miércoles, 29 de octubre de 2008

Por siempre Cenicienta

Mi hija, de cinco años, me pidió un disfraz nuevo para Halloween. Primero quería el del hombre araña, luego el de La Sirenita y finalmente se decidió por el de Cenicienta. Es increíble cómo las niñas de ahora también se sienten fascinadas ante la imagen de la pobre empleada que, de pronto, se convierte en princesa, aunque las mamás de hoy ya no tengan mucho que ver con las mamás amas de casa de antes. Pero muy aparte del tema de la novela mexicana, lo que yo le digo siempre es que antes de que Cenicienta se case con el príncipe primero los dos estudian, trabajan y se conocen bien. Pero mamá, ¡es un cuento!, me responde ella. Y no me queda más que decirle, ok hijita, como quieras. Precisamente se queda pegada con el cuento porque no tiene nada que ver con la realidad, y ella lo sabe.

El viernes, saliendo de la oficina, la llevé a elegir su disfraz. Había miles, pero ella apenas vio el vestido celeste de Cenicienta no dudó un segundo. ¡Ese quiero mami! Pero no has visto los otros, mira, tienes para elegir. ¿No te gusta el de Sirenita? No. Quiero este, me dijo. Mira el de mariposa o el de hada madrina. No, no, quiero este, repitió. Me maravilla la seguridad con la que habla mi hija. Cuando le gusta algo, no tiene ninguna duda. Su elección es inmediata, no como yo, que cuando entro a una tienda me paso horas hasta decidir qué comprar. Es insoportable salir de compras conmigo. Pero ella, nada que ver con la mamá, al toque se decide y sale segurísima con su compra, feliz de la vida.
Cuando llegamos a la casa se probó de inmediato el vestido celeste, se puso la corona y los tacos de plástico. ¡Mamá, tenemos que construir una escalera para Cenicienta! Pero hija, tenemos ocho pisos de escaleras para elegir. ¡No, es que esas no se parecen a las del cuento! Y después de varios intentos fallidos de armar una escalera con las sillas de mi comedor (que ya piden chepi por servir de trencito, tocador o cama para sus muñecas), se tuvo que conformar y salimos a las escaleras. Bajó una grada y dejó caer su zapato. Yo hice de príncipe, recogí el zapato y ella corrió alzando su vestido. ¡No no, por favor bella dama, no huya, yo la amo! ¡Estoy enamorado de usted! ¡Vuelva! Luego ella se sentó y me alargó el pie para que le coloque el zapato. ¡Usted es Cenicienta!, dije asombrada. Y ella se levantó de un salto, lista para repetir toda la pantomima otra vez.

¿Sabías que tu mami es una cenicienta moderna? ¿Ah sí? y el príncipe es mi papi no? No hijita, ¡cómo crees! Tu papi ya tiene otra princesa amor. Mira, te voy a explicar, le dije. Antes la mami hacía todas las labores del hogar, igual que Cenicienta, pero un día decidió que quería cambiar su vida y llamó a su hada madrina, la abuelita, quien le dio los mejores consejos para convertirse en princesa. Primero la llevó a comprarse ropa bonita y luego insistió mucho para que aceptara un trabajo que le estaban ofreciendo. ¿Y sabes cuál era ese trabajo? ¡Cuál mami, cuál! Un lugar en donde hacen cosas para que las mujeres se sientan princesas, en donde venden maquillaje, cremas, perfumes y todo lo bonito que a las mujeres nos gusta usar. Y la mami aceptó el trabajo y se convirtió en una Cenicienta moderna amor. Las Cenicientas de ahora no necesitan príncipes para ser princesas y ser felices, ahora necesitan un trabajo para ser independientes, así como tu mamá. ¿Qué te parece? Ella no se veía muy convencida. Noooo, me dijo riendo, ¡es que tú no eres una princesa de verdad pues! Además, ¡las princesas no trabajan! Ante esa respuesta, me rendí y preferir no insistir en el tema. Pero hoy, a la hora del almuerzo, no me pude aguantar las ganas de preguntarle qué quería ser de grande. Necesitaba comprobar si mi discurso había dejado alguna huella en ella. Antes, cuando le hacía esa pregunta, ella me contestaba: quiero ser mamá. Está bien hijita, puedes ser mamá y también puedes hacer otras cosas que te gusten mucho, le decía yo. No, yo solo quiero ser mamá, insistía. Pero ahora ha cambiado de parecer:

—Ya no quiero ser mamá.
—¿Ah si? ¿Y por qué ya no quieres ser mamá?
—Porque duele mucho y se te caen las tetas mami.
—Sí hijita, duele —dije, aguantándome la risa—, pero hay muchas mujeres que tienen hijos. ¿No debe ser tan terrible no? Y existen operaciones para las tetas, no has visto a la tía Maura?
—Sí, pero eso también duele.
—Bueno, entonces, ¿ahora qué quieres ser de grande?
—Quiero ser nana.

