lunes, 29 de diciembre de 2008

Lo que leí, lo que viví

Hace unos años tengo la costumbre de hacer los paquetes navideños la noche del 23 de diciembre. Después de acostar a mi hija, me apodero de la mesa del comedor, desparramo a mi alrededor todos los regalos (que no son muchos, ni muy caros, pero hacen bulto en el árbol), los papeles, bolsas, cintas, lazos y demás chiches que me sirven para decorar. Aquí vale todo, normalmente saco de mi clóset cajas y bolsas —con lazos incluidos— que me van regalando durante el año y, pensando en el medio ambiente, en mi economía y en la practicidad del asunto, las reciclo. Pero lo más placentero de esta costumbre navideña es hacer mi tarea con música de fondo. El álbum de navidad de Diana Krall es el elegido. Cómo no emocionarse con la nostálgica “Have yourself a little merry christmas” o no saltar de la silla con la festiva “Jingle Bells”, con el estilo inconfundible de la rubia de Woody. Y claro, mientras armo paquetes y dedico tarjetas al ritmo del “christmas jazz” pasan por mi mente todas aquellas personas a las que amo. La Maya se pone sentimental. Y como no estarlo, sobre todo después de la influencia del libro que acabo de terminar: “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Murakami. Aunque me averguenza decirlo, debo confesar algo, este libro lo comencé a leer hace cuatro meses. Sí, así como lo leen, cuatro meses. Es verdad que se trata de una novela voluminosa, pero leerla así ha sido parte de un proceso, de una muerte lenta y de un renacer. Este ha sido el libro que me ha acompañado casi la mitad del año: en la almohada, el sillón de la sala, en la oficina, los taxis, las salas de espera de los bancos y de los médicos, en la playa. Y aunque quería terminarlo, también me daba pena y por eso le daba largas. El libro está lleno de símbolos, es un viaje interior complejísimo, con una sabiduría que solo puede provenir del otro lado del mundo. Tooru Okada, el protagonista de la novela, es un hombre que actúa guiado por sus instintos, siguiendo su corazón, confiando en la existencia. El señor pájaro-que-da cuerda ama incondicionalmente. Es un hombre simple, inocente, que sabe tomar distancia de sus emociones para comprender sin juzgar. Llega hasta el fondo de un pozo (literalmente) para rescatar a su amada y la espera con paciencia hasta que sus heridas sanen. Sin duda, un personaje adorable, un hombre que solo puede existir en la ficción.
Lo interesante de Murakami, y de este libro en particular, es la atmósfera fantástica que te hace respirar, dentro de un mundo simple y cotidiano. Pero no pretendo hacer una reseña del libro, solo que me emociono cuando recuerdo la habilidad del autor para hacer que cada suceso esté salpicado de magia y misterio, demostrando que la vida está tejida con finos hilos que se entreveran, y que todo lo que ocurre se interconecta.

Estoy convencida de que el mejor regalo que uno puede recibir en Navidad —aparte de ver la cara de tu hija abriendo la Barbie Princesa de Diamantes que tanto quería— es un libro que te acompañe, que pinte de colores tus días y noches, que te haga partícipe de un mundo ajeno y que a la vez te invite a reflexionar para ir cada vez más adentro de ti mismo. Un libro que te obligue a llevar una libretita para hacer apuntes, que te inspire para conquistar a alguien, que te de tema de conversación o excusa para escribir un post. Un libro que no solo aumente tu lista de leídos o que llene tu biblioteca, sino también que forme parte de tu historia personal. A veces, cuando reviso los libros de mi modesta biblioteca, recuerdo lo que viví en la época que los leía, cómo era mi vida, cuáles eran mis sueños. Lo curioso es que me acuerdo de todo eso, pero no de las historias que cuentan sus páginas. Mi memoria literaria es frágil y traicionera. La ventaja es que tengo la capacidad de volver a leer aquellos libros como si fuera la primera vez, con la garantía de que sé que me impactaron de alguna manera.
Pero ya pasó la navidad y este consejo de regalar libros llega un poco tarde. Lo que sí puedo recomendar es hacer una lista de los libros que leeremos este año o poner en fila y en orden de prioridad —como ya lo hice desde que volví de viaje con una buena cantidad de invictos literarios— todos aquellos libros que están en lista de espera.

Espero que este año sea un año de buenas historias: intensas, vibrantes, cargadas de emociones. Son mis mejores de deseos para mis contados lectores, mis anónimos admiradores, mis antiguos amores y para los valientes que vendrán.

