sub-mundo de la mafia chicha.

Era la primera vez que entraba al casino Fiesta, un lugar concurridísimo que tiene un escenario en donde se presentan bandas en vivo y bailarines profesionales que te sacan a bailar si te ven planchando. El lugar estaba repleto de anfitrionas, guardaespaldas y mozos. Eran tantos que podría jurar que había más empleados que clientes. Y las bandejas se paseaban a toda velocidad repletas de piernitas picantes de pollo, cada una con su platinita más, empanaditas de espinacas, pizzetas rancheras y rebosantes langostinos que no podía comer, no solo porque nunca fui buena en carreras sino porque un día los dioses del norte me castigaron con una alergia fulminante que me convirtió en pez globo. Pero Leo y yo nos habíamos ubicado, por casualidad, en un lugar estratégico, cerca de la puerta de la cocina, por lo que teníamos la primera opción y la más calientita. El problema fue cuando decidimos dar un paseo por el lugar, nos dimos cuenta de que ahí sí era imposible probar bocado. La gente capturaba a los mozos de rehenes y se abalanzaba sobre las fuentes para devorar con fruición y desesperación lo que encontraban a su paso. Sobre todo me impresionó un hombre que llevaba una camisa blanca estampada con pequeños leones. Su panza peluda se asomaba por el hueco de unos botones desabrochados, acariciando el borde de una bandeja de tequeños. Cuando finalmente terminó de aspirar los últimos residuos de queso derretido y trocitos de masa wantán, volteó presuroso para buscar un nuevo mozo-víctima y ahí fue cuando nuestros ojos se encontraron. El hombre se sintió observado y descubierto, y pude ver en él la misma cara de culpabilidad del Chavo cuando se comió todos los churros de doña Florinda.

Pero eso no fue lo mejor de la noche. El desfile de hombres con antifaces y señoritas vedettonas con shorts diminutos y medias hasta las rodillas, o las disfrazadas de naipes del país de las maravillas fueron los más inspiradores. Después de cuatro pisco sours le dije a Leo que tenía que irme del lugar con un antifaz, y me atreví a confesarle que una de mis fantasías sexuales era hacer el amor con una de esas máscaras y con zapatos de taco aguja. No me digas más, me dijo él, yo te consigo uno de todas maneras. Así que seguimos paseando pero con un nuevo objetivo en la mira. Lo malo, o lo bueno para disipar tensiones, es que el lugar tenía demasiados estímulos como para enfocarnos en uno solo y rápidamente olvidamos la gracia de las máscaras. De pronto, nos encontramos riéndonos a carcajadas de unos hombrecitos que, según nosotros y gracias al efecto hilarante del alcohol, estaban pescando con los cables de los equipos de sonido a unos personajes que aparecieron volando por el escenario.
Siento que todo el mundo me mira raro, dijo Leo (otra vez el efecto del alcohol y la proyección de nuestro propio sentimiento de no pertenencia). Entonces, me concentré en la gente de las mesas que nos miraba deambular de aquí para allá. Gran parte del casino estaba tomado por un geriátrico. Abuelitos, suegras, viudas que acababan de salir de misa, tías ricototas parientes de la Teresita o solteronas que acababan de estacionar sus escobas. Y nos paseábamos abrazados preguntándonos si era cierto que los años significan necesariamente sabiduría o si nos han engañado vilmente con esa idea para aceptar la vejez, irrevocable y sigilosa. De pronto, un día nos vemos al espejo y ya tenemos canas que hay que esconder, porque las mujeres somos expertas simuladoras, desde el rollo de la cintura hasta los orgasmos (aunque ese no es mi caso). Porque, sobre todo para la mujer, la vejez es indigna. Es un pecado que hay que ocultar a como de lugar. Y en ese afán por querer detener el tiempo, muchas de ellas se ridiculizan. No por favor, Leo, avísame cuando los vestidos cortos con botas ya no me queden, o los estampados de animal print. El hombre con canas es sexy. La mujer con canas es vieja y descuidada. Ya lo entendí Yayita.

Aunque no puedo sesgarme, no todo el target sobrepasaba la tercera edad. El lugar era variopinto, incluía desde los papis criollos con pinta de instructores de gimnasio, las lady ruquers que esperaban un levante, hasta la crema innata de Chollywood encabezada por la Angelina Jolie lorcha (dícese de una tal Karla Casos) y la amistad Rodríguez que había ido para rellenar su revista farandulera. Todo esto enmarcado en una ronda derrochadora de plasmas y una pantalla gigante que aún estaba en blanco esperando a Joselito. Pero nosotros no podíamos quedarnos para el show. A las doce en punto nos fuimos cuales cenicientos. Al día siguiente había laburo y, sobre todo, un colegio que me despierta antes del amanecer.

Si me faltaba un empujoncito para visitar al estilista, esa noche fue un aventón. Salí totalmente convencida de un cambio de look urgente. Aunque, según Leo, mis hilos de plata son de lo más sexy. ¿Le creo o me estaba trabajando para que le diera la bienvenida a la isla de la fantasía? En cualquier caso, él finalmente cumplió su palabra, salí del lugar con mi antifaz puesto, y no me quedó más remedio que gritar misma Tatoo: ¡El avión, el avión!

jueves 10 de septiembre de 2009

Hable con ella


Mi mejor clase de Tae Bo fue la noche en la que volví a ver a mi ex. Sí, después de dos semanas de descoordinaciones garrafales y de querer matar al entrenador y a todos los pupilos aplicaditos que daban puñetazos y patadas al aire, pude hacer una clase completa sin renegar. Parece que fue el efecto ex el que me puso las pilas, así que debo agradecerle. Es más, nos debemos agradecer mutuamente porque gracias a esa clase en la que desfogué los últimos remanentes de una ruptura frustrante (porque nunca pudimos escarbar nuestras miserias mirándonos a los ojos), ya no me quedó más agresión y logramos sostener una conversación civilizada. Yo parecía una funcionaria de embajada: directa, distante y fría, cuestionando los documentos de un temeroso turista que solicitaba una visa de residente, o de reincidente. Pero todo con unos modos tan correctos que ni yo me reconocía. Nunca he sido tan proper y coherente. Ahora sí parecía la Hildebrandt, como me dicen en la chamba (las amorcinas creen que soy un diccionario andando y se quejan cuando no tengo una respuesta a sus preguntas gramaticales).

Todos vuelven mis queridos lectores. Esa es una ley de la naturaleza en cuanto a parejas se refiere. Alguna vez me ocurrió a mí, ahora le ocurre a mi ex. Terminar una relación es una responsabilidad y normalmente uno carga la mochila de la culpa y quiere liberarse de aquel peso que nos joroba la vida. Si solo se trata de eso, el deseo de retorno es una farsa. Está alimentado por el miedo, y si nuestro motor es el miedo, el combustible se consume rapidito dejándonos nuevamente a medio camino y con un copiloto doblemente herido. Pero, el peor escenario para un desertor es cuando descubre que su deseo de retorno es auténtico —dando fé a la frasecita de: uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde— e imposible como cruzar el Niágara en bicicleta (a propósito, grande Juan Luis!!!!!), porque el ser amado ya no nos ama más.

¿Y por qué será que los hombres le huyen al talking? (mi ex lo hizo durante cinco meses). Creo que porque nosotras nunca perdemos. Todo lo que dice el hombre es usado en su contra. Los acorralamos, los echamos contra la lona, y no precisamente para una lucha hot en un ring de barro. Si nos dan la contra, entonces no nos comprenden, y si nos dan la razón nos están tratando como locas (para que nos callemos de una buena vez).
¿Se acuerdan de mi predicción con el Chamo? Anuncié que me mandaría a Bagua porque un hombre de Estado no iba a aguantar a una chica de letra floja. Y así fue. Debería escribir un post que diga, ¿cómo perder a un saliente en dos posts? Pues fue otro hombre que prefirió evitar el diálogo, ¡y se supone que trabaja en política! Pero no puedo culparlo, no es fácil lidiar con esta Maya malcriada (si supiera que me acabo de comprar un nuevo par de zapatitos de enfermera de sala de urgencias pero en color negro... y para ir a bailar!!!! PLOP).

Lo que ocurre es que la contradicción no es una característica meramente femenina. Muchos hombres se quejan porque dicen que somos absorbentes y posesivas, que no les damos suficiente espacio y que nuestro hobbie es exigir y prohibir. Pero cuando una mujer no acosa y puede ser feliz sin el afecto del compañero de turno, entonces algo anda mal. Los hombres se sienten terriblemente inseguros y abandonan el barco. Eso es parte de un mal aprendizaje respecto al amor. Estar enamorados no significa mimetizarse, y la felicidad no debería estar condicionada por una pareja amorosa, sino subrayada por el resaltador fosforescente del amor. La pareja debería sumarnos, acompañarnos, pintarnos con nuevos matices, pero no nos olvidemos que nuestra propia vida ya tiene color. Si vamos por el mundo buscando el color en el otro y basando nuestra felicidad en arco iris ajenos, cuando un día la pareja nos deja de alumbrar corremos el riesgo de quedarnos en blanco y negro.

Por eso me llevo tan bien con mi Leo incondicional, el que me ama a pesar de todo. Con novio, sin novio, independiente, engreída, sarcástica, dormilona. Ni yo le exijo nada, ni él me exige nada a mí. Nos queremos sin necesitarnos y endulzamos nuestras vidas con irrupciones imprevistas de cariño y buen humor. Mi Leo se suele comunicar conmigo con mensajes de texto, y a veces, me hace pasar del susto a la risa en un segundo:

- Oye estoy en un apuro, es URGENTE!!!!! se me ha metido una nube a mi cuarto, ahora qué hago?

Otras veces me escribe de puro aburrido, cuando normalmente estoy corriendo en la chamba o lidiando con mi hija:

- Toy insomne… qué hago, me leo la guía telefónica?

- Jaajajaja llegué hasta los Gutiérrez y me kede jato!!! Como amaneció la más bella de esta triste ciudad de pobres corazones? Extraño tu sonrisa!!!


O también me escribe desesperado, cuando le hace falta una dosis de Maya vivencial y no de Maya virtual.

- Houston llamando a Texas!!!! Cambio.

- Aki Houston con la loka idea geográficamente imposible de abrazar a texas!!! Extrañando la aridez del territorio. Urgente, Texas responda! No se haga la tercia!!! cambio.

- Houston sobrevolando Texas hasta tener cielo despejado, esperando no kedar sin combustible, mandar señales cuando esté en condiciones optimas para aterrizaje forzoso! Cambio.

- Copiado Texas, espero la señal no pase de las 8 que nos kedamos sin combustible, ya casi puedo visualizar pista de aterrizaje, besos tejanos, cambio.

- Oe Texas… ya pues, pa cuando!!!! Toy que sobrevuelo desde el martes!!! Jajajaja avisa peeee… on tas?

- Hasta cuando voy a soportar tanto maltrato de tu parte!!!! Esta bien que sea un animal noble, pero no abuses!!! Como haces pa aguantar sin verme? Yo no puedo!!!!

Como ven, ni las relaciones que parecen perfectas son perfectas. No existe el equilibrio, porque el verdadero equilibrio es la muerte (eso dice mi maestro de yoga). No son ideales ni los noviazgos intensos que lo prometen todo, ni los flirts aparentemente sin compromiso. Y es que nada es estático, nada permanece inmutable y, como diría Watanabe, hasta las piedras tienen movimiento. ¡Que pase el siguiente!

miércoles 26 de agosto de 2009

El Código Da Femini

Amparo Grisales para la revista Soho - Foto: Carlos Tobón

Cada vez que voy a un bar barranquito al que mi amiga, la rubia, me tiene que llevar casi a rastras, me siento como una antropóloga. No puedo evitar observar a la gente y analizar sus actitudes, sus modos y poses. Las mujeres son unas verdaderas heroínas, para ellas no existe el frío cuando se trata de estar regias. Lucen sus mejores atuendos de verano en pleno invierno, aunque el frío les congele los huesos. Los hombres se pasean midiendo el territorio, siempre con un trago en la mano para mostrar seguridad y encontrar el valor necesario para acercarse a una flaca. Lo malo es que a los que normalmente les sobra el valor es a los viejos atrevidos. Los guapos ni se molestan en hacer el intento (los argentinos que vienen al Perú a buscar laburo se harían millonarios si se dedicaran a enseñarles a los hombres peruanos algunas tácticas para abordar a una chica).
Todo es un juego de miradas, de olfato. Una guerra femenina de escotes y pantalones ceñidos para ganarse las miradas del vecino de copa, pero aparentando indiferencia. Un juego de atracción y repulsión que tiene a los hombres pendientes. El gran plan de la noche es chupar parados y conversar banalidades mientras los ojos no dejan de moverse para ubicar un blanco, en el que casi nunca llega el dardo. Si al menos el lugar tuviera una pista de baile cambiaría un poco la cosa. Pero no, es un bar calentón, se comporta como discoteca —con buena música y gente apretada— pero te deja con las ganas de mover el esqueleto. Cuando estás empilado te tienes que ir a buscar acción a la discoteca miraflorina de moda.