miércoles, 22 de octubre de 2008

París te amo

Maura se está recuperando, de la pérdida y de la cirugía. Y yo la acompaño, como fiel amiga (a ello se debe mi alejamiento del blog por tanto tiempo). El fin de semana fui a su depa para asistirla. Yo tenía que ayudarla a levantarse de la cama, llevarla al baño, subirle y bajarle el pantalón, alcanzarle las pastillas, el vaso con agua, llevarle la bandeja de la comida. Mientras tanto, mi hija se divertía con todo el set de plumones, colores y pinturas que Maura tiene en su estudio (es diseñadora gráfica).
Conversamos mucho, eso podía hacer sin dolor (físico) y también vimos una película. Ella eligió “París te amo”, que cuenta veinte historias distintas desarrolladas en diferentes distritos de París y dirigidas por los directores más reconocidos del último tiempo.
Maura se identificó con el primer corto, dirigido por Bruno Podalydes, en el que un hombre se pregunta qué es lo que no funciona en él y por qué no puede hallar el verdadero amor. Al inicio de la historia el protagonista está tratando de cuadrar su auto en las estrechas calles de Montmartre y, de repente, una mujer se desmaya en plena calle, al lado suyo. ¿Acaso este sería el amor que había estado esperando durante tanto tiempo?
Entre las historias que más me gustaron están la de "La Bastilla" (Isabel Coixet), en la que un hombre se reenamora de su esposa tras enterarse de que a ella le quedan pocos meses de vida; la de "Place des Victoires" (Nobuhiro Suwa), protagonizada por Juliette Binoche, quien interpreta a una madre que le da el último adiós a su hijo muerto; y la del "Tour Eiffel" (Sylvain Chomet), en la que un mimo, detenido por la policía por alterar el orden público, se encuentra con otra mimo en la comisaría, que resulta ser su alma gemela. Pero, sin duda, la mejor historia la dejaron para el final y es con la que me sentí más identificada. "14th Arrondissement", dirigida por Alexander Payne, presenta a una solitaria turista norteamericana que entiende el significado de la vida y se descubre a sí misma en un parque en París. Pero qué dices —exclamó Maura—, ¡qué imagen tienes de ti misma! ¡Cómo te puedes identificar con esa gordita poco instruida y que no tiene ni un perro que le ladre! Lo que me emocionó de ella fue que logró experimentar la tristeza y la dicha a la vez. Aceptó su soledad con alegría y vivió un instante de plenitud. Esta mujer simple, que narra su experiencia con mucha sencillez e inocencia (en su recorrido por el cementerio de Montparnasse confunde a Simone De Beauvoir con Simón Bolívar) tiene un momento de iluminación realmente conmovedor. París la hace redescubrirse y la entiendo perfectamente. Hace unos meses estuve ahí y no puedo más que ponerme cursi y darle la razón a todos aquellos poetas y narradores que no descansaron hasta irse a vivir a aquella ciudad inspiradora, aunque murieran de hambre y robaran libros en las librerías. Es que el encanto de París es irresistible, inclusive para Dietrich Von Choltitz, un general alemán que, según cuenta la leyenda, salvó la ciudad al desobedecer las órdenes de Hitler de lanzar una lluvia de bombas de alta potencia para destruir los puentes sobre el Sena, sus museos y palacios.

Margo Martindale interpretando a la turista norteamericana en "14th Arrondissement"

La energía de esta ciudad te hace vibrar con solo recorrer sus calles, te empuja y te alimenta aunque se te partan los lumbares. El arte rebalsa, hasta en el baguette de la mañana o el cafecito de la tarde frente al Sena. Y a la vuelta de la esquina puedes convertirte en modelo de Toulouse o estrella del Lido. Y qué mejor que hospedarte en el barrio latino, en el hotel "Esmeralda" (curiosamente administrado por peruanos), al lado de la "Shakespeare & Company". Cómo olvidar la habitación número 7, desde la cual podía admirar Notre Dame y escuchar las campanadas de Quasimodo. Recorrer todos los días la "Rue de la Huchette", cruzando la plaza Saint Michel, una callecita estrecha llena de cafecitos y restaurantes en donde me inicié con los crepes con Nutela y salté del susto con los típicos platos rotos griegos. Aventurarte en el metro para encontrar la línea que te lleva a Versalles y quedar sin aliento frente a los jardines de María Antonieta. Empalagarte con los museos y tatuar tu alma con los Van Gogh, Picassos y Matisse. Subir a Montparnasse y comprar chucherías en las esquinas. Y el paseo nocturno por el Sena, la luna sobre una Torre Eiffel azul…



París nos transforma. Nunca más seremos los mismos. Si visitas París habrá un antes y un después. Yo tuve mi corto personal en la ciudad luz, en donde caminaba de la mano por los Campos Elíseos con aquel amor que me acompañó a marearme con los aromas de Sephora y que me invitó un inolvidable macarrón de pistacho en la emblemática pastelería "Paul". Un amor al que le dedico este post y que ahora me dice, igual que Rick Blaine (Humphrey Bogart) a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en Casablanca, “siempre nos quedará París”.






miércoles, 1 de octubre de 2008

Cirugía para el olvido

Una amiga acaba de terminar una relación larga e importante en su vida y ha tomado una decisión: acudir al cirujano. ¿Por qué ocurre que a partir de una ruptura amorosa las mujeres nos queremos renovar? ¿Queremos ser otras para recuperar al novio o marido perdido? ¿Es que acaso nos han dejado porque ya no somos lo suficientemente atractivas? Error. Al marido o al novio perdido no lo vamos a recuperar con nuevas tetas sino, tal vez —si es que seguimos necias con eso— cambiando de chip mental. Pero bueno, si la cirugía nos ayuda con el cambio del chip entonces ha cumplido su cometido. Lo más seguro es que después de la operación ya no nos va a importar el ex sino nos van a llover nuevos y mejores candidatos. Pero ojo, REPITO, no por el par de globos que nos hemos puesto, sino por el par de nuevos ojos con los que ahora nos miramos.
Lo que ocurre, o lo que debe ocurrir, es que queramos dejar en el olvido todo lo pasado, algo así como cambiar la decoración de la casa o cortarnos el pelo. Hacer algo con nuestro cuerpo es un símbolo de un nuevo comienzo y nos inyecta de un entusiasmo perdido. Al vernos más bellas se refuerza nuestra autoestima y nos proyectamos como mujeres seguras, independientes y sumamente deseables. Y ahí comienza la vibra de la atracción. Tal vez no eres una belleza pero te sientes tan bien que lo proyectas y los hombres caen a tus pies. Y ni ellos mismos saben qué pasa. Es el no sé qué del que tanto se habla. Una mirada, una sonrisa, una actitud sugestiva, un aire dulzón que provoca a cualquiera.

El asunto es que mi querida Maura está en esa situación, quiere dejar atrás a la chica que ha permitido o generado una serie de fracasos emocionales en su vida. Su ex nunca quiso que se operara y ella le hizo caso —como si el novio fuera el dueño de su cuerpo—, y ahora quiere volver a la soltería con todo. Pero es un poco miedosa mi amiga querida y me pidió que la acompañara a la cita con el doctor.
Mi primera impresión con la clínica fue buena. Se nota que saben hacer un buen marketing. Ver fotos de Marina Mora, Jéssica Newton, Viviana Rivasplata y las dos Claudias que salen en la tele es un buen gancho. No solo porque son modelos famosas y están regias (salvo por la gordita bella que no para de comer), sino porque en todos los años que tienen de operadas no han sido víctimas de ningún escandalete tipo Max Álvarez o Morillas-Mantilla, y los posters muestran sendas dedicatorias con todo el amor y el agradecimiento al hombre que ensalzó sus pechos o modeló sus curvas. Y si ellas siguen bellas y felices por qué no lo estaría Maura, que se mordía las uñas en la sala de espera.
Cuando entramos al consultorio lo primero que vimos fue una foto inmensa del doctor al lado izquierdo del escritorio (se nota que tiene el ego bastante exaltado y que trabaja con la vanidad de la gente), luego una pintura de una mujer sexy y al costado una colección de diplomas y reconocimientos empapelando la pared. O sea, mira qué pepón soy, yo te voy a operar bien porque me cuido bien; mira cómo vas a quedar, mamita rica; y mira lo que me respalda, no soy un pinche médico, tengo veinte años abriendo cuerpos aquí y en el extranjero. Bueno, sigue el trabajo de persuasión, bien hecho.
La secretaria nos dijo que esperemos y que mientras tanto podíamos ver las fotos de las pacientes. Raudas y veloces tomamos el álbum de fotos y las imágenes nos golpearon la cara. ¡Nos encontramos con casos tan patéticos que hasta sentí mareos! Ese fue un punto en contra del marketing que hasta ahora había funcionado tan bien. Ver los antes y después de las operaciones de gente común y corriente (no modelitos perfectas y jóvenes) es, por un lado, alentador, pero por otro, bastante deprimente. Yo no quería seguir viendo, pero mi amiga continuaba pasando las páginas y a pesar de mi disgusto no podía despegar los ojos de aquellas imágenes de carne desbordada y tristes descolgamientos. ¡Por Dios! ¡Mujeres! ¡No dejen de hacer ejercicio nunca! No caigan en la tentación de la flojera, de la tragadera sin control, ya suficiente tenemos con volvernos viejas, eso no lo podemos detener, pero sí podemos llevar los años con dignidad.

En fin. A la media hora de risas y espanto apareció el doctor. Entró muy rápido haciendo volar su bata blanca y se disculpó diciendo que volvía en diez segundos. Así lo hizo. Regresó y tomó asiento para iniciar el interrogatorio de rutina. Ya habían pasado sus añitos para el doc, la foto que colgaba a sus espaldas era tan engañosa como las tetas falsas que colocaba por doquier. Pero eso era un punto a favor. Las arrugitas del doc me dieron más confianza, así como su buen humor. Siempre me ha perturbado la frialdad de los cirujanos, la desconexión entre el ser humano y el cuerpo que están operando. No puede existir ninguna emoción de por medio. El paciente anestesiado y acostado en la camilla de la sala de operaciones no es más que una pieza inerte que hay que esculpir, moldear, rellenar, bordar. Y debe ser así porque sino no habría forma de realizar ese trabajo de carnicería sin entrar en estado de pánico.


Lo que no pudo esconder el doc fue su mirada. Esos ojitos pícaros chisporroteaban viendo a mi amiga, joven y bonita. Se nota que al doctor le gusta su trabajo, y le gusta más cuando se encuentra con pacientes que no están esperando cupo en el nicho. Maura hizo todas las preguntas del caso y entró a ponerse la bata para que la examine. El doctor me permitió pasar a mi también. Maura se abrió la bata con temor y mostró sus pechos tímidos para que el juez al fin diera su veredicto. Me fijé en la cara del doctor y me di cuenta de que se esforzó en ser inexpresivo. Observó con detenimiento y seriedad, sacó sus reglas, midió, apuntó. Tienes un triángulo equilátero perfecto —dijo, señalando las distancias entre la clavícula y los dos senos—. Luego explicó que por los antecedentes de cáncer de mama de una tía abuela de Maura, debía ponerle los implantes detrás del músculo y éstos debían ser de suero fisiológico en vez de siliconas. Estas consideraciones se toman para que exista el menor impedimento en futuros exámenes de mamas, y poder detectar cualquier tipo de tumor. Claro, también mencionó los riesgos, los poquísimos casos (cruza los dedos Maurita) en los que el suero fisiológico se desinfla y comienza a salir otra teta por el costado. Y el corte!!!! A mí se me ocurrió decir que era mejor hacerlo en la aureola porque así no quedan marcas. Y el doc se apresuró a enumerar todas las desventajas del asunto. Cuando se hace el corte en el pezón se seccionan muchos tejidos y conductos mamarios, por lo que la paciente ya no puede dar de lactar. Pero, además —que para mí es lo más importante—, se crean cicatrices internas que luego pueden confundirse con algún nódulo, y existe mayor riesgo de una infección durante o después de la operación. Otra desventaja es la pérdida de sensibilidad en la zona y que se forme una cicatriz queloide en un lugar mucho más visible que debajo del busto. Y claro, para el doc es más cómodo operar por abajo y eso le garantiza a él y a la paciente un mejor resultado. Luego procedió a ver lo del tamaño. Doctor, no quiero parecer una vedette, dijo Maura. Vamos a ver. Tienes buenas caderas —respondió el doctor mientras la tocaba por los costados—. Vamos a probar entre 250 y 275 gr. Pero pensándolo bien, ya que los implantes suelen aplastarse un poco detrás del músculo, creo que mejor pedimos de 275 y 300 gr. para que llene bien.

Uffff que estrés!!!! Todo lo que hacemos las mujeres por ser bellas. Pero ahí no queda todo, luego vienen las pruebas pre operatorias, los masajes para que no se encapsulen los implantes y rezarle a Afrodita para que nada se desinfle o se reviente.
Lo mejor: la operación es ambulatoria, con anestesia local y estás sedada como bella durmiente durante la cirugía, sin ver ni escuchar nada. Lo malo: cuesta US$ 1000 dólares más de lo estimado.
Maura salió de la clínica convencida de usar su Visa para hacer realidad la frase “porque la vida es ahora”. Y yo me quedé pensando que tal vez también había llegado mi momento de vanidad. ¿Acaso hay algo que necesito olvidar?


martes, 23 de septiembre de 2008

Un buen entremés


Los autores de Sex & The City no pudieron tener mejor idea que crear una serie para llenar el vacío dejado por Carrie y compañía. Tarea difícil pero no imposible. En su segunda temporada, Lipstick Jungle, serie transmitida por FoxLife, ya se está ganando fanáticos y una de ellas soy yo por supuesto.
Mi gusto por la serie va más allá del tema de la mujer independiente y exitosa, y no tiene nada que ver con el personaje reprimido e intransigente que encarna Brook Shields, ni con la distraída y aniñada chinita del grupo. La verdadera razón por la que me enganché con este nuevo atisbo al mundo neoyorquino es Nico Reilly, la atractiva, inteligente y súper racional editora de una revista de modas que le es infiel a su “buen” marido con un hombre más joven que ella. Lo interesante de este mini drama es ver la evolución del personaje, que inicia una relación clandestina separando el sexo del amor, pero que poco a poco se ve atrapada en una situación de la que no puede escapar. Precisamente ese es el riesgo de las relaciones prohibidas. Son como las adicciones al cigarro, alcohol o a cualquier otra droga, las víctimas piensan que las pueden dejar en cualquier momento pero en realidad, cuando quieren hacerlo, se dan cuenta de que ya es demasiado tarde.
Nico con su chibolo en "Lipstick Jungle"
Pero este post no trata de infidelidad sino de un tipo de relación que también podría llamarse prohibida porque todavía, aunque usted no lo crea, es tabú en nuestra sociedad. Hablo de las relaciones de mujeres maduras con hombres más jóvenes que ellas, que no es lo mismo que hablar del típico y ya pasadito de moda 40-20 entre hombre y mujer. Cuando vemos a una mujer entrada en años con un novio-hijo de la mano decimos, ah, esa mujer quiere buen sexo y paga por ello. Ese es el estereotipo que todos tenemos insertados en el cerebro. Y no deja de ser del todo cierto. Definitivamente estamos hablando de mujeres que tienen el valor de vivir la vida como les da la gana —con todo su derecho— pero no todas están preparadas para enfrentar miradas inquisidoras y prefieren divertirse debajo de la sábana. Ellas quieren rejuvenecer y están dispuestas a pagar un precio por ello. Y no hablo solo del tema económico (que es lo de menos) sino, principalmente, de las diferencias generacionales que en algún momento pasan factura. Entonces, si eres una mujer que está sacando a pasear a su hijo, sobrino o alumnito, lo importante es tener claro en qué tipo de relación te estás metiendo, sacarle el máximo provecho y saber que tiene fecha de caducidad. Sabemos que las mujeres en los 40 están en su pico sexual, igual que los hombres a los 17. Pues bien, si estos dos polos llegan a atraerse será muy difícil despegarlos. Cómo detener aquella ebullición de hormonas!!!!! Aún así, ¿tú eres la madura no? Si ya dejaste de fumar, esto no será tan duro (acuérdate que existen los rabbits y demás juguetitos a tu servicio), a menos que estés dispuesta a soplarte la educación de otro baby. ¿Ya mucho no?

Cada vez escucho más casos a mi alrededor acerca de este tema, no sólo del tipo de relaciones Bozo-Suárez, de una dominación espeluznante, sino de otras más normalitas, de mujeres no tan mayores y de chicos que no tienen el perfil del hombre vividor.
Antes era un tema ajeno a mí, pero después de haber tenido una brevísima experiencia con un chico de 25 que me decía “madrina”, y con el que iba a comer helados y a ver Harry Potter al cine, me siento cada vez más cerca a esa especie de mujeres roba cunas. Pero ¿Qué está pasando? ¿Es que los hombres contemporáneos a aquellas damas no logran satisfacer sus ánimos pueriles? Claro, ya sabemos que la mayoría de hombres en edad interesante están casados, pero hay muchos también que comparten mi condición de separada o divorciada. Quizá lo que ocurre es que existe un grupo de mujeres harta de las reglas, de la formalidad, aburridas de lo “correcto”. Hay mujeres que necesitan ese toque de adrenalina que las haga sentir otra vez aptas para el combate. Tal vez el esposo ya no las sorprende, ya se acabaron las escapadas a los hoteles, los jacuzzis, las noches de fresas y champagne. Siempre hay alguna mujer identificada con estas carencias. Y una puedes ser tú. Sólo hazte unas preguntas Cosmo para saber en qué grado de aburrimiento ha caído tu relación. ¿Hace cuánto tiempo que no te bañas con tu pareja? ¿Dónde quedaron las rosas que él te mandaba a la oficina o la cena especial que planeabas para agasajar a tu gordito. Por otro lado, si eres soltera o separada, seguro estás hasta la médula de los hombres complicados, con 40 años encima o más de ataduras, taras, remilgos, manías, cero preocupados por su físico y asfixiados de trabajo.
Los hombres jóvenes no tienen tantos prejuicios, son más libres y arriesgados, menos encasillados, más dispuestos a amar y entregar. Claro, está la desventaja de que no tienen la vida resuelta. Pero si una dama busca satisfacer sus deseos netamente amatorios, o por decirlo más francamente, deseos sexuales y una agradable retribución de afecto, pues aquellos hombres ¡son perfectos! Para qué más preocupaciones, gestos adustos, problemas de divorcios y custodias.
Pero hay que saber cuándo levantar la bandera para no poner en peligro tu vida. Ya sabes que al principio serás la musa ideal, a la que era muy difícil acceder. Una fantasía concedida. Él querrá demostrarte lo grandioso que es en la cama, con un récord imbatible en resistencia y una recuperación inmediata. Querrá hacerte el amor en el ascensor, en el baño de una disco y hasta volando en parapente. Pero espérate a que la efervescencia pase, y que tu afán de diversión y pura satisfacción se convierta en deseo de poseer, de reclamar fidelidad y todos los temas que se prometen los enamorados. Ay ay ay, no tienes que llegar a eso. Con estos hombres no. No por favor. Recapacita, ese ángel te ha sido concedido sólo para pasarla bien, para olvidarte aunque sea un momento de los problemas del cole de tus hijos, del estrés del trabajo, de las cuentas de fin de mes (aunque tú tengas que invitar de vez en cuando). Ellos son un delicioso entremés, un bocadillo nocturno nada más. No pretendas que sean el plato de fondo de tu carta de pretendientes. Si no los ves solo como un placentero tubo de escape corres peligro, puedes desaparecer en el triángulo de sus bermudas y perder el rumbo para siempre. Ellos no están hechos para la formalidad, si estás esperando que se comporten como hombres responsables, con gustos refinados como los tuyos o que estén dispuestos a pasar un sábado en la noche en el sofá de tu casa viendo una peli, pues te quemaste. Para muestra cómprate unos dvds y mira “Secretos Compartidos” con Uma Thurman o “Conociendo Julia” con Annete Bening.
Aunque, ¿por qué ser tan pesimistas no? Toda regla tiene su excepción. Sino miren a Demi Moore con su churrísimo esposo 15 años menor, con el que ya tiene un hijo. Ese es un caso alentador. Por mi parte, yo prefiero a los maduritos bien dotados, pero a falta de, por qué no comer de vez en cuando algodones de azúcar. Mi chibolo perdido estaría bien. Tal vez podría ser una buena ocasión para ponernos nuestros lentes 3d y viajar al centro de la tierra. Ya hace falta un poco de vértigo para la Maya. ¡Agárrate ahijado!

viernes, 5 de septiembre de 2008

Desde mi burbuja en Lima, más húmeda y lluviosa que nunca, recuerdo la Madrid del ¿primer mundo?


Hace exactamente un mes atravesé el Océano Atlántico, pasé por Dakar, el desierto del Sahara, Marruecos, el Mar Mediterráneo y la Bahía de Accio para llegar a Roma. 11165 km de distancia y ya estaba en el viejo mundo. Lástima que no pude bajar a conocer la ciudad del imperio, tuve que esperar unas tres horas más para tomar el avión a Madrid. El primer temor que tuve fue la maleta. Todas mis compras de Buenos Aires estaban en esa maleta mía, suficientemente grande para que entraran mis botas gauchas, mis carteras y los libros. Así que llegué a Barajas barajando la posibilidad de no encontrarla y, después de caminar y caminar, voltear, bajar escaleras y seguir caminando, al fin ubiqué el lugar para esperarla. Y ahí estaba.
Madrid me recibió con unos 40 grados o más, con un cielo despejado y un aire menos tóxico. O eso me pareció. Los taxis son un lujo, pero no había forma de que tomara el metro con aquella maleta que parecía llevar ropa para un año. Además, hay detalles que uno debe contemplar antes de un viaje a Europa, como estar preparado para gastar dinero. Y si uno llega con esa consigna duele menos, aunque no puedas evitar calcular una y otra vez cuántos humildes soles peruanos se te están escapando del bolsillo. Dicen que el que convierte no se divierte.
Pasamos, entonces, el trauma del taxímetro, lo que no se puede pasar tan fácil es el trato malhumorado y tosco, y la forma de hablar de los madrileños, parece que estuvieran en una carrera por ser los más inentendibles del planeta. Pero el detalle curioso de los taxistas es que en todo el tiempo que estuve en Madrid nunca me dejaron en el lugar exacto al que me dirigía. Siempre una cuadra más arriba o más abajo, que por aquí no se puede pasar, que es un lío dar la vuelta. En fin, no viajé para hacerme mala sangre. Visité a algunos buenos amigos y fui parte de sus rutinas. Si vas de compras tienes que empacar tú mismo y cargar las bolsas, para luego correr al metro, por lo que hay que hacer varios viajes por semana si quieres llenar el refri. Tomar una conexión, luego otra, y esperar con el sudor derritiéndose en tu entrepierna. Llegas a un piso minúsculo, otro abrazo de calor te espera. Imposible pagar por un aire acondicionado. Y ni qué decir de la ayuda doméstica. Para las casadas con hijos, solo quedan las guarderías. Comer en platos descartables para no ensuciar demasiado. Llevar a los hijos a cuanta reunión tengan porque no hay donde dejarlos. Acostumbrarlos a las malas noches, a las conversaciones de adultos, al humo del cigarrillo. Eso es lo peor de España, el humo. No importa dónde estés, siempre te alcanza: osado, impertinente, invasivo, amparado por un calor que lo hace más resistente e insoportable. Increíble que en Perú seamos más concientes con los no fumadores. Y el trato, vuelvo al trato, no existe el por favor, ni el gracias. ¡Nuestras lisuras limeñas son caricias! No hay lugar para las sonrisas, aunque sean falsas como las nuestras, ni para nuestros típicos diminutivos.
Lo bello de Madrid: caminar por una callecita del centro y escuchar extasiada una banda de música clásica. El encuentro multicultural, la historia, los museos, el pulpo a la gallega, las librerías. La noche madrileña llena, rebalsando en las esquinas. Lo que me quitó el aliento: el Cristo Crucificado de Velázquez, que el pintor hizo por encargo de un caballero que quería expiar sus culpas por haberse enamorado de una monja. Además, por supuesto, cómo olvidarlo, el hotel Alicia Room Mate, ubicado en la calle Las Letras, al frente de la plaza Santa Ana. Cómo no apreciar esa maravilla, un hotel de diseño en pleno centro de Madrid y a tan solo 90 euros (sí, eso sí me pareció barato comparándolo con los hoteles de Lima), sobre todo después de haber pasado una noche en el departamento de un buen amigo peruano que me ofreció su sala para dormir. Antes de acostarme me dijo, ¿qué prefieres, bulla o calor? Obviamente le dije bulla —en Lima estoy acostumbrada al ruido porque vivo en una avenida—, así que procedió a abrir la ventana. Resulta que el chico vive en pleno centro de Madrid (a dos cuadras del hotel Alicia), en la calle Echegaray, repleta de bares y juerga nocturna y, créanme, esa noche la bulla venía desde el mismo infierno de Dante. Gritos, insultos, botellas que se estrellaban contra el piso, música estridente que aparecía de pronto, para luego ocultarse en voces de todas las lenguas. Llantos, risas, súplicas. Cuando salí para ir al aeropuerto, a las tres de la mañana, vi a un par de chicas muy jóvenes, coqueteando con unos tipos en la puerta de un local. Una se ellas, con una micro falda, se balanceaba de un lado a otro con una botella en la mano, y la otra estaba sentada en una vereda con las piernas estiradas y los ojos perdidos, a medio abrir. Fue solo un momento que vi esa escena desde la ventanilla del taxi. Un chispazo de conciencia. ¿Es que acaso me había convertido en una vieja? No. Soy madre y ya no hay vuelta atrás. Imaginar a mi hija en una situación así, tan desprotegida y vulnerable hizo que mis sienes estallaran. Recordé que no había dormido nada, felizmente llevaba en la cartera varias pastillas para el dolor de cabeza. La noche madrileña, que en un principio me había parecido divertida, se estaba desbordando en mi cerebro. ¡Y era lunes!

Plaza Santa Ana


Hotel Alicia Room Mate

Hoy, que he vuelto al hogar, estoy convencida de que prefiero mi ciudad tercermundista. No puedo negar que vivo en un país con muchísimas diferencias económicas, sociales y culturales y que yo pertenezco a la minoría. Tengo suerte de vivir en mi burbuja, pero aquí caí y aquí me hice. Mi departamento de 117 m2 es un lujo, comparado a lo que vi en Madrid (63 m2 por un millón de dólares!!!). Tengo un Wong, a pesar de que ahora es chileno, y a mi hija la cuida un ángel cajamarquino que llegó para hacerme la vida más fácil. Así que me quedo aquí, con mis cholos, con los ambulantes de las avenidas, el caos vehicular, con Allan, con la hipocrecía limeña, con mi ciudad chiquita, nada exuberante, ni inmensa, pero mía. Con los pocos sitios que hay para salir y que paran reventando. Con mi cevichito, mis choclos serranos, mi quesito fresco, mi chifita, mis anticuchos, mi fruta abundante. Con mis Sublimes y mi Inca Kola Diet. Aquí con poco se goza y además tenemos playa a la vuelta de la esquina!!!!!
Si quieres crecer y madurar, sal de Lima, anda a sufrir. Sufre peruano sufre ¿no dice el dicho? Eres un profesional y mientras aquí enseñabas en la universidad ahora te sacas la mugre vendiendo y cargando libros en Madrid. Todo por estar en el primer mundo, en el mundo de las oportunidades. Experimenta, vive, conoce, aprende a hacer las cosas por ti mismo y luego regresa amando más a tu país, valorando lo que tienes. Me molesta acudir a un dicho tan común, pero no me queda más que repetirlo: uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde.
Estoy segura de que nada es fácil ni aquí ni allá, pero por ahora yo me quedo aquí, dispuesta en encontrar mi oportunidad en este país que cada vez me hace sentir más orgullosa, a pesar de todo.

lunes, 25 de agosto de 2008

Seguimos vivos

Después de haber tomado ocho aviones en once días, y a menos de una semana de mi regreso, es imposible no sentir una conmoción emocional después de ver el siniestro ocurrido en Barajas. 153 muertos en un avión que nunca despegó. Entre ellos, veinte niños y dos bebés.
Cada vez que subo a un avión trato de evadir las indicaciones de seguridad. No quiero ver a la señorita haciendo los gestos para ponerse el cinturón, flotador o mascarilla de oxígeno, ni saber nada acerca de la cartilla que está en el bolsillo del asiento delantero. Simplemente, le pongo luz blanca al avión, me persigno y cierro los ojos en el momento del despegue. Tampoco se me ocurre tomar pastillas para dormir. Qué impresión tan grande sería encontrarte con la muerte en pleno sueño. Si voy a morir tendré que saberlo, estar conciente y preparada para recibirla con honores.
Sé que el despegue y el aterrizaje son los momentos más peligrosos de los vuelos. Y uno nunca puede habituarse a esa sensación de vacío en el estómago cuando te ves flotando a miles de metros de altura. ¿La máquina le sirve al hombre o el hombre está a merced de la máquina? Siempre me maravilla el hecho de estar suspendida, tan separada de la estabilidad material —aunque las aerolíneas traten de compensar ese hecho con las ventas por catálogo, ¡más barato que en el aire no encuentras!—. Por eso, los aviones son un buen lugar para imaginar lo inimaginable, nos volvemos más reflexivos, más intuitivos, no hay duda de que estamos más cerca del cielo. Y si bien, uno nunca deja de sorprenderse ante el milagro de la ascensión, después de pasar tantas horas de avión en avión aprendes a reconocer y diferenciar el más mínimo ruido o agitación. El chirrido de las llantas sobre el pavimento y la velocidad que te pega al respaldar del asiento antes del despegue, el movimiento de las llantas cuando se alzan, el sonido agudo del decolaje, las sacudidas de las turbulencias, las pérdidas de altura. Mi juego entre vuelo y vuelo era calificar los aterrizajes. Qué tan suave desciende el avión, si no se te tapan los oídos es una buena señal. El cálculo exacto para abrir el tren de aterrizaje y deslizar las llantas en una alfombra. Los mejores, sin duda, los de Alitalia. No estoy acostumbrada a hacer viajes largos y no sé si es habitual lo que vi, pero tanto en el viaje de ida y como en el de vuelta, la gente agradeció con aplausos la llegada a tierra firme. Es que los vuelos nos confrontan con el deceso, más aún sin duran tantas horas. Un avión es un recinto de tensión, la ansiedad está ahí, acumulada, a punto de estallar. La idea de muerte está en cada alma inquieta y esa energía se hace palpable, nos acecha por las ventanillas, nos sostiene, nos vigila, nos espera. Al final, no queda más que dejar libre doce horas de miedo, inestabilidad y aburrimiento en sonoros aplausos. Al escucharlos, yo también quise aplaudir, y me sentí identificada con esa especie de viajeros angustiados. Todos habíamos estado con el alma pendiendo del avión. Nos imaginé colgados de las alas, el fuselaje y la cola. Marionetas bailando al vaivén del viento, dejándonos zarandear con la fuerza de una revolución que parece externa, pero que en realidad viene de nosotros mismos.
La primera noche que estuve en Lima después del viaje, mi cuerpo aún no había aterrizado. Al poner la cara en la almohada y cerrar los ojos, todavía podía percibir las maniobras del avión, las inclinaciones, las subidas y bajadas. Y no era desagradable, al contrario, era un arrullo que me hacía acordar a las largas horas de mi infancia flotando en el mar. En esa época me pasaba lo mismo cuando llegaba a mi cama por las noches, sentía un delicioso mareo que me adormecía. Finalmente, estar en el cielo es como estar en el mar. Pura inestabilidad, y la inestabilidad hace que nos confrontemos. Los viajes pueden llegar a ser pequeñas crisis que nos movilizan y nos reubican. Y aquí seguimos. No nos queda más que sentirnos privilegiados por haber tenido la oportunidad de mirar un poco más adentro, y agradecerle a Dios por seguir vivos.

domingo, 17 de agosto de 2008

Algunas curiosidades del viaje...en fotos

Lo que encontré en Buenos Aires (Calle Corrientes)
En tinieblas: No seré feliz pero tengo marido

Corrí al Ateneo y, después de decepcionarme con los libros, encontré un consuelo
Grande Wendy Bristow!!!


Un misterio indescifrable

En Madrid, leyendo los pasos a seguir para ser una mala mujer


Al fin en París!!!!!! después de una noche en vela y de un recorrido de hora y media desdes el aereopuerto a la ciudad. Mi cuarto de hotel no estaba listo, así que tuve que salir de museo tour sin haber probado las camas parisinas. Imaginen la impresión cuando encontré una, y vaya cama. Estaba a punto de desmayarme en medio del impresionismo del Orsay cuando Van Gogh me rescató. Me bastó verlo para despertar...



El pan nuestro de cada día y un acompañante de lujo: Coca Kilos, mi combustible en París


Haciendo yoga en Versalles



Qué bien los hacían antes… solo por atrás

Museo de Louvre



Por adelante son una estafa!

Museo de Louvre





Sephora, un gustito en París



Infidelidad en Pompidou


Una novia que predijo su futuro... de terror!

La Mariée

Niki de Saint Phalle

Centro Pompidou



París te amo!