Aquí les dejo el videíto de la Krall navideña. Disfrútenlo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Cena para dos

Por qué será que siempre cuando estoy sola aparece Leo de alguna manera. Ya sea en una película, una canción o en mis antiguos mensajes de texto. Ayer me lo encontré en plena cena. Mi hija había salido con su papá y su abuela y yo me quedé sola en casa. Y para celebrar mi soledad fui al súper a comprar algo rico para el almuerzo. Almorzar sola es un placer, aunque otros digan que es horrible. A mi me encanta, sobre todo por los preparativos. Buscar en las góndolas algo que me provoque, cocinar sin prisa y con buena música. Beber vino mientras el vapor de la olla me pide a gritos que eche la pasta. Sí, esta vez volvió a ganar la pasta. Aunque en un primer momento estuve tentada de comer algo tan práctico y deliciosamente simple como un choclo serrano con salsa huancaína, me incliné por algo más gourmet. Mis bucatini número 9 de Barilla me esperaban en oferta y la salsa a lo Alfredo, perdón, a lo Leo, se encargó de bañarlos con honores. Leo apareció con el vip vip del correcaminos de mi celular, en el preciso momento en que degustaba mi tinto:

- Mediar los juerdos ke antevienen descopados en un estedio de lemos y artalegos gremicos… andul avanes masman permigones formicos, y el orme aplaga bestios ares.

Recién estaba paladeando la primera copa de vino, no podía estar borracha. Volví a leer. A los dos minutos llegó otro mensaje:

- Aki este lobo estepario reportándose, extrañándote, meditando la incomprensión infinita de no poder verte. Comprensible, pero humanamente insoportable. La última vez que te vi fuimos tan represivamente correctos, patéticamente ejemplares, tan distantes, tan nosotros. Te extraño, extraño tu presencia, tu ser, tu tridimensionalidad en todo su esplendor!

- Este mensaje merece un brindis. Te acabo de servir una copa de vino. Brindo por ti, por conocer a un Leo tan Leo como tú. ¿Dónde andas?

- Escuchando a Sabina en un tercer piso, entre cuadros, un ekeko, un pingüino y un hongo. Un momento necesario.

- Para admirar, para contemplar. Te entiendo. Yo hago lo mismo con mi soledad, busco la belleza.

- Bella: Que tiene belleza. Belleza: Armonía física o artística que inspira placer y admiración, sobre todo a los Leos. Leo: Dícese del ser imprescindible y nocturno que suele enamorarse de imposibles, generalmente de mujeres con nombre de abeja. Ser mamífero, místico y contemplativo, hacedor de sueños y creyente de ilusiones. Vegetariano incomprendido, ilustre desconocido, monógamo frustrado, salvaje domado, triángulo de dos lados, sotuto urbano.

- Maya: Dícese del ser volador que se alimenta con la intensidad de los Leos. Coleccionista de amores, carnívora incomprendida, polígama frustrada, aprendiz de madre, bebedora solitaria. Mujer pantera.

- Mierda mi Lea, estamos agarrando ritmo. Cuántas copas vamos?

- Dos. Y la pasta está buenísima, no sabes lo que te pierdes.

- Sí sé, despiertas en mí los instintos más primitivos que guarda nuestra traginada especie durante todos estos largos y decadentes años de evolución.

- Recuerdas la caja que me regalaste? La vez pasada estalló en mi cara como una verdadera bomba. Me pareció verte tan claro entre tus pinceladas, las palabras y aquel collar de piedras de colores.

- Cómo olvidarlo. Todavía recuerdo lo que decía la caja: el silencio, la música, el dolor, el pisco, la belleza, el amor, la felicidad, el sexo, la poesía y la vida en exceso es dañino para la salud.

- Así es, pero en esa caja había mucho más que eso…gracias por acompañarme en esta mi cena solitaria.

- De nada mi Maya, espero que nunca dejes de leerme. Eternamente “no tuyo”. Leo.



miércoles, 26 de noviembre de 2008

Corte de pelo

Mi hija quiere ser Rapunzel. Está con el pelo largísimo y no hay forma de convencerla para llevarla a la peluquería. La última vez salió llorando del lugar porque me empeciné en hacerle cerquillo. Cuando se miraba al espejo se levantaba el pelo de la frente con rabia y me decía, ¡mamá, quiero mi peinado de antes! El pelo crece hijita, le contestaba yo, sin adivinar que también crecería su odio hacia el peluquero.

Asumo que habrá pasado un año desde ese episodio, tiempo suficiente para cortar con su trauma. El pelo le llega a la cintura, lo tiene lacio y en las puntas se le forman unos bucles coquetos que cuando los estiro alcanzan su rabadilla. Por supuesto, ya no existe el cerquillo sino un sensual peinado a la cachetada que intento controlar con ganchos (no aptos para lacias) que siempre terminan colgando por algún lugar de su alborotada melena. Esa fue la razón por la que decidí hacerle un flequillo cómodo, para acordarme que tenía dos ojos y tirar a la basura aquellos ganchos resbaladizos.

Desde hace un buen tiempo, todos los fines de semana me digo lo mismo: este es el día. Pero como siempre tengo mil cosas que hacer, al final termino aplazando la cita con las tijeras. Aunque la verdadera razón por la que evado al peluquero es porque no quiero amargarme el fin de semana llevando a la niña a rastras o hacer una intensa chamba de negociación que termina dejándome exhausta y con la billetera vacía. Así que para hacer tiempo en el largo trayecto que será llevarla a la peluquería (imagino lo que será la cita con el dentista, ¡por Dios!), decidí ir yo. Ya me tocaba, parecía que me había solidarizado con la rebeldía de mi hija y estaba siguiendo sus pasos, ¡parecía virgen de pueblo! ¿Cuándo había sido la última vez que visité un salón de belleza? ¿Seis meses? ¡Horror!

