No hay palabras, sólo música.
http://www.youtube.com/watch?v=rj6rCbUcnxc
domingo, 26 de abril de 2009
viernes, 24 de abril de 2009
Esa luz estará siempre

La soledad no es tan mala como la pintan. No es un castigo, es una bendición. Lo malo son los recuerdos. Cómo hacer para acallar la mente. Cómo hacer para convivir con las imágenes. Si no las ves despierta, tu sueño las transforma, las pone en negrita, las exhibe gigantes, con el resaltador más chillón y escandaloso.
Para encontrar el silencio no basta la soledad. La mente no se detiene. ¡Qué cansancio! Sosan, el tercer patriarca zen, habla del camino de la no-mente. “Aunque estés en silencio, tu silencio no reflejará otra cosa que el mono parlanchín que llevas dentro”. Qué grandioso poder encontrar que en tu interior se libera un silencio.
Por eso es tan importante la música. La música no se entiende, sólo se siente. No se interpreta, se escucha. “Mientras interpretas no puedes escuchar, porque la consciencia no puede hacer dos cosas opuestas simultáneamente. Si empiezas a pensar, dejas de escuchar. Escucha como escuchas la música; con una forma de escuchar diferente, sin interpretar. No hay significados en los sonidos”.
Toda mi vida he escuchado lo importante que es conectarse con la naturaleza. Según yo, sabía de lo que me estaban hablando, pero en realidad no entendía nada. “Ve y siéntate cerca de una cascada. Escuchas, pero ¿interpretas lo que la cascada dice? No dice nada... y aún así dice. Dice mucho, mucho que no puede ser dicho. ¿Qué haces cuando estás cerca de una cascada? La escuchas, te quedas quieto y en silencio, absorbes. Permites que la cascada vaya entrando cada vez más profundamente dentro de ti. Entonces todo se calma y se queda en silencio en tu interior. Te conviertes en un templo; lo desconocido entra a través de la cascada. ¿Qué haces cuando escuchas los cantos de los pájaros, o el viento pasando a través de los árboles, o las hojas secas cuando el viento se las lleva? ¿Qué haces? Simplemente escuchas”.
Hace poco una amiga me contó que fue a la graduación de su esposo (había terminado un MBA), y que en el discurso, el rector dijo que la felicidad dependía de las decisiones que uno tomaba en la vida. Y yo me pregunto. De qué le sirve el cargo importante a este señor, las horas de horas de desgaste mental, las privaciones de por medio, el tiempo que ha dejado de estar con su familia para ser “alguien”, los años. De qué le ha servido todo eso si no ha entendido nada. La felicidad es un estado interno, más allá de las dichas o desdichas. No tiene nada que ver con las decisiones que uno toma en la vida. Es lógico y natural que nos equivoquemos y démosle gracias a Dios que así ocurre porque de las crisis y de los momentos más difíciles uno renace. Bien dijo Jodorowsky: “No olvides nunca que la flor de loto surge del cieno. Hay que explorar el fango, tocar la muerte y el barro para subir hacia los cielos límpidos”.
No dejamos de aprender señores. Según la Maya, que tiene un divorcio a cuestas, ya no se iba a equivocar. Falso. Nos vamos a seguir equivocando siempre, en pequeñas o en grandes cosas. Pero eso sí, con cada error nos haremos más fuertes, más grandes. Y quizá no nos golpearemos con la misma piedra, pero nos golpearemos con otras. Y así hayan miles de piedras, la felicidad siempre estará ahí, adentro. La dicha de estar vivos, de ser, de tenernos a nosotros mismos, qué alivio. Esa luz estará siempre.
No importa si hay oscuridad. No importa si hay tristeza. No importa si hay distancia. Esa luz estará siempre. No importa si te enamoras. No importa si me enamoro. Esa luz está más allá de las pasiones superfluas. Incluso, de los grandes amores. ¿Cómo tener certezas? Sería como haber leído el libro de nuestras vidas. Lo único que sé es que la verdad permanece. Lo verdadero perdura. No hay nada que podamos hacer. Sólo seamos felices.
domingo, 19 de abril de 2009
Acto de magia

Damas y caballeros, niños y niñas, les presento a uno de los magos más aclamados de todos los tiempos, que realiza un truco inigualable, totalmente fuera de este mundo, un acto de desaparición nunca antes visto. Coooooon ustedes, el mago Taaaaaaabini!!!!!!!
—Mami, ¿el mago puede desaparecer a una persona?
—No hijita, es sólo un truco, aunque a veces la gente desaparece de verdad.
—Como el niño Goyito ¿no? El sí hacía magia mami, ¿te acuerdas cómo llenaba la piscina?