El viernes quedé con la rubia para ir al bar en mención. Ella es una fan enamorada de ese lugar y como hace tiempo no salía en plan juerguero me animé a decirle que sí. Lo malo es que se me ocurrió ir justo cuando he comenzado una dieta con nutricionista y en la que, obviamente, me han prohibido el alcohol.
La rubia está curada conmigo, sabe que me achoro rápido en esos lugares y que no tengo mucho aguante para quedarme hasta tarde, así que esta vez llevó a Talía. Ellas llegaron con unos coquetos polos discotequeros y unas casacas ligeras que salieron disparadas al segundo vodka. Yo parecía una abuelita. Después de haber estado metida en mi cama con el edredón de plumas hasta el cuello, salí de mi casa con calentador de nylon, dos chompas y un saco. Y apenas encontré una silla la capturé. No entiendo cómo pueden estar paradas, con tacones altos, durante cuatro horas seguidas, apiñadas en un rinconcito o meciéndose de un lado a otro recibiendo empujones de la gente. Ese es el plan. Esa es la juerga en Lima.
A las dos horas llegaron unos amigos de Talía. Uno de ellos la estaba afanando hacía un par de semanas; el segundo era un tipo bonachón y despistado que no emitía sonidos (algo así como yo); y el tercero, un treintañero hiperactivo que se llevó todas las palabras de su amigo y que nos alegró la noche.

Cuando formas parte de un grupo (o pareciera que formas parte de) en donde todos se embriagan menos tú es como si estuvieras a miles de kilómetros de distancia, viéndolos con un largavistas. Ellos se ríen de cualquier cosa, y tú no entiendes nada. Sólo observas y eres consciente de que debes caer antipatiquísima con tu pose de que todo te apesta. Como a las dos de la mañana insistieron en ir a otro lado a bailar y como ya no quería caer más pesada acepté ir a una disco, porque oh milagro, no tenía sueño. Lo único malo es que como ahora está tan de moda esto de la liberación femenina, la rubia y yo tuvimos que pagar nuestras entradas. No podíamos pretender que dos chicos que acabábamos de conocer nos las pagaran. Claro, la única que se salvó fue Talía. Como todavía estaba en los preliminares, en el juego del cortejo, fue invitada por su galán. Y no podría ser de otra manera, el hombre tiene que saberse de memoria el código de caballería cuando pretende a una dama, y faltar a uno tan importante como pagar la cuenta en un restaurante o la entrada a una discoteca se consideraría un suicidio. Qué dolor!!!! 50 soles por la entrada a un antro!!!! Por un momento tuve la ilusa idea de que por la hora nos harían un descuento. Pero no. Y mi monedero rosa glam lloró, sobre todo porque acababa de pagar el cumpleaños de mi hija (no tuve la suerte de la rubia, su ex se hizo cargo de todos los gastos del santo de su hijo menor). En fin. Tuve que actuar dignamente. Ya cuando estuve adentro, no podía permitirme seguir con mi mood de madre superiora, así que me saqué el saco, me lo amarré a la cintura, guardé una de las chompas en la cartera y acepté un vodka. Tenía que ponerme alegrona a como diera lugar.