Decidí sacar una cita con Carlo, un estilista de moda. Dos amigas del trabajo se cortan con él. Es churrísimo, me dijeron, ¡y no es gay! Yo solo quería verme diferente y necesitaba una buena mano, así que el cacharro o la opción sexual era lo de menos.
El mismo día que llamé por teléfono separé el horario de 2 a 3 de la tarde. Corrí mi hora de almuerzo pensando, ilusamente, que por tratarse de una peluquería cara serían puntuales. Por supuesto llegué a la hora acordada y tuve que esperar sentadita con revista en mano, alrededor de una hora, mientras el susodicho terminaba de cortarle el pelo a una clienta. Me gané con todo el parloteo. Que no tienes que matarte haciendo ejercicios, solo tienes que comer poco pero varias veces al día para no engordar. Mírame a mí, le decía él a la señora entrada en carnes. Y efectivamente, el sujeto era un alfeñique, demasiado flaco para mi gusto, de pelo rizado y amarrado a la loca en una media cola. Por dónde estaba lo churro, no sé. Creo que porque era argentino mis amigas cayeron rendidas con su acento. Bonitos ojos, sí, debo reconocer. El caso es que se pasó mi hora de “almuerzo” y tuve que llamar a mi jefa para decirle que me iba a demorar un poquito. Ah no, me dijo, tienes que venir… ¡pero regia!

Cuando llegó mi turno, el hombre me preguntó qué quería con mi pelo, aunque él sabía perfectamente lo que tenía que hacer. Lo único que le dije es que no me gustaba muy corto ni esponjado. ¡El secreto está en el movimiento!, tu pelo necesita movimiento y vida, me dijo. Ahora lo tienes aplanado y opaco con tanta crema para peinar. Es preferible el volumen a tener un pelo muerto. Yo me quedé calladita, quería dejarlo trabajar. Lo peor que me podía pasar era que después tuviera que usar el doble de producto para controlar el frizz. Así que me senté confiada frente al espejo y dejé que me pusiera un babero gigante y atigrado. Fue divertido verlo trabajar. No encontraba los clips que buscaba con desesperación en las gavetas, se le caían el peine y las tijeras (creo que lo puse nervioso), alzaba los mechones concentradísimo, con una seriedad dramática, y mis rizos desteñidos volaban traviesos, formando un círculo a mi alrededor. Lo que más me gustó fue ver cómo cortaba con la tijera en forma vertical, con una agilidad juguetona, moviendo los brazos como director de orquesta. Y el toque final fue el mousse. Tu pelo se va a acostumbrar al producto y lo vas a poder controlar como tú quieras. Y por favor, agregó, ¡olvídate de la rayya al medio!

La visita al peluquero cumplió su cometido, momentáneamente. Salí sintiéndome regia, diferente, con olor a nuevo. Por la noche llegué a mi casa entusiasmada, con la intención de que mi hija se anime al corte de una buena vez, después de ver a su mami con un nuevo peinado. Entré al baño donde ella estaba chapoteando y se quedó mirándome largo rato, tratando de adivinar qué había pasado conmigo. ¿Te gusta? —le dije, moviendo la cabeza como Verónica Castro—. ¡No mami! ¡Quiero tu peinado de antes! ¡Es mi nuevo corte hija! ¡No me gusta!, repitió molesta. De pronto, me sentí irritada y me vi a mi misma haciendo puchero, ¡me había ofendido con el comentario de una niña de cinco años! El colmo. ¿Había ido para convencerla o para obtener su aprobación?

Al cabo de un par de días las dos nos acostumbramos a mi nuevo look. Ella no volvió a mirarme raro y yo ya no me sentía tan regia como al principio. Es verdad que mi pelo está sano, nada esponjado y con los rizos definidos —debo reconocer la maestría del estilista—, pero sigo siendo yo. Y así será siempre, aunque me empeñe y luche contra la corriente. Lo que sí puedo hacer es conseguir un mousse para manejar mis emociones, para observarlas desde afuera y dejarlas fluir. Como dice Carlo, ¡el secreto está en el movimiento!

