
¿Quién no tiene una amiga desesperada por conseguir pareja? Y si está en la treintena peor. Y cuando una mujer está desesperada a veces no lee bien las señales, o se hace la de la vista gorda (sólo de la vista porque para conseguir pareja hay que estar más anoréxicas que nunca). Bueno pues, la historia que voy a narrar a continuación es la de una amiga con la vista gorda, a la que voy a llamar Miranda.
Miranda es una mujer guapa, con un buen trabajo y vive sola en un departamento en Miraflores. Parece muy segura de sí misma pero en lo que respecta a relaciones de pareja ella se cataloga como un desastre. Siempre elige al hombre equivocado. Cuando cumplió treinta su mamá le regaló un perro como consuelo por no haber conseguido marido. Este es un compañero fiel que jamás te dejará —esas fueron sus palabras de felicitación—. Claro que lo que logró la mamá fue que Miranda se sintiera más sola aún y más patética que nunca. Sin embargo, no pudo evitar sentir un deseo instintivo de protección y acoger al pequeño pastor inglés con la ilusión de un nuevo amor. La diferencia es que éste sólo sabía hacer mimos, no hablaba para herir y siempre estaría alegre cuando ella llegara a casa.
Al principio, a Miranda le preocupaba su vertiginoso crecimiento, que los colocaría a ambos en una situación un poco apretada. Pero para su sorpresa, hicieron tan buenas migas que cada uno se acopló al otro y aprendieron a ceder sus límites para poder hacerse compañía sin reclamarse nada.
Así han pasado tres años (o sea, Miranda ya tiene treinta y tres). Hoy, mi amiga dice que no podría vivir sin su querido Benjamín (sí, así le puso al perro, yo sospecho que es el nombre de algún antiguo amor) y desde que lo recibió en su casa no ha hecho otra cosa que mimarlo: le prepara hamburguesas de verduras con arroz, le celebra su cumpleaños con torta, globos y pica pica, lo lleva a la peluquería y hasta le envuelve sus regalos en navidad y los pone debajo del árbol. Pero el viernes de la semana pasada ocurrió algo insólito, Miranda se olvidó de prepararle su cena. Y mientras ella iba y venía por el departamento, atareada con los preparativos de otra cena, Benjamín la miraba con sus ojitos dormidos desde un rincón de la cocina, esperando con pasividad a que ella le prestara atención. Fue la primera vez que el animal no reclamó por su alimento. Al parecer, presentía que el descuido de su ama se debía a algo importante. Y efectivamente, se trataba de una cita con un prospecto de pareja que, según ella, era muy prometedor. Así que ese mismo viernes salió temprano del trabajo para ir al súper y comprar todo lo que necesitaba para impresionarlo. El era un hombre controlado, muy mental y le costaba expresar sus emociones, lo notó al instante el día en que lo conoció, pero Miranda ya no estaba para tolerar miraditas sutiles y frases de doble sentido, ella quería acción y ese hombre necesitaba un empujoncito. Pensando en eso buscó una receta del diario de su tía Claire, que según ella, podía enloquecer a cualquier ser que tuviera papilas gustativas y hacer que se quedara con las ansias de un enamorado primerizo. Se debe servir poco para dejar al comensal con la miel en los labios y cuando quiera repetir será el momento de atacar. Eso decía en letras pequeñas como pie de página (siempre pensé que su tía estaba medio loca pero era muy divertida).
En la familia de Miranda siempre fueron todas mujeres. Su abuelo y su padre murieron cuando ella era muy chica, su hermana mayor se divorció al poco tiempo de casarse y la menor cambiaba de enamorados como de ropa interior. Tenía una tía viuda y a la tía Claire, solterona pero muy sabia en asuntos amorosos. Podía parecer contradictorio que se quedara sola pero ella decía que lo más estimulante del trance amoroso era la conquista, y cuando ya tenía a los hombres a sus pies perdían el encanto. La magia está en la caza, no en comerse a la presa. Esa era su frase favorita y Miranda siempre había querido ponerla en práctica pero nunca le había dado resultado. Por más que intentaba no podía entenderla, su temor a la soledad la hacía entregarse demasiado rápido y al parecer ahuyentaba a los hombres antes de que se diera cuenta de que la presa era ella y que no había luchado por salvar su propia vida.
Pero por alguna extraña razón, Miranda tenía demasiadas expectativas puestas en este hombre (bueno, no es extraño, conociéndola). Parece que realmente la impresionó: maduro, unos diez años mayor que ella, gerente de una empresa transnacional, amante del arte y con un par de ojos gigantes que desde un principio la desarmaron. Pensando en esos ojos había planeado todo muy bien, calculando cada paso para no caer en falso. Por fin había sabido usar la máscara de la mujer independiente que goza de su soledad y que podía allanarla en favor de otro ser solitario. Apenas lo conocía, habían coincidido en una exposición de arte de un amigo mutuo y sus gustos se alinearon de inmediato. Ella pensó que por fin había llegado el momento de su revancha en la vida y se esmeró en cada detalle para no arruinar la noche. Sin embargo, tenía “un bichito en el corazón” (esas fueron sus palabras exactas) que le decía que algo no andaba bien, pero prefirió no escucharlo y seguir en su carrera vertiginosa para lograr la cita perfecta. No quería arruinar la noche con sus inseguridades, además, todo había comenzado de maravilla, la invitación a cenar salió tan natural que prácticamente pareció que él se había auto invitado. Por fin se estaba volviendo calculadora de verdad y la mitad del camino ya lo tenía ganado. Eso tenía que ser una buena señal.
Lo que ocurrió ese viernes sólo le puede pasar a mi amiga Miranda. Sólo a ella. Ya estaba todo listo: la cena en el horno, la mesa puesta y vestía un traje sencillo y casual, no podía parecer una mujer desesperada. Benjamín la había visto ir de aquí para allá, decidir el mantel, el color de las velas, el florero para las astromelias y ella prácticamente lo había ignorado todo el día. El estaba silencioso y meditativo, con la cabeza apoyada en medio de las patas, mirando las manecillas del reloj, con una tristeza que comenzó a alarmar a mi amiga. A las 9:30 sonó el teléfono y sintió una punzada en el pecho (era el bichito que la estaba fastidiando de nuevo). Antes de contestar miró al animal que parecía saberlo todo y él le hizo una venia con el hocico para que tomara el auricular. Que había olvidado el cumpleaños de su esposa y que la cena debía ser con ella, que seguro Miranda lo entendería, además la había librado de una noche aburrida. Colgó el teléfono y se quedó inmóvil, al fin, después de tantas correrías. Siempre había imaginado que era divorciado. (I m a g i n a d o, él nunca se lo había dicho pero como no llevaba anillo a ella se le ocurrió inventárselo). Benjamín se acercó a paso lento y alzó la cabeza. Ella lo miró y él comenzó a mover la cola, era la primera vez en el día que le prestaba atención. Dio unos aullidos, unas vueltas sobre el sitio y se atrevió a sentarse en una de las sillas del comedor. Mi amiga Miranda sonrió amargamente, sacó la cena del horno y se la sirvió a Benjamín para compensarlo del cruel olvido de su alimento. También se sentó ella, no podía hacerle un desplante, sabía lo que se sentía. Así que destapó el vino, se sirvió una copa e hizo el brindis de la noche, en honor a él y a todos los amores perros.