Antes de que llegaran los chicos, Talía nos dijo que existía un código tácito entre las mujeres. Si a una le gusta un pata, la amiga tiene que apuntar a otro objetivo. Totalmente de acuerdo. Para mí, los novios o esposos de mis amigas son mujeres, o mejor aún, hermanas. Por eso me pareció incesto cuando hace un tiempo un ex enamorado invitó a mi hermana a salir, aunque lo nuestro haya pasado hace mil años. El solo hecho de haber estado conmigo lo descalificaba automáticamente como posible candidato a cuñado. Así es el Código Da Femini, pero solo lo cumplen las verdaderas amigas, las leales, las que no anteponen sus necesidades, traumas o deseos reprimidos al hecho de hacerse pipí en los sentimientos de una amiga. Y lo peor de todo es que esas traiciones son en vano. Las relaciones que surgen del dolor ajeno normalmente no funcionan y perjudican a la mujer. Al final, la disque amiga pierde una amistad, al hombre del delito y su reputación. Mientras que el hombre se gana con dos amigas y con la fama de papi riqui.
Pero el código no sólo se refiere a las relaciones serias, también se hace extensivo a las relaciones triple “A” (affairs, afanes, agarres) o a las meramente sexuales. La única excepción es cuando hay un permiso explícito de por medio. Por eso, cuando la rubia me dijo: oye, creo que me gusta este patín (se refería al treintañero hiperactivo), pues automáticamente tuve que hacer uso del famoso código y giré el radar. A mi también me parecía simpático pero no iba a ponerme a competir con una amiga. Jamás. Sobre todo si estamos hablando de un hombre prospecto a backup (aquel con el que eventualmente puedes compartir el placer del sexo y divertirte, pero con el que no te puedes proyectar más allá de una noche loca). Y no digo que el chico no sea un hombre inteligente, pero su target para relaciones serias son veinteañeras con miras al matrimonio. Al igual que nos pasa a nosotras con ellos, los chicos jóvenes, solteros y sin hijos nos ven a las divorciadas como backups porque significamos mucha complicación para su vida libre y sin compromisos. Y a la vez nos consideran presas fáciles porque creen que nos han dejado y que necesitamos un espécimen masculino con urgencia. Esta es una creencia que nace de la primera etapa de la separación, cuando la mujer necesita reafirmar su autoestima dañada. Es una época de liberación en la que no pone freno a ninguna experiencia que la haga sentirse nuevamente deseada. El error es que esa etapa suele ser un arma de salvación de doble filo. Lo que suele ocurrir es que la mujer se engancha fácilmente con el primer post-marido que aparece y tiene sexo pensando que así va a recuperar el amor perdido. Felizmente luego las aguas se calman y todo vuelve a su normalidad, o casi todo. Con los años y la experiencia, nos convertimos en mujeres más directas y con menos prejuicios, pero eso no significa que nos vamos a la cama con cualquiera.

Después de dos vodkas salí a bailar con un nuevo amigo de Talía, que apareció de repente, y con el que recordé viejos tiempos de Guns & Roses y Bon Jovi en la pista de baile. Y apenas dieron las 4 de la mañana, me dije a mi misma que ya era suficiente. El chico no entendió por qué, de pronto, me tenía que ir, pero me acompañó a la puerta para llamar a mi taxi. Luego, entramos un rato para esperar sentados y me encontré con una escena que parecía sacada de mi viaje de prom: Talía y su afán al fin habían llegado al puerto del primer beso, y el paraíso en la otra esquina lo tenía capturado la rubia con su nueva conquista. Provecho señoras divorciadas, disfruten de un buen entremés sin cargos de conciencia, me dije a mí misma. No está mal si se les ocurre comer de más y subir unos quilitos. Luego vendrán algunas épocas de sequías y de vacas flacas, y más tarde otra vez disfrutarán de nuevos manjares. Así estarán, subiendo y bajando de peso hasta que se encuentren con su menú ideal, que por ser ideal se volverá monótono, querrán comerlo todos los días: el menú de la monogamia.
Todo eso pensé cuando los vi abrazados. Solo faltaba que yo me incluya en el festín del beso con mi nuevo amigo, pero estaba a dieta y no me provocaba romperla. Así que les dije adiós y me fui con todas las ganas de abrigarme con mi edredón de plumas y con el cuerpecito caliente de mi hija que me esperaba dormida, al otro lado de la cama.

miércoles 12 de agosto de 2009

Who´s the boss?