miércoles, 12 de noviembre de 2008

My pineapple night

¿Qué es lo que comes cuando te sientes abatida por la vida? ¿Helados? ¿Chocolates? ¿Comida chatarra? Y qué pasa cuando estás abatida y encima a dieta, se produce una verdadera revolución en tu cerebro. El sábado pasado fue mi día pico de crisis, un viejo amor se casaba. Era la boda de mi mejor amigo y justo coincidía con el inicio de una dieta estricta (ya se avecina el verano que no perdona rollos ni celulitis), así que no podía atragantarme con chocolates y tortas para aminorar la pena.
Mala mezcla. Depre y dieta no van juntas. Necesitaba glucosa a como de lugar para calmar mi ansiedad y levantar el ánimo. No en vano dicen que el chocolate estimula el sistema nervioso y contiene la misma sustancia que se produce en el cerebro cuando estamos enamorados (feniletilamina). Pero no podía caer, entonces recurrí a un paliativo. Fui a Wong y compré la piña golden más grande y apetitosa: madurita, amarilla, brillante, a punto de estallar de dulzura; y busqué en mi pequeña colección de dvds alguna película para matar la noche. Tenía varias sin estrenar, además de algunas cintas antiguas muy buenas, pero no me provocaba nada denso, trágico o violento. Inclusive Woody Allen me parecía demasiado para ese momento y, pasando de Orson Welles a Fellini y Chabrol, me encontré con un dvd que me llamó la atención, parecía que era la primera vez que lo veía. Era del director Wong Kar Wai, primer punto a favor, y el nombre de los actores terminó por convencerme: Jude Law y mi cantante favorita, Nora Jones, la que me acompaña en mis tediosas sesiones de pesas en el gym. A lo que no le di mucha importancia fue al título del film, que estaba en castellano (“El sabor de la noche”), y recién cuando puse la película me di cuenta de que mi inconciente me había jugado una mala pasada. El nombre en inglés era “My blueberry nights” y durante los primeros veinte minutos del film los personajes principales se dedican a comer y a comer. Ella, un apetitoso pye de blueberrys y él, algo parecido a un pye de limón. Así empieza el romance. Lo gracioso es que cada vez que los protagonistas se encontraban en el café de Jeremy (Jude Law), y luego de comerse un pye entero cada uno, ella se quedaba dormida en la barra con la boca manchada de crema, como si se hubiera emborrachado con el pye (en ningún momento vemos que bebe una gota de alcohol, aunque lo sugieren con esa toma).
La trama de la película es simple. Elizabeth (Nora Jones) hace un viaje de casi un año por Estados Unidos para huir de una decepción amorosa y, gracias a las experiencias dolorosas de otros individuos que encuentra en su viaje, logra superar su pena. Lo que no sabía era que solo tenía que cruzar una calle, saliendo de su departamento, para encontrar el amor, detalle que me hizo acordar a Angel y su perseguida flor de los siete colores. Pero, más allá de la historia y de la buena interpretación de los actores, lo que más emociona del film es la forma en que transmite las emociones gracias al manejo de la imagen, tratada como una verdadera obra de arte: la oscuridad en contraste con los colores saturados, que le dan un mood de ensueño, fortaleciendo la idea del viaje interior del personaje; los encuadres sumamente originales que, incluso, en algunos casos, te distrae de la trama y de los diálogos; la inserción de tomas rápidas de primeros planos del arándano bañado en leche (o eso parece) para transmitirnos el placer que están sintiendo los protagonistas en sus noches de tertulia. Y, por supuesto, la banda sonora. Definitivamente hice una buena elección con esta película y, aunque quería comerme la pantalla, me sentí aliviada, igual que Elizabeth, después de ver las desgracias amorosas de los demás. Me di cuenta de que lo mío pasaba piola. Eso sí, gracias a esta película he sumado una imagen a mi lista de fantasías amorosas: que un hombre —como Jude Law, por supuesto— me despierte con un beso después de haberme emborrachado con una deliciosísima torta de chocolate (me permito cambiar el ingrediente porque no soy fanática de los arándanos). Qué puede ser más tierno, más dulce, más cinematográfico. Y claro, en mi fantasía no puede faltar un detalle, una buena cantidad de colágeno para que mis labios luzcan igual de carnosos que los de la Jones.

Qué imagen adorable, enamorarte con un dulce de por medio, de alguien que te escucha y te apapacha. De un amigo. Por eso digo que es imposible que exista la amistad entre hombre y mujer. Siempre alguno termina involucrándose con el otro, más allá de una relación meramente amical. Y si ocurre con los dos pues ¡lotería! En mi caso, en dos ocasiones he tenido que bajar del coche a dos mejores amigos, y tristemente terminar con la amistad. Solo una vez me ha pasado lo contrario. Fue lo que me ocurrió con Abel.

Hace tiempo lo conocí por temas laborales e iniciamos una bonita relación solo por mail. La amistad fue creciendo y mi corazoncito latiendo, aunque él me contaba de su relación con su enamorada y yo le relataba acerca de mis experiencias fallidas o de mis nuevos salientes. Nos entendíamos a la perfección. Teníamos los mismos gustos, los mismos objetivos y hasta coincidíamos en nuestros sueños y planes de vida, así que seguimos carteándonos y chateando más o menos por un año. Nos contábamos todo y nos consolábamos cuando uno de los dos tenía un problema. Casi nunca nos veíamos personalmente porque sabíamos que existía una fuerte atracción entre nosotros y ninguno de los dos se atrevía a proponerlo, pero el día que me contó que había terminado con la novia me animé a dar el primer paso. Le envié una torta como regalo de cumpleaños a su oficina, el mismo día de su santo. Los hombres normalmente no son fanáticos de los postres, suelen reemplazar la adicción del azúcar por la del alcohol, pero este chico me hacía la competencia en mi dulce debilidad. Y el detalle de la torta era que, se suponía, la había hecho yo. No podía decirle que mi mamá era la verdadera autora de aquella delicia y dejarla como una Celestina. Así que tuve que mentir por partida doble. A él le dije que mis manitas habían hecho esa bomba adictiva rellena de fudge y Nutela, y a ella le dije que era un regalo para una amiga de la oficina. Abel quedó encantado con el detalle y me invitó a su departamento para compartir la torta, claro, con una copita de algo más. Recuerdo que esa noche fue una de las más dulces y estimulantes de mi vida, y también una de las más crueles y decepcionantes. Nos sentamos en la mesa de la cocina de su departamento, bastante acogedora y amplia, y nos dedicamos a cucharear la torta directamente de la fuente. Era la tercera vez que nos veíamos y nos sentíamos muy raros hablando mientras no mirábamos a los ojos. Pero algo no andaba bien, no sólo olía a chocolate en el ambiente. El me lo explicó en pocas palabras: He vuelto con mi novia y me voy a casar. Quiero que esta noche sea nuestra despedida. Sentí que la torta se me atracaba en la garganta y que mi corazón era una barra de chocolate amargo partido en mil pedazos. Además, la mezcla del traguito ese, pisco para ser más exactos, con el dulce estallaron en mi estómago y lo único que quería en ese momento era salir corriendo. Pero él no me dejó. Nos abrazamos, nos besamos y nos despedimos entre lágrimas. Yo no quise llegar más allá.

Así fue mi pineapple night. La pasé viendo una película que lo único que hizo fue hacerme revivir aquel evento desafortunado, mientras mi “mejor amigo” estaba celebrando a lo grande. Pero, le saqué algo positivo al asunto. Logré encontrar respuestas en las experiencias ajenas, aunque ficticias, con ciertos momentos de acidez que me hicieron pestañar, pero satisfecha por no haber caído en la tentación de lanzarme al refrigerador para devorar el manjar que tenía guardado para los panqueques de mi hija. Así que la próxima vez que esté abatida y a punto de salir de mi dieta, ¡piña!, nada mejor que ese diurético natural que hace eliminar mi líquida ansiedad.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Por siempre Cenicienta

Mi hija, de cinco años, me pidió un disfraz nuevo para Halloween. Primero quería el del hombre araña, luego el de La Sirenita y finalmente se decidió por el de Cenicienta. Es increíble cómo las niñas de ahora también se sienten fascinadas ante la imagen de la pobre empleada que, de pronto, se convierte en princesa, aunque las mamás de hoy ya no tengan mucho que ver con las mamás amas de casa de antes. Pero muy aparte del tema de la novela mexicana, lo que yo le digo siempre es que antes de que Cenicienta se case con el príncipe primero los dos estudian, trabajan y se conocen bien. Pero mamá, ¡es un cuento!, me responde ella. Y no me queda más que decirle, ok hijita, como quieras. Precisamente se queda pegada con el cuento porque no tiene nada que ver con la realidad, y ella lo sabe.

El viernes, saliendo de la oficina, la llevé a elegir su disfraz. Había miles, pero ella apenas vio el vestido celeste de Cenicienta no dudó un segundo. ¡Ese quiero mami! Pero no has visto los otros, mira, tienes para elegir. ¿No te gusta el de Sirenita? No. Quiero este, me dijo. Mira el de mariposa o el de hada madrina. No, no, quiero este, repitió. Me maravilla la seguridad con la que habla mi hija. Cuando le gusta algo, no tiene ninguna duda. Su elección es inmediata, no como yo, que cuando entro a una tienda me paso horas hasta decidir qué comprar. Es insoportable salir de compras conmigo. Pero ella, nada que ver con la mamá, al toque se decide y sale segurísima con su compra, feliz de la vida.
Cuando llegamos a la casa se probó de inmediato el vestido celeste, se puso la corona y los tacos de plástico. ¡Mamá, tenemos que construir una escalera para Cenicienta! Pero hija, tenemos ocho pisos de escaleras para elegir. ¡No, es que esas no se parecen a las del cuento! Y después de varios intentos fallidos de armar una escalera con las sillas de mi comedor (que ya piden chepi por servir de trencito, tocador o cama para sus muñecas), se tuvo que conformar y salimos a las escaleras. Bajó una grada y dejó caer su zapato. Yo hice de príncipe, recogí el zapato y ella corrió alzando su vestido. ¡No no, por favor bella dama, no huya, yo la amo! ¡Estoy enamorado de usted! ¡Vuelva! Luego ella se sentó y me alargó el pie para que le coloque el zapato. ¡Usted es Cenicienta!, dije asombrada. Y ella se levantó de un salto, lista para repetir toda la pantomima otra vez.

¿Sabías que tu mami es una cenicienta moderna? ¿Ah sí? y el príncipe es mi papi no? No hijita, ¡cómo crees! Tu papi ya tiene otra princesa amor. Mira, te voy a explicar, le dije. Antes la mami hacía todas las labores del hogar, igual que Cenicienta, pero un día decidió que quería cambiar su vida y llamó a su hada madrina, la abuelita, quien le dio los mejores consejos para convertirse en princesa. Primero la llevó a comprarse ropa bonita y luego insistió mucho para que aceptara un trabajo que le estaban ofreciendo. ¿Y sabes cuál era ese trabajo? ¡Cuál mami, cuál! Un lugar en donde hacen cosas para que las mujeres se sientan princesas, en donde venden maquillaje, cremas, perfumes y todo lo bonito que a las mujeres nos gusta usar. Y la mami aceptó el trabajo y se convirtió en una Cenicienta moderna amor. Las Cenicientas de ahora no necesitan príncipes para ser princesas y ser felices, ahora necesitan un trabajo para ser independientes, así como tu mamá. ¿Qué te parece? Ella no se veía muy convencida. Noooo, me dijo riendo, ¡es que tú no eres una princesa de verdad pues! Además, ¡las princesas no trabajan! Ante esa respuesta, me rendí y preferir no insistir en el tema. Pero hoy, a la hora del almuerzo, no me pude aguantar las ganas de preguntarle qué quería ser de grande. Necesitaba comprobar si mi discurso había dejado alguna huella en ella. Antes, cuando le hacía esa pregunta, ella me contestaba: quiero ser mamá. Está bien hijita, puedes ser mamá y también puedes hacer otras cosas que te gusten mucho, le decía yo. No, yo solo quiero ser mamá, insistía. Pero ahora ha cambiado de parecer:

—Ya no quiero ser mamá.
—¿Ah si? ¿Y por qué ya no quieres ser mamá?
—Porque duele mucho y se te caen las tetas mami.
—Sí hijita, duele —dije, aguantándome la risa—, pero hay muchas mujeres que tienen hijos. ¿No debe ser tan terrible no? Y existen operaciones para las tetas, no has visto a la tía Maura?
—Sí, pero eso también duele.
—Bueno, entonces, ¿ahora qué quieres ser de grande?
—Quiero ser nana.

miércoles, 22 de octubre de 2008

París te amo

Maura se está recuperando, de la pérdida y de la cirugía. Y yo la acompaño, como fiel amiga (a ello se debe mi alejamiento del blog por tanto tiempo). El fin de semana fui a su depa para asistirla. Yo tenía que ayudarla a levantarse de la cama, llevarla al baño, subirle y bajarle el pantalón, alcanzarle las pastillas, el vaso con agua, llevarle la bandeja de la comida. Mientras tanto, mi hija se divertía con todo el set de plumones, colores y pinturas que Maura tiene en su estudio (es diseñadora gráfica).
Conversamos mucho, eso podía hacer sin dolor (físico) y también vimos una película. Ella eligió “París te amo”, que cuenta veinte historias distintas desarrolladas en diferentes distritos de París y dirigidas por los directores más reconocidos del último tiempo.
Maura se identificó con el primer corto, dirigido por Bruno Podalydes, en el que un hombre se pregunta qué es lo que no funciona en él y por qué no puede hallar el verdadero amor. Al inicio de la historia el protagonista está tratando de cuadrar su auto en las estrechas calles de Montmartre y, de repente, una mujer se desmaya en plena calle, al lado suyo. ¿Acaso este sería el amor que había estado esperando durante tanto tiempo?
Entre las historias que más me gustaron están la de "La Bastilla" (Isabel Coixet), en la que un hombre se reenamora de su esposa tras enterarse de que a ella le quedan pocos meses de vida; la de "Place des Victoires" (Nobuhiro Suwa), protagonizada por Juliette Binoche, quien interpreta a una madre que le da el último adiós a su hijo muerto; y la del "Tour Eiffel" (Sylvain Chomet), en la que un mimo, detenido por la policía por alterar el orden público, se encuentra con otra mimo en la comisaría, que resulta ser su alma gemela. Pero, sin duda, la mejor historia la dejaron para el final y es con la que me sentí más identificada. "14th Arrondissement", dirigida por Alexander Payne, presenta a una solitaria turista norteamericana que entiende el significado de la vida y se descubre a sí misma en un parque en París. Pero qué dices —exclamó Maura—, ¡qué imagen tienes de ti misma! ¡Cómo te puedes identificar con esa gordita poco instruida y que no tiene ni un perro que le ladre! Lo que me emocionó de ella fue que logró experimentar la tristeza y la dicha a la vez. Aceptó su soledad con alegría y vivió un instante de plenitud. Esta mujer simple, que narra su experiencia con mucha sencillez e inocencia (en su recorrido por el cementerio de Montparnasse confunde a Simone De Beauvoir con Simón Bolívar) tiene un momento de iluminación realmente conmovedor. París la hace redescubrirse y la entiendo perfectamente. Hace unos meses estuve ahí y no puedo más que ponerme cursi y darle la razón a todos aquellos poetas y narradores que no descansaron hasta irse a vivir a aquella ciudad inspiradora, aunque murieran de hambre y robaran libros en las librerías. Es que el encanto de París es irresistible, inclusive para Dietrich Von Choltitz, un general alemán que, según cuenta la leyenda, salvó la ciudad al desobedecer las órdenes de Hitler de lanzar una lluvia de bombas de alta potencia para destruir los puentes sobre el Sena, sus museos y palacios.

Margo Martindale interpretando a la turista norteamericana en "14th Arrondissement"

La energía de esta ciudad te hace vibrar con solo recorrer sus calles, te empuja y te alimenta aunque se te partan los lumbares. El arte rebalsa, hasta en el baguette de la mañana o el cafecito de la tarde frente al Sena. Y a la vuelta de la esquina puedes convertirte en modelo de Toulouse o estrella del Lido. Y qué mejor que hospedarte en el barrio latino, en el hotel "Esmeralda" (curiosamente administrado por peruanos), al lado de la "Shakespeare & Company". Cómo olvidar la habitación número 7, desde la cual podía admirar Notre Dame y escuchar las campanadas de Quasimodo. Recorrer todos los días la "Rue de la Huchette", cruzando la plaza Saint Michel, una callecita estrecha llena de cafecitos y restaurantes en donde me inicié con los crepes con Nutela y salté del susto con los típicos platos rotos griegos. Aventurarte en el metro para encontrar la línea que te lleva a Versalles y quedar sin aliento frente a los jardines de María Antonieta. Empalagarte con los museos y tatuar tu alma con los Van Gogh, Picassos y Matisse. Subir a Montparnasse y comprar chucherías en las esquinas. Y el paseo nocturno por el Sena, la luna sobre una Torre Eiffel azul…



París nos transforma. Nunca más seremos los mismos. Si visitas París habrá un antes y un después. Yo tuve mi corto personal en la ciudad luz, en donde caminaba de la mano por los Campos Elíseos con aquel amor que me acompañó a marearme con los aromas de Sephora y que me invitó un inolvidable macarrón de pistacho en la emblemática pastelería "Paul". Un amor al que le dedico este post y que ahora me dice, igual que Rick Blaine (Humphrey Bogart) a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) en Casablanca, “siempre nos quedará París”.






miércoles, 1 de octubre de 2008

Cirugía para el olvido

Una amiga acaba de terminar una relación larga e importante en su vida y ha tomado una decisión: acudir al cirujano. ¿Por qué ocurre que a partir de una ruptura amorosa las mujeres nos queremos renovar? ¿Queremos ser otras para recuperar al novio o marido perdido? ¿Es que acaso nos han dejado porque ya no somos lo suficientemente atractivas? Error. Al marido o al novio perdido no lo vamos a recuperar con nuevas tetas sino, tal vez —si es que seguimos necias con eso— cambiando de chip mental. Pero bueno, si la cirugía nos ayuda con el cambio del chip entonces ha cumplido su cometido. Lo más seguro es que después de la operación ya no nos va a importar el ex sino nos van a llover nuevos y mejores candidatos. Pero ojo, REPITO, no por el par de globos que nos hemos puesto, sino por el par de nuevos ojos con los que ahora nos miramos.
Lo que ocurre, o lo que debe ocurrir, es que queramos dejar en el olvido todo lo pasado, algo así como cambiar la decoración de la casa o cortarnos el pelo. Hacer algo con nuestro cuerpo es un símbolo de un nuevo comienzo y nos inyecta de un entusiasmo perdido. Al vernos más bellas se refuerza nuestra autoestima y nos proyectamos como mujeres seguras, independientes y sumamente deseables. Y ahí comienza la vibra de la atracción. Tal vez no eres una belleza pero te sientes tan bien que lo proyectas y los hombres caen a tus pies. Y ni ellos mismos saben qué pasa. Es el no sé qué del que tanto se habla. Una mirada, una sonrisa, una actitud sugestiva, un aire dulzón que provoca a cualquiera.

El asunto es que mi querida Maura está en esa situación, quiere dejar atrás a la chica que ha permitido o generado una serie de fracasos emocionales en su vida. Su ex nunca quiso que se operara y ella le hizo caso —como si el novio fuera el dueño de su cuerpo—, y ahora quiere volver a la soltería con todo. Pero es un poco miedosa mi amiga querida y me pidió que la acompañara a la cita con el doctor.
Mi primera impresión con la clínica fue buena. Se nota que saben hacer un buen marketing. Ver fotos de Marina Mora, Jéssica Newton, Viviana Rivasplata y las dos Claudias que salen en la tele es un buen gancho. No solo porque son modelos famosas y están regias (salvo por la gordita bella que no para de comer), sino porque en todos los años que tienen de operadas no han sido víctimas de ningún escandalete tipo Max Álvarez o Morillas-Mantilla, y los posters muestran sendas dedicatorias con todo el amor y el agradecimiento al hombre que ensalzó sus pechos o modeló sus curvas. Y si ellas siguen bellas y felices por qué no lo estaría Maura, que se mordía las uñas en la sala de espera.
Cuando entramos al consultorio lo primero que vimos fue una foto inmensa del doctor al lado izquierdo del escritorio (se nota que tiene el ego bastante exaltado y que trabaja con la vanidad de la gente), luego una pintura de una mujer sexy y al costado una colección de diplomas y reconocimientos empapelando la pared. O sea, mira qué pepón soy, yo te voy a operar bien porque me cuido bien; mira cómo vas a quedar, mamita rica; y mira lo que me respalda, no soy un pinche médico, tengo veinte años abriendo cuerpos aquí y en el extranjero. Bueno, sigue el trabajo de persuasión, bien hecho.
La secretaria nos dijo que esperemos y que mientras tanto podíamos ver las fotos de las pacientes. Raudas y veloces tomamos el álbum de fotos y las imágenes nos golpearon la cara. ¡Nos encontramos con casos tan patéticos que hasta sentí mareos! Ese fue un punto en contra del marketing que hasta ahora había funcionado tan bien. Ver los antes y después de las operaciones de gente común y corriente (no modelitos perfectas y jóvenes) es, por un lado, alentador, pero por otro, bastante deprimente. Yo no quería seguir viendo, pero mi amiga continuaba pasando las páginas y a pesar de mi disgusto no podía despegar los ojos de aquellas imágenes de carne desbordada y tristes descolgamientos. ¡Por Dios! ¡Mujeres! ¡No dejen de hacer ejercicio nunca! No caigan en la tentación de la flojera, de la tragadera sin control, ya suficiente tenemos con volvernos viejas, eso no lo podemos detener, pero sí podemos llevar los años con dignidad.

En fin. A la media hora de risas y espanto apareció el doctor. Entró muy rápido haciendo volar su bata blanca y se disculpó diciendo que volvía en diez segundos. Así lo hizo. Regresó y tomó asiento para iniciar el interrogatorio de rutina. Ya habían pasado sus añitos para el doc, la foto que colgaba a sus espaldas era tan engañosa como las tetas falsas que colocaba por doquier. Pero eso era un punto a favor. Las arrugitas del doc me dieron más confianza, así como su buen humor. Siempre me ha perturbado la frialdad de los cirujanos, la desconexión entre el ser humano y el cuerpo que están operando. No puede existir ninguna emoción de por medio. El paciente anestesiado y acostado en la camilla de la sala de operaciones no es más que una pieza inerte que hay que esculpir, moldear, rellenar, bordar. Y debe ser así porque sino no habría forma de realizar ese trabajo de carnicería sin entrar en estado de pánico.


Lo que no pudo esconder el doc fue su mirada. Esos ojitos pícaros chisporroteaban viendo a mi amiga, joven y bonita. Se nota que al doctor le gusta su trabajo, y le gusta más cuando se encuentra con pacientes que no están esperando cupo en el nicho. Maura hizo todas las preguntas del caso y entró a ponerse la bata para que la examine. El doctor me permitió pasar a mi también. Maura se abrió la bata con temor y mostró sus pechos tímidos para que el juez al fin diera su veredicto. Me fijé en la cara del doctor y me di cuenta de que se esforzó en ser inexpresivo. Observó con detenimiento y seriedad, sacó sus reglas, midió, apuntó. Tienes un triángulo equilátero perfecto —dijo, señalando las distancias entre la clavícula y los dos senos—. Luego explicó que por los antecedentes de cáncer de mama de una tía abuela de Maura, debía ponerle los implantes detrás del músculo y éstos debían ser de suero fisiológico en vez de siliconas. Estas consideraciones se toman para que exista el menor impedimento en futuros exámenes de mamas, y poder detectar cualquier tipo de tumor. Claro, también mencionó los riesgos, los poquísimos casos (cruza los dedos Maurita) en los que el suero fisiológico se desinfla y comienza a salir otra teta por el costado. Y el corte!!!! A mí se me ocurrió decir que era mejor hacerlo en la aureola porque así no quedan marcas. Y el doc se apresuró a enumerar todas las desventajas del asunto. Cuando se hace el corte en el pezón se seccionan muchos tejidos y conductos mamarios, por lo que la paciente ya no puede dar de lactar. Pero, además —que para mí es lo más importante—, se crean cicatrices internas que luego pueden confundirse con algún nódulo, y existe mayor riesgo de una infección durante o después de la operación. Otra desventaja es la pérdida de sensibilidad en la zona y que se forme una cicatriz queloide en un lugar mucho más visible que debajo del busto. Y claro, para el doc es más cómodo operar por abajo y eso le garantiza a él y a la paciente un mejor resultado. Luego procedió a ver lo del tamaño. Doctor, no quiero parecer una vedette, dijo Maura. Vamos a ver. Tienes buenas caderas —respondió el doctor mientras la tocaba por los costados—. Vamos a probar entre 250 y 275 gr. Pero pensándolo bien, ya que los implantes suelen aplastarse un poco detrás del músculo, creo que mejor pedimos de 275 y 300 gr. para que llene bien.

Uffff que estrés!!!! Todo lo que hacemos las mujeres por ser bellas. Pero ahí no queda todo, luego vienen las pruebas pre operatorias, los masajes para que no se encapsulen los implantes y rezarle a Afrodita para que nada se desinfle o se reviente.
Lo mejor: la operación es ambulatoria, con anestesia local y estás sedada como bella durmiente durante la cirugía, sin ver ni escuchar nada. Lo malo: cuesta US$ 1000 dólares más de lo estimado.
Maura salió de la clínica convencida de usar su Visa para hacer realidad la frase “porque la vida es ahora”. Y yo me quedé pensando que tal vez también había llegado mi momento de vanidad. ¿Acaso hay algo que necesito olvidar?