—Sí hija, pero ese también era un truco.
—¿Si? —dijo, abriendo mucho los ojos— ¿y cómo lo hacía?
—Es que yo era su asistente pues, cuando tú te distraías, yo echaba un balde de agua a la piscina para hacerte creer que Goyito tenía poderes mágicos.
—Aaaa, dijo con carita de decepción.
—Perdona por mentirte, era solo un juego.
—¿Y a dónde se fue el niño Goyito mami?
—De viaje.
—Se tuvo que ir o se quiso ir.
—Se tuvo que ir, por trabajo. Pero me llamó especialmente para decirme que te quiere mucho, que te manda un beso y que le dio mucha pena no poder despedirse de ti (le sigo mintiendo).
Ya ven amigos, esto es insólito, nadie lo puede creer, adónde se fue el valiente voluntario. ¿A la luna? ¿Al espacio sideral?
—¡A Argentina!, gritó mi hija (no sé por qué está obsesionada con el país gaucho). El niño Goyito está en Argentina ¿no mamá?
—Sí, y se va a quedar ahí por muuuuucho tiempo.
De regreso a casa, mi hija me pidió un mago para su fiesta de cumpleaños.
—Mami, ¿el mago puede desaparecer a una persona?
—No hijita, es sólo un truco, aunque a veces la gente desaparece de verdad.
—Como el niño Goyito ¿no? El sí hacía magia mami, ¿te acuerdas cómo llenaba la piscina?
—Sí hija, pero ese también era un truco.
—¿Si? —dijo, abriendo mucho los ojos— ¿y cómo lo hacía?
—Es que yo era su asistente pues, cuando tú te distraías, yo echaba un balde de agua a la piscina para hacerte creer que Goyito tenía poderes mágicos.
—Aaaa, dijo con carita de decepción.
—Perdona por mentirte, era solo un juego.
—¿Y a dónde se fue el niño Goyito mami?
—De viaje.
—Se tuvo que ir o se quiso ir.
—Se tuvo que ir, por trabajo. Pero me llamó especialmente para decirme que te quiere mucho, que te manda un beso y que le dio mucha pena no poder despedirse de ti (le sigo mintiendo).
Ya ven amigos, esto es insólito, nadie lo puede creer, adónde se fue el valiente voluntario. ¿A la luna? ¿Al espacio sideral?
—¡A Argentina!, gritó mi hija (no sé por qué está obsesionada con el país gaucho). El niño Goyito está en Argentina ¿no mamá?
—Sí, y se va a quedar ahí por muuuuucho tiempo.
De regreso a casa, mi hija me pidió un mago para su fiesta de cumpleaños.
—Mami, pero yo no quiero que el mago haga desaparecer a nadie, lo que me gustaría es que haga aparecer al alguien. ¡Sería genial!
—Sí ¿no? pero tendría que traernos a alguien que queramos mucho. Ay, mejor contrato al mago para mí.
—¡Noooooo mamá! El mago es por mi santo, no por el tuyo, tienes que esperar tu turno!!!!!
—Sí hija, tienes razón, ahora no es el momento. Qué te parece si hacemos un acto de magia para irnos a dormir. Vamos a cerrar los ojos para entrar al mundo del mago Tabini. No, mejor no, basta de ser tabas —digo entre dientes—, mejor entramos al mundo de la maga ¡Mayini!
—¿Y que hay en ese mundo?
— El TLC de la Maya amor: Tiempo para ti y para mí, Libertad y mucha Creatividad.
domingo, 12 de abril de 2009
Resucitando
Simplemente amigas
Debo reinvindicarme, o mejor dicho, expresarme mejor. La palabra comunicación ha sido una de las protagonistas de mi vocabulario durante este último tiempo, por temas personales y laborales, y sin embargo yo, que me las doy de “dueña de la palabra”, he pecado de error u omisión. Es que cuando uno está ofuscado o dolido no suele ser del todo cauto.
Una de mis amigas se ofendió por mi post “A llorar a otra parte”, no comparte mi opinión acerca de la amistad. Y debo aclarar mi punto de vista. No es que no valore la amistad. Claro que sí. Lo que ocurre es que suelo ser muy realista y eso a veces suena como anti-sentimental. Todas tenemos hijos, esposos, relaciones, trabajos. Obligaciones que nos hacen encerrarnos en nuestros mundos y que muchas veces no nos permiten estar presentes en los momentos en los que las amigas nos necesitan. No siempre somos las mujeres perfectas que nos multiplicamos para estar en todas partes, aunque a veces lo logramos como buenas brujas que somos. Tanto ruido hace que se nos atrofie la audición y no escuchamos los llamados de auxilio. Pero hay que aguzar el oído. Si una amiga que nunca pide ayuda lo hace, es porque algo debe andar mal ¿no? ¿O es que la Maya es muy fuerte y no necesita a nadie? Seguro es lo que proyecto, pero no amigas, yo también tengo mi corazoncito. Y para demostrarlo puedo enseñarles mi mano derecha. Este fin de semana me quemé con el horno y tengo una marca en forma del favorito de cupido. ¿Lo pueden creer? Eso me pasa por jugar con fuego y con mi bobo. Bien dice mi hermana: deja tranquilo a tu corazón, basta ya, entrega tu cuerpo pero no tu corazón.
Con respecto a que necesitaba a “cualquier amiga”, “a la que sea”, eso tampoco debe ofenderlas my darlings. Aunque suene clichesísimo, cada una es especial y diferente y si las considero mis amigas es porque las quiero a todas. Cualquiera de ustedes hubiera podido ayudarme solo con su compañía. Las acepto como son queridas amigas, con sus virtudes y defectos, con sus desaparecidas y lejanías. Entre nosotras hemos compartido una vida de encuentros y desencuentros, de alegrías, tristezas y decepciones. Hemos sido oidoras, consejeras, abogadas y chismosas. Hemos celebrado juntas los matrimonios, nacimientos y divorcios, y nos hemos cambiado de piel cada vez que alguna de nosotras hablaba de sus problemas, tanto que podemos decir que tenemos 100 años de experiencia. Además, ustedes han aguantado bastante a esta Maya, a veces malgeniada, histérica, criticona y demasiado directa.
Lo bueno de todo esto es que después de mi berrinche virtual me he reencontrado con dos buenas amigas que no veía hace tiempo. Ya ven, de algo sirve hablar. También se pronunció la Chimo, me acogió durante la semana santa en la preciosa casa de playa de su novio. Una delicia, a toda hora. Echarme en la terraza muy temprano en la mañana, viendo la furia del mal mezclada con la bruma. Sentir el calor del sol al medio día y ver el mar ilusoriamente azul. Enamorarme del sunset que teñía el cielo de color rosa.
Esta mañana me acordé de uno de los mejores capítulos de Dr. House, en el que el ojiazul opera a un feto dentro del vientre de su madre y éste le toma el dedo. El no apostaba por la vida y la vida lo estaba cogiendo de la mano para darle una lección. Tuvo que ser tocado por un feto vivo para darse cuenta de que estaba equivocado. No era un parásito que estaba matando a la madre, no debía dejarlo morir para salvarla a ella, debía hacer todo lo humanamente posible para salvarlos a los dos. Recuerdo que esa escena conmovedora me arrancó las lágrimas (cosa fácil, debo confesar) y para acallarlas, el guapo House pone el parche rapidito y dice: olvidé grabar la película de Alien. Tan antipático, siempre quitándole la emoción a los momentos estremecedores. Pero era evidente que estaba conmovido, igual que todos nosotros, los espectadores que tanto ansiamos sacarle un poco de humanidad a este cínico doctor. Pero lo que quiero decir es que la vida, en su manifestación más pura, le dio una lección a Dr. House, así como nos da lecciones a nosotros.
No seas tan dura contigo misma, me dijo mi jefa el otro día, permítete equivocarte. Sabias palabras.
Felizmente hoy es domingo de resurrección.
viernes, 3 de abril de 2009
Recuérdate a ti mismo
Qué pasa cuando te compras un rico capuccino de máquina para tu desayuno, como algo especial, y lo acompañas con un ciabata con jamón y queso. Qué pasa cuando lo estás disfrutando frente a tu computadora, mientras revisas tu correo, y te encuentras con un mail bomba. El pan se te atraganta. El café te da náuseas. Lo dejas todo a un lado y no puedes controlar el temblor de tus manos. Sientes frío, se te baja la presión. La piel pálida, los labios morados, las piernas débiles. Todo tu cuerpo se descompone de un minuto a otro, se te llenan los ojos de lágrimas y justo se te acerca una compañera de trabajo para preguntarte algo acerca de la presentación del medio día. No puedes controlarte, rompes en llanto. Pero no en el llanto típico de oficina, chiquito, de costado, guardadito nomás. No. Es un llanto ahogado, que sube del diafragma al corazón y se estremece en los hombros. Ella te abraza, sabe lo que sientes, ha pasado muchas veces por eso. Te dice que mejor te vayas a tu casa pero eso no resuelve nada. A las 11:00 tienes que tener listo un texto para que el presidente de la compañía lo apruebe. No puedes pensar, buscas la información que necesitas, juntas de aquí y de allá, y lo curioso es que el texto se arma solito, como por arte de magia, como si tu otra yo te estuviera reemplazando o dictando las cosas al oído, como si tu ángel guardián lo hiciera por ti. Tal vez es tu abuelita. Ella ha estado apareciendo en tus sueños, tratando de decirte algo que no lograbas entender, aún no era el momento. Finalmente lo terminas entre lágrimas, ya más pausadas, de tristeza, cólera y decepción. Y te pones a pensar en el sentimiento que predomina en ti, la decepción.
Según la Real Academia, la decepción es un pesar causado por un desengaño. Y el desengaño es el conocimiento de la verdad, con que se sale del engaño o error en que se estaba. ¿Es que no somos capaces de detectar lo que hay dentro de las personas? Sí somos capaces pero a veces queremos negarlo para que no nos duela, y lo cubrimos con una manta. Lo irónico es que cuando esa manta cae, porque no puede sostenerse ahí por mucho tiempo, nos duele más. En cuanto al gestor del desengaño, éste suele generarlo sin querer. También sabía algo en el fondo de su corazón y tampoco lo quiso ver por el mismo motivo. No ha querido engañarte, sencillamente ha hecho lo que mejor ha podido hacer. No hay culpables, hay responsables. La responsabilidad es la habilidad de responder. Cuando la manta se cae tienes que tener el valor de enfrentar lo que finalmente ves. Sea bueno o malo, placentero o doloroso, bonito o feo. Tú has puesto la manta, recógela y déjala en su lugar. Responde con valor, con dignidad y no te quedarás con pendientes. Da la cara, mira a los ojos y déjate mirar. Desgárrate si es necesario, entrégate a ti mismo y utiliza tu quinto chakra para hablar, para verbalizar todo aquel remolino de emociones que no te deja en paz, en tus sueños, en el trabajo. Aunque no sepas qué decir, aunque se te enrede la lengua. Y si es necesario, toma distancia para sosegarte y retoma tu discurso cuando te sientas listo. No basta escribir, hace falta hablar. El hablar te permite entender y descubrir cosas que muchas veces no tenías idea que estaban dentro de ti. Algo de razón tienen los católicos cuando se confiensan. El sentido de la confesión es que hables de lo que te aqueja. Al expresarlo lo expulsas y finalmente te redimes a través de la palabra.
Cuando empieces una novela termínala, no te llenes de capítulos inconclusos, no guardes un material que te mirará desde el cajón durante toda tu vida, haciéndote sentir que tienes un pendiente. Los pendientes te destruyen.
Gurdjieff dijo: recuérdate a ti mismo. Significa que si sufres logres separarte de ti y observarte desde afuera, como un espectador a una película. Cuando tomas distancia del dolor lo ves como algo ajeno a ti. Te ves a ti mismo llorando pero te das cuenta de que nada es tan grave como parece. Obsérvalo como un sueño. Ese es el mejor consejo que he recibido esta semana, y qué curioso, me lo dio mi ex esposo.
Según la Real Academia, la decepción es un pesar causado por un desengaño. Y el desengaño es el conocimiento de la verdad, con que se sale del engaño o error en que se estaba. ¿Es que no somos capaces de detectar lo que hay dentro de las personas? Sí somos capaces pero a veces queremos negarlo para que no nos duela, y lo cubrimos con una manta. Lo irónico es que cuando esa manta cae, porque no puede sostenerse ahí por mucho tiempo, nos duele más. En cuanto al gestor del desengaño, éste suele generarlo sin querer. También sabía algo en el fondo de su corazón y tampoco lo quiso ver por el mismo motivo. No ha querido engañarte, sencillamente ha hecho lo que mejor ha podido hacer. No hay culpables, hay responsables. La responsabilidad es la habilidad de responder. Cuando la manta se cae tienes que tener el valor de enfrentar lo que finalmente ves. Sea bueno o malo, placentero o doloroso, bonito o feo. Tú has puesto la manta, recógela y déjala en su lugar. Responde con valor, con dignidad y no te quedarás con pendientes. Da la cara, mira a los ojos y déjate mirar. Desgárrate si es necesario, entrégate a ti mismo y utiliza tu quinto chakra para hablar, para verbalizar todo aquel remolino de emociones que no te deja en paz, en tus sueños, en el trabajo. Aunque no sepas qué decir, aunque se te enrede la lengua. Y si es necesario, toma distancia para sosegarte y retoma tu discurso cuando te sientas listo. No basta escribir, hace falta hablar. El hablar te permite entender y descubrir cosas que muchas veces no tenías idea que estaban dentro de ti. Algo de razón tienen los católicos cuando se confiensan. El sentido de la confesión es que hables de lo que te aqueja. Al expresarlo lo expulsas y finalmente te redimes a través de la palabra.
Cuando empieces una novela termínala, no te llenes de capítulos inconclusos, no guardes un material que te mirará desde el cajón durante toda tu vida, haciéndote sentir que tienes un pendiente. Los pendientes te destruyen.
Gurdjieff dijo: recuérdate a ti mismo. Significa que si sufres logres separarte de ti y observarte desde afuera, como un espectador a una película. Cuando tomas distancia del dolor lo ves como algo ajeno a ti. Te ves a ti mismo llorando pero te das cuenta de que nada es tan grave como parece. Obsérvalo como un sueño. Ese es el mejor consejo que he recibido esta semana, y qué curioso, me lo dio mi ex esposo.
J, tu dolor está saldado. Estamos a mano.
pd: punto aparte, mi texto fue aprobado!!!! Nada derrumba a la Maya, salud!!!!!
domingo, 29 de marzo de 2009
A llorar a otra parte
Muy pocas veces abro los mails cadena. Casi nunca. Pero cuando lo envía una amiga especial, que normalmente no manda ese tipo de correos, no me queda más que abrirlo. Y lo que encuentro es uno de aquellos power point azucarados, repetitivos e incómodos de leer (aparecen las letras de una a una y no hay forma de leerlo rápido!). El tema, las amigas. Y yo lo leo con cierto escepticismo. Es verdad que las amigas son importantes, pero ¿no es para tanto no? Tampoco son las mujeres maravillas que pintan esas páginas. Estoy de acuerdo en valorarlas, pero ese mail me parece una exageración, y lo confirmo cuando, justo al día siguiente de leerlo, necesito urgentemente a una amiga, a la que sea, y ninguna está disponible. Termino saliendo sola. Voy al cine a ver “Women” (Todo sobre las mujeres en castellano). Una película mala, pero alentadora y con una visión positiva, que logra arrancarme unas cuantas risas.
Al día siguiente voy a la playa, y me despido de las olas, de la arena invasiva, del verano. Sigo triste. En la casa, me echo en posición fetal al lado de mi hija mientras ella ve Discovery y come sus tallarines con crema de leche que he preparado. Me acerco a ella para pedirle un beso, pero en la boca. ¡Ay qué rico!, le digo. Y ella me contesta, mami, ¿por qué me lo dices con tanta ternura? Porque en poco tiempo ya no nos vamos a poder dar besos en la boca. Cuando las hijas son grandes ya no les dan besos en la boca a sus mamis. Ella me mira con sus ojitos de amor y me sigue besando, una y otra vez, con más presión. Yo me derrito, y por un momento me olvido de mi pena. 8:30 p.m. apago las luces por el planeta y aprovecho para acostarla. Pienso que no me voy a levantar, pero lo hago. No suelen vencerme estos estados de ánimo. Llamo a mis amigas de la oficina para unirme a un plan de sábado por la noche. Me pongo un jean, un polo discotequero, taco aguja y salgo.
Somos tres chicas solas. Dos divorciadas y una casada que acaba de pasar por un trance complicado con el marido, hace poco descubrió una infidelidad que ya perdonó. Conversamos sin presiones, sin querer indagar más de lo que cada una quiere contar. Tranquilas, sin aspavientos. Hablamos del trabajo, de pequeñas experiencias personales. No es una noche de excesos. Yo tomo un pisco sour de granadilla y mandarina, solo uno, que no deja estragos. Al salir del lugar nos vamos a comer un sánguche a “La Rueda” y luego a pasearnos por el malecón de Miraflores con la música del Grupo Cinco a todo volumen. Ese es nuestro máximo desfogue de la noche. Abrimos las ventanas y, cuando pasamos al lado de algún grupo de chibolos que caminan por la calle, gritamos a voz en cuello. Como es de esperarse, los chicos se emocionan viendo a tres mujeres eufóricas en una camioneta roja (tranquilos, somos tías pero no roba cunas). Y nosotras nos reímos a carcajadas, viviendo nuestro momento de despecho a mil al ritmo de “Quién cura al corazón”, “Adiós amor”, “Te vas” y por supuesto, la infaltable, “A llorar a otra parte” de los hermanos Yaipén.
Llego a mi casa con otros ánimos. Más tranquila. No he recibido ningún consejo, tampoco lo quiero. Solo había necesitado estar entre amigas, hablar de cualquier cosa, reirme, sentir que hay otras mujeres en el mundo que también sufren. Gracias amigas!!!!! Ahora solo me queda prepararme para la rutina de la semana, no me puedo permitir tristezas con una hija que debe levantarse para ir al colegio.
6:15 a.m. suena el despertador. Todos los días me arranca de algún lugar lejano por donde se me ocurre deambular mientras duermo. Y debo volver. Ni un minuto más, menos siendo lunes porque la empleada llega tarde. Corro al baño con los ojos a medio abrir, todavía no logro enfocar bien. Me echo agua a la cara, me lavo los dientes. Regreso al cuarto para prender la lámpara y le pongo las medias a mi hija, todavía dormida. La despierto con besos y caricias. A veces se me ocurre contarle un cuento o hablarle del sueño que tuve. Despierte mi caracolita, le digo entre bostezos. Y ni yo sé de dónde sale ese nombre. Porque los caracoles son lentos ¿no mamá?, me dice, mientras se frota los ojos. Cuando logro ponerla en posición vertical, le quito la piyama en un segundo y le pongo el polo. Y siempre reniego porque el cuello es demasiado chico y debo forcejear para que entre la cabeza, mientras ella teme asfixiarse y lanza unos gemidos de desesperación. Felizmente ese pequeño trance no logra ponerla de mal humor. Se distrae rápido con la tele y corro a prepararle su leche. Si tengo suerte, cuando traigo la leche no se ha vuelto a acostar. La toma toda. Luego tengo que cargarla como bebé, su juego favorito desde hace varias semanas, para llevarla a hacer pichi. Ya en el baño aprovecho para lavarle los dientes. Tengo otro diente flojo mami, me dice ella. ¿Otro más? Anda más despacio hija, recién tienes cinco ¡y ya se te cayeron dos! Regresamos al cuarto por el calzón y el short. Le hago una cola de caballo bien abajo, como a ella le gusta, y dejándole el flequillo a la cachetada que me exige. Le pongo las zapatillas y corro a hacerle su lonchera (un sándwich que nunca termina, una cantimplora de agua y una mandarina). 6:45 apagamos la tele y tomamos el ascensor. 6:50 llega la movilidad y mi niña se va, último asiento de la combi, solita, con su mochila de Aurora. Pego mi cara en la luna polarizada del auto y le digo T E A M O en silencio. Ella pone su manito en la ventana y nos decimos adiós. Un día más.
Al día siguiente voy a la playa, y me despido de las olas, de la arena invasiva, del verano. Sigo triste. En la casa, me echo en posición fetal al lado de mi hija mientras ella ve Discovery y come sus tallarines con crema de leche que he preparado. Me acerco a ella para pedirle un beso, pero en la boca. ¡Ay qué rico!, le digo. Y ella me contesta, mami, ¿por qué me lo dices con tanta ternura? Porque en poco tiempo ya no nos vamos a poder dar besos en la boca. Cuando las hijas son grandes ya no les dan besos en la boca a sus mamis. Ella me mira con sus ojitos de amor y me sigue besando, una y otra vez, con más presión. Yo me derrito, y por un momento me olvido de mi pena. 8:30 p.m. apago las luces por el planeta y aprovecho para acostarla. Pienso que no me voy a levantar, pero lo hago. No suelen vencerme estos estados de ánimo. Llamo a mis amigas de la oficina para unirme a un plan de sábado por la noche. Me pongo un jean, un polo discotequero, taco aguja y salgo.
Somos tres chicas solas. Dos divorciadas y una casada que acaba de pasar por un trance complicado con el marido, hace poco descubrió una infidelidad que ya perdonó. Conversamos sin presiones, sin querer indagar más de lo que cada una quiere contar. Tranquilas, sin aspavientos. Hablamos del trabajo, de pequeñas experiencias personales. No es una noche de excesos. Yo tomo un pisco sour de granadilla y mandarina, solo uno, que no deja estragos. Al salir del lugar nos vamos a comer un sánguche a “La Rueda” y luego a pasearnos por el malecón de Miraflores con la música del Grupo Cinco a todo volumen. Ese es nuestro máximo desfogue de la noche. Abrimos las ventanas y, cuando pasamos al lado de algún grupo de chibolos que caminan por la calle, gritamos a voz en cuello. Como es de esperarse, los chicos se emocionan viendo a tres mujeres eufóricas en una camioneta roja (tranquilos, somos tías pero no roba cunas). Y nosotras nos reímos a carcajadas, viviendo nuestro momento de despecho a mil al ritmo de “Quién cura al corazón”, “Adiós amor”, “Te vas” y por supuesto, la infaltable, “A llorar a otra parte” de los hermanos Yaipén.
Llego a mi casa con otros ánimos. Más tranquila. No he recibido ningún consejo, tampoco lo quiero. Solo había necesitado estar entre amigas, hablar de cualquier cosa, reirme, sentir que hay otras mujeres en el mundo que también sufren. Gracias amigas!!!!! Ahora solo me queda prepararme para la rutina de la semana, no me puedo permitir tristezas con una hija que debe levantarse para ir al colegio.
6:15 a.m. suena el despertador. Todos los días me arranca de algún lugar lejano por donde se me ocurre deambular mientras duermo. Y debo volver. Ni un minuto más, menos siendo lunes porque la empleada llega tarde. Corro al baño con los ojos a medio abrir, todavía no logro enfocar bien. Me echo agua a la cara, me lavo los dientes. Regreso al cuarto para prender la lámpara y le pongo las medias a mi hija, todavía dormida. La despierto con besos y caricias. A veces se me ocurre contarle un cuento o hablarle del sueño que tuve. Despierte mi caracolita, le digo entre bostezos. Y ni yo sé de dónde sale ese nombre. Porque los caracoles son lentos ¿no mamá?, me dice, mientras se frota los ojos. Cuando logro ponerla en posición vertical, le quito la piyama en un segundo y le pongo el polo. Y siempre reniego porque el cuello es demasiado chico y debo forcejear para que entre la cabeza, mientras ella teme asfixiarse y lanza unos gemidos de desesperación. Felizmente ese pequeño trance no logra ponerla de mal humor. Se distrae rápido con la tele y corro a prepararle su leche. Si tengo suerte, cuando traigo la leche no se ha vuelto a acostar. La toma toda. Luego tengo que cargarla como bebé, su juego favorito desde hace varias semanas, para llevarla a hacer pichi. Ya en el baño aprovecho para lavarle los dientes. Tengo otro diente flojo mami, me dice ella. ¿Otro más? Anda más despacio hija, recién tienes cinco ¡y ya se te cayeron dos! Regresamos al cuarto por el calzón y el short. Le hago una cola de caballo bien abajo, como a ella le gusta, y dejándole el flequillo a la cachetada que me exige. Le pongo las zapatillas y corro a hacerle su lonchera (un sándwich que nunca termina, una cantimplora de agua y una mandarina). 6:45 apagamos la tele y tomamos el ascensor. 6:50 llega la movilidad y mi niña se va, último asiento de la combi, solita, con su mochila de Aurora. Pego mi cara en la luna polarizada del auto y le digo T E A M O en silencio. Ella pone su manito en la ventana y nos decimos adiós. Un día más.
jueves, 12 de marzo de 2009
Hasta que la vida nos separe
A volar, por BlancuchaDivorcio. Separación. Disolución. Es lo último que pensamos cuando decidimos casarnos, aunque la frase “hasta que la muerte nos separe” cada vez es menos legítima. La vida misma se encarga de separarnos de nuestras parejas, y no tenemos que morirnos para que ocurra, ni porque ocurra. Cásense los buenos, diría el Chapulín Colorado. Los buenos para pelar alcachofas y llegar a disfrutar el corazón sin clavarse las espinas.
El martes pasado mi ex esposo y yo llegamos a la municipalidad (gracias a esa bendita ley que nos ha hecho la vida más fácil) para firmar el divorcio. Así como Dios nos unió, ahora un Dios nos estaba separando, el registrador civil Luis Dioses. No pude más que lanzar una sonrisita a mi ex consorte cuando leí el nombre. Nuestro divorcio está bendecido, le dije.
El proceso fue muy simple. Dioses leyó el procedimiento sobre separación convencional y divorcio ulterior, se tropezó una y otra vez con nuestros nombres y mencionó el número de ley y el reglamento aprobado por Decreto Supremo, además del número de autorización que le permitía ejercer su cargo. Formalismos y protocolos que a mi ex y a mí nos causaban risa. Todo era muy rimbombante, incluida la sala que parecía de los caballeros de la mesa redonda.
También leyó el régimen de patria potestad, visitas, alimentos, tenencia y bienes. Parece mucho, pero lo que firmamos no tenía mayores detalles. Además, carecemos de bienes sujetos al régimen de sociedad gananciales, que en términos simples significa que durante el matrimonio no se nos ocurrió comprar ninguna casa, auto, yate, jet privado o viñedo. Si bien nunca ahorramos un centavo, nos ahorramos el pleito de la división de propiedades. Un alivio en medio de tanta burocracia.
Al final del papelito estampamos nuestras firmas y huellas digitales, y cuando al fin pensé que ya éramos libres, el Sr. Dioses nos anunció que en ocho días recibiríamos una notificación con la separación legal, que hay que inscribirla no sé dónde (se me hacen muy complicados todos los vericuetos legales) y luego debemos esperar dos meses más para recién solicitar el divorcio. Se supone que en esos dos meses tenemos la opción de arrepentirnos. Los Dioses estarían locos si permitieran aquel sacrilegio. Pecado mortal. Arrepentirnos del divorcio sería como arrepentirnos de tener una hija. Finalmente, se inscribe en Reniec y registros públicos y bingo. Ese día habrá que celebrar. Por lo pronto, no nos queda más que esperar y reflexionar acerca de aquel amor que termina en divorcio. El que vemos en los parques, en las canciones románticas, el de las telenovelas y el de la vida real. El que más te pega y más te quiere, el de los vacíos, las taquicardias y las mariposas en el estómago. El de la dependencia y el sentido de posesión. El amor que priva de la libertad. El que manda flores, compra chocolates y dice “te amo” por costumbre. El que exige, domina y siempre tiene expectativas. Nos han dicho que el amor es dar y recibir, pero cuando no llega aquella retribución que esperamos nos sentimos tremendamente infelices y abandonados. Lo que no se nos da no es necesario que llegue, me dice mi ex, el amor no es un negocio, no hay que pagar por amor.
El sentido de posesión es lo que nos lleva al matrimonio y a destruir nuestra individualidad, cuando lo que debería hacer el amor es realzarla. Por algo a los casados se les llama “esposos”, porque están esposados, porque pretendemos que la pareja sea nuestra y de nadie más. Queremos vernos todos los días hasta destruir el significado de extrañar. Soportar frustraciones ajenas, sueños postergados, cargar varias maletas de traumas que trae la pareja y sumarla a las nuestras. Tolerar manías y malos humores (en los dos sentidos del sustantivo). Tener que ganarnos a la familia política y convertirnos en verdaderos políticos para salvarnos de los estados de emergencia. Cumplir con un riguroso contrato de exclusividad sexual con la pareja. Estar obligados a compartir la cama, los tan manoseados y difamados controles remoto (que cada vez hay más), el ¡water! Dar explicaciones de nuestros horarios o antojos, sentirnos culpables por nuestros vicios o fumarnos y bebernos los vicios ajenos. Ser solidarios y también comer la pepa del rocoto cuando nuestro partner se quiso hacer el valiente. Y para las mujeres, cargar la barriga de los hijos, subir veintitantos kilos y soportar la ley de la gravedad en nuestros fabulosas y sexys glándulas mamarias (que nunca más serán fabulosas ni sexys si es que no recurrimos al cirujano). Y todo eso bajo la presión de llevar un buen matrimonio, como el de nuestros padres (los que quisieron hacernos creer que tuvieron uno bueno y fueron verdaderos mártires) o como el que no tuvieron nuestros padres. En ambos casos salimos perdiendo.
El matrimonio es para los valientes, para aquellos que saben por experiencia lo difícil que es el tango, pero aún así se lanzan a la pista de baile. Los que practican todos los días por tratar de acoplarse al cuerpo de su pareja. Los que encuentran el ritmo pisándose los pies. Los que se enredan y aún así se atreven a girar, siempre mirándose a los ojos. Aquellos que aprenden a hacer las pausas en el momento preciso, ajustar con fuerza y dominar la ansiedad. Los que juegan al cortejo, llevando y dejándose llevar. Los que aprenden a ser ligeros e intensos a la vez. El matrimonio es un verdadero show de destreza que pocos están preparados para asumir.
Bien decía Osho: la sociedad debería crear todas las barreras posibles para el matrimonio y ninguna barrera para el divorcio. Y la ley debería exigir a las parejas que convivan por lo menos dos años antes de firmar el papelito. Elegir a la mujer o al hombre de tu vida cuando no estamos lo suficientemente maduros es como querer elegir una carrera a los diecisiete años. Lo más probable es que nos equivoquemos. Y si es así, por qué aferrarnos a un amor muerto que alguna vez estuvo vivo. No seamos mendigos del amor. Así que, si estás divorciado o en proceso de divorcio, ¡bienvenido al club! Y acéptalo de una vez, con buena cara. Algo bueno está por suceder.
El martes pasado mi ex esposo y yo llegamos a la municipalidad (gracias a esa bendita ley que nos ha hecho la vida más fácil) para firmar el divorcio. Así como Dios nos unió, ahora un Dios nos estaba separando, el registrador civil Luis Dioses. No pude más que lanzar una sonrisita a mi ex consorte cuando leí el nombre. Nuestro divorcio está bendecido, le dije.
El proceso fue muy simple. Dioses leyó el procedimiento sobre separación convencional y divorcio ulterior, se tropezó una y otra vez con nuestros nombres y mencionó el número de ley y el reglamento aprobado por Decreto Supremo, además del número de autorización que le permitía ejercer su cargo. Formