lunes, 12 de abril de 2010

El juicio final

Perdí mi última tercera molar. Ya no me quedan dientes sabios. La doctora me dijo que era una muela flotante, que no tenía un diente que choque contra ella y que la única solución era la extracción. La idea no me preocupó porque cuando era niña pasé largas sesiones en la silla del odontólogo para que lograra lo imposible: que mis dientes de conejo no se salieran de mi boca. El hombre me sacó cuatro muelas y me torturó durante cinco años con fierros, paladares y bozales para reparar lo que había hecho mi pulgar en mi fase oral. Cada cierto tiempo, el dentista ajustaba mis alambres bucales hasta hacerme lagrimear y yo volvía a sentir aquella presión que no me dejaba comer, una sensación que a veces revive en mis pesadillas. Y las heridas, ¡ay las heridas! Cuando un fierrito rebelde se escapaba incrustándose en la piel, yo tenía que detenerlo con unas ceras anaranjadas, bien sobrias ellas, que complementaban a la perfección el look de una chica en la edad del Patito Feo. Así fue como mis dientes se la pasaron rumbeando de aquí para allá, desgastándose tanto que hoy me han diagnosticado “borramiento de la cresta ósea alveolar generalizada”. ¿What? Ahora necesito calcio a gritos y cuidar bien mis dientecitos para que no se me caigan antes de tiempo, sobre todo los delanteros que son los más críticos. O sea, ¡¡¡mi sex appeal!!! ¿Se imaginan a la Maya sin sus dientes de conejo? No way, esa no sería yo. En fin. Recuerdo que hace poco le dije a J, anda al dentista por favor, ¿no te daría miedo perder tus dientes? Ese es mi mayor temor, le dije. Y miren pues, siempre ocurre lo que uno más teme, por eso hay que echar al tacho los miedos, confiar en la existencia y visitar al dentista.

Así que ayer fui preparada para el juicio final. Me senté en el sillón de los acusados y abrí la boca. Dejé que la doctora me hincara con una jeringa para hacerme acordar de todos mis pecados. Vas a sentir un ligero pinchoncito, me dijo cuando acercó la inyección al paladar. Y pude sentir no solo el ligero pinchoncito, que sí era ligero, sino la fuerza que tenía que ejercer la doctora para atravesar el hueso de la cresta alveolar (ya me volví experta). Esperamos unos minutos para que haga efecto la anestesia y cuando ya no sentía parte de la lengua y el cachete le pidió a su asistente que sacara el “botador” para empujar mi diente de un lado a otro, e ir aflojando la raíz. Luego hizo su aparición el temido fórceps, el protagonista de la noche. Una pinza gigante y reluciente que se iba acercando a mi boca en cámara lenta, para atrapar mi diente y no soltarlo hasta hacerlo suyo. Me sentía en una sala de tortura en donde no existía más tortura que el miedo previo, la anticipación al futuro. El temor a un dolor que nunca sentí, pero que hacía que mi corazón se acelerara y que mi mano derecha se aferrara a su compañera izquierda como si las estuvieran obligando a separarse. Pero lo más horrible y delicioso a la vez, o sea, lo más morboso, fue sentir el cric cric del desgarro, cuando finalmente se estaba separando el tejido conjuntivo entre el diente y el hueso.

La doctora manos mágicas, bendita ella, había terminado con su misión: sacar de mi cuerpo (y alma) aquel diente que no tenía un receptor que lo contenga, que lo reciba gustoso, que lo acoja. Mi muela estaba sola y tenía suficiente espacio para seguir creciendo hasta hacerme daño. Ay mi muela, mi muelón amado. A veces paso mi lengua por donde solía vivir y puedo sentir aquella hendidura todavía hinchada que me recuerda su pérdida. Y no sólo me lo recuerda mi boca, sino las canciones, las películas, los objetos. Justo la noche después de la extracción, cuando estaba tirada en mi cama sapeando, medio zombi y profundamente triste, me encontré con “La ex”, una película aparentemente ligera (la protagonista es Debra Messing) pero con una reflexión final, aunque obvia, muy efectiva para la ocasión: “hay que dejar ir cuando es muy doloroso aferrarse”. Dios, la vida está llena de despedidas.

Esa noche, la más emocionada fue mi hija. No podía creer lo grande que era mi diente. Mamá, ¿me lo regalas?, me dijo. Claro, pero antes hay que ponerlo debajo de mi almohada para que venga el ratón Pérez. Y me miró con cara de desconfianza. No te preocupes, le dije, lo que me traiga el ratón también será para ti. Al día siguiente llegó el roedor mientras dormía y efectivamente me dejó una sorpresota: una nueva oportunidad para ser feliz.

2 comentarios:

Jorge Ampuero dijo...

Siempre me encuentro con algo de magia y candor en tus relatos que me remiten como a "Las aventuras de Alicia en al país de las maravilllas".

:)

Lizzy dijo...

yo también quiero ser feliz pero contigo en mí
kisses