Hay hombres que no están acostumbrados a que las mujeres tomen decisiones. Cuando salgo con el Chamo siempre me pregunta a dónde quiero ir, aunque al final termina llevándome a dónde él prefiere (creo que hace la pregunta solo para hacerme creer que me está dando una opción de elegir). Pero eso no es un problema. Para una mujer que suele decidir sola todo respecto a su vida (desde el menú de la semana hasta cuál es el colegio indicado para su hija), a veces es rico que decidan por ella. Pero, cuando se trata del tiempo destinado para las actividades varias del día, es natural que una se deje llevar por la inercia de la independencia y decida, por ejemplo, pedir la cuenta en un restaurante. Error. Para un hombre que también está acostumbrado a tomar decisiones y al que le reportan treinta personas en una oficina, es impensable que una mujer quiera levantarse de la mesa sin consultarle. Aunque lo que más le molestó al Chamo aquella vez fue que llamé al mozo cuando él me estaba contando una anécdota personal. Ya habíamos terminado el plato de fondo, el postre, las aguas, el café, no había nada que seguir engullendo, y creí conveniente agilizar los trámites de pago, mientras lo escuchaba. Por supuesto que lo escuchaba!!! Es que nosotras, las mujeres, podemos hacer varias cosas a la vez, eso lo sabe todo el mundo y hasta se ha convertido en una frase aburrida y cliché. Pero es cierto. Le estaba prestando atención, solo que él creyó que me aburría con su plática y que por eso pedía la cuenta. Luego, después de pagar, me atreví a tomar otra decisión: anunciarle que ya era la hora de irnos. Segunda ofensa. Claro, todo parecía broma, pero detrás de las bromas siempre se esconden los verdaderos sentimientos. Que me quiere matar, que me odia porque me ha buscado muchas veces y ahora que estoy sola se me ocurre decir que no quiero tener una relación seria por el momento. Y me cree fría y despiadada. Seguro un día se va a hartar de mí y me va a mandar directo a Bagua. ¡Eres una fascita!, me dijo con el hígado remojado en cabernet sauvignon. Te viene de familia. Tu nona era fan de Mussolini y tu nono peleó en el ejército nazi. Me dejó sin palabras. ¡Claro! ¡Tenía razón! La servilleta se resbaló de mis piernas y me sentí descubierta. Lo radical lo llevaba en los genes y recién me daba cuenta de que mi carácter podía tener alguna conexión con ese lado de mi familia (siempre pensé que toda mi herencia venía de Las mil y una noche). ¿Te dejo en tu casa?, me dijo cuando subimos al auto. No, déjame en Wong please porque me faltan algunas cosas para la semana. Ok, respondió en su típico tono cantarín y evasivo, y para matizar los ánimos le dije que ponga la canción que compusimos cuando yo tenía diecisiete y él veintiséis. Recuerdo que estábamos en la sala de la casa de mi abuela, él con su guitarra, yo con mi cuerpo benditamente flacuchento. Y de pronto, se me ocurrió improvisar el coro:

Cuando pierdas la razón
y tus ojos miren mal
tu mirada se perderá
en el cielo azul.
Y tus manos tocarán
la sonrisa de mi piel
y por fin serás el rey
de la locura.

La canción sirvió de bajativo. Aunque, si nos poníamos muy analíticos, con la letra del coro lo estaba invitando a un encuentro íntimo que le voltearía los ojos. Felizmente ni se dio cuenta, él estaba más preocupado por mis zapatitos de enfermera de sala de urgencias que lo sacan de quicio. ¡Pero cómo se te ocurre salir con esas tabas! (seguía dando puñaladas, no le había bastado decirme fascista). ¡Son mis zapatitos de domingo! ¡Y me encantan!, le dije entre risas. Cuando llegamos a Wong ya me había convertido en una enfermera anti-erótica e insensible que solo da órdenes y que no le importa herir a sus pacientes (léase que lo que más me dolió fue lo de anti-erótica). Aún así, el Chamo se ofreció a acompañarme, tercer error de la tarde. Antes de entrar al súper, él comenzó a dirigirme hacia la izquierda. No, le dije, entremos por allá, y le señalé la puerta de la calle Los Alamos. ¡Pero chica! ¡Eres una mandona! (ya parecía mi hija, así me reclama ella, dice que soy una mandona y que las mamás mandan más que los papás). Definitivamente nuestros planetas no estaban en armonía ese día, así que no le dije nada porque sino la que lo iba a mandar a Bagua era yo. Entramos, yo agarré mi coche y me adelanté. Fui directo a la sección de quesos y embutidos y él se dedicó a pasear por los alrededores, sin alejarse demasiado, y adornó el carrito con compras impulsivas. Finalmente, la mandona decidió que era hora de irnos.

El Chamo es un hombre gatuno, yo soy perruna. El se pasea infielmente entre la pc y la mac, yo soy pc corazón, mujer de un solo sistema operativo. El lleva su Montblanc en el saco, yo pierdo todos los días mis Faber Castell de a luca. El compra libros de economía, yo, novelas de Murakami. Podría seguir citando infinitas diferencias pero también es justo que mencione algunos de los puntos que nos unen, como la risa, el gusto por la informalidad (a pesar de que él usa todos los días saco y corbata y yo tengo que ir a trabajar como una lady) y el Frangelico. Además, como olvidar la música. El tema Butterfly, de Crazy Town, nos hace saltar del asiento del carro cada vez que lo escuchamos a todo volumen y a toda velocidad.

Después del evento con el Chamo, y de algunos golpecillos con mi pasado amoroso, decidí enfocarme. Si de verdad era mandona pues tenía que aprovecharlo de verdad. Mandé callar a mi mente parlanchina y me atreví a hacer algo que quería hace tiempo, hablar con mi jefa para que me promoviera a un mejor puesto. Así conseguí mi ascenso.
Mañana salgo a celebrar con las amorcinas. Brindaremos no solo por mi nuevo puesto sino también porque todas seamos capaces de descubrirnos como las verdaderas jefas de nuestras vidas. ¡Salud!

Aquí los dejo con el pegajoso hip hop de Crazy Town, para que también celebren conmigo.
http://www.youtube.com/watch?v=WWstVT6M6zU

jueves 30 de julio de 2009

Mis días patrios

Foto: Blancucha

Todos los lunes, a las 9:00 a.m., debemos subir al piso doce del edificio donde trabajo para cantar el himno nacional, además de cantar y BAILAR, el himno de la compañía. Así es, aunque Ud. no lo crea, y no trabajo en Ripley. Hace tres años, cuando entré a la corporación, quedé en shock cuando vi a los gerentes, con saco y corbata, moviendo los brazos de un lado a otro y haciendo el paso del remolino con hombro incluido.
Pero ahora me parece tan normal como el café de la mañana y lo grandioso de esta costumbre es que la gente se divierte. Se ríen, hacen chacota y el buen ánimo se contagia. A las 9:15 bajamos contentos, con una sonrisa en los labios y con una nueva energía para comenzar la semana (o eso queremos creer).

Este viernes también subimos al piso 12, pero para celebrar Fiestas Patrias. Y la sorpresa de la mañana fue ver a nuestra querida Barbie Ruquer bailando marinera. Qué Cenicienta, Blanca Nieves, Bella o Aurora. Naaaa, nuestra Princesa Criolla era la mejor!!!!! Fue tan emocionante verla cepillando los pies, balanceando las caderas, entornando los ojos. Mi corazón vibraba al compás de las tarolas y mis ojitos llorones no pudieron dejar de participar en el show, matizando el encuentro con un baño de lágrimas patrias. Era una mezcla de amor de madre (no sé por qué veía a la Barbie R. como si fuera mi hijita), amor patrio, amor por la amistad y por mi querido grupo de amorcinas.
Ese día, cuando llegué en la mañana, me encontré a la B.R. vestida con el mismo traje negro que usó cuando ganó el Campeonato Nacional de Marinera, allá por los años noventas (todavía le quedaba, se darán cuenta por qué le decimos Barbie). La Sifrina le armaba el moño y lo decoraba con margaritas rosadas, Yayita le retocaba el maquillaje, la China le arreglaba el fustán. Toda una maquinaria para que nuestra querida amiga brillara en el escenario. Y yo llegando tarde, ni siquiera había aportado mi cuota para el desayuno criollo (pan con chicharrón, panetón y tamal). Es que todavía estaba en shock por la tarde del día anterior.

La Barbie Ruquer en plena faena danzística

Había ido al osteópata por un dolor de cuello y salí conque tenía escoliosis doble. Además me dijeron que mi respiración estaba entre cortada, que tenía una pena. ¿Una pena? Tengo varias penas!!!!, le dije al terapeuta chicho (chino-cholo). Salí después de dos horas de terapia (hello!!! esta chica tiene horario de oficina, quise decirle a todos los que entraban y salían del consultorio). Primero hicieron una medición de mis huesos: que si mis cervicales estaban muy inclinadas hacia delante, que si mi cadera derecha estaba desplazada dos centímetros y no coincidía con la línea imaginaria que debe haber entre los huesos ilíacos y la clavícula, que si mi esternón del lado izquierdo estaba más pronunciado que el derecho. Y yo que pensaba que el máximo error que cometieron conmigo fue diseñarme con una cara chueca (que ahora no se nota tanto porque estoy con unos kilos de más). Luego de aquel examen manual que incluía cosquillas, piel de gallina, temblores de escalofríos y la vergüenza de que aquel hombrecillo vea mis pechos asimétricos, me tendieron en una camilla para iniciar el tratamiento: masajes a cuatro manos, descargas de corriente y una curiosa terapia de calor proveniente de un cigarro gigante de finas hierbas curativas, que olía a marihuana.
Después de aquella sesión insólita llegué al piso diez de la oficina con el maquillaje corrido y sin darme cuenta de que mi ánimo se había quedado en el piso lluvioso del primero, al lado del kiosco de café (que me habían prohibido tomar). Necesitaba urgentemente el bailecito de los lunes para contagiarme el buen humor.

Sin duda, ver bailar a mi Barbie Ruquer fue un gran comienzo, y todo el fin de semana seguí con la inercia para levantar el ánimo, al menos hasta el piso ocho donde vivo. La noche del viernes comí un bife de chorizo, que también me habían prohibido, en un restaurante chorrillano frente al mar y junto a mis amigas del cole que no veía hace tiempo. El sábado comenzó magistralmente con la patadita de oro de la Keldibekova y terminó con un pisco sour, y el 28 fui de paseo con mi hermana y nuestras hijas a Cieneguilla. Ahí celebramos la fiesta del Perú. Ella, bien patriota con su novio chileno, y yo de dama de compañía de mi hija que me llevaba de aquí para allá entre el sube y baja, los columpios y el trompo. Finalmente, el objetivo de subirme el ánimo a mi misma se había cumplido, sobre todo cuando, al entrar a una especie de jaula giratoria, me pegué en la frente y vi estrellas a plena luz del día, y encima tuve que soportar varias vueltas mortales antes de que pidiera chepi. Bajo bajo, le grité a la niña que hacía mover el jueguito asesino. Salí aturdida y me senté en una banquita para ver a mi hija que seguía girando, bien agarrada y quietecita. Mami, me gritó entusiasta, es que tienes que mirar a un punto fijo y no te mareas!!!!!

Esa noche, cuando me tocaba mi sesión de Sex & The City, me encontré con la serie en blanco y negro. What? Al parecer, el golpe en la cabeza no solo me había dejado un chinchón en medio de la frente sino también estaba distorsionando mi visión del mundo technicolor. No era posible ver la ropa y los zapatos que luce Carrie en escala de grises!!!! Ya era hora de cambiar de DVD, y también de dejar de ver esa serie de mujeres al borde de un ataque de nervios, agregó el Chamo al día siguiente. Esa Carrie es muy mala influencia para ti (después entendí por qué lo decía). Como buen hombre de poder, me llevó a la Feria del Libro y me regaló La Palabra del Mudo de J.R. Ribeyro. Pero ¿qué me habría querido decir con ese regalo? ¿Que me calle? ¿Que no hable de él en mi blog? ¿Que no se me ocurra mencionar que es un hombre de estado? Hace poco vi un capítulo en donde Carrie salía con un político y él la termina dejando porque no era bien visto que su pareja escribiera de sexo en una columna. Creo que ahora sí me destituyen del cargo honorífico de saliente de un funcionario del gobierno, y me conducen directo a la salida de palacio. Mejor me hubiera regalado las fabulosas Prosas Apátridas. Ribeyro llamó así a un grupo de textos que no tienen “patria literaria”. Es decir, no pertenecen a ningún género, por eso los reunió en este libro, para “dotarlos de un espacio común donde pudieran sentirse acompañados y librarse de la tara de la soledad”. Sin duda, las Prosas Apátridas van más a tono con la coyuntura festiva, y sobre todo con mi condición de mujer sin patria amorosa. Pero claro pues!!!!! Si tengo la columna como una “S”, como podría tener una vida amorosa estable si el soporte de mi cuerpo está ondulado. No se asuste, me dijo el huesero, eso se corrige. Así es, por eso voy a la psicóloga, para dejar de ser una insurrecta, una terrorista del amor. ¿Acaso lograré dejar de derribar las torres del matrimonio? ¿O seguiré en mi afán de dejar a los hombres en apagones y a mi misma herida en un atentado? Véalo Ud. en el próximo capítulo de los amores apátridos de la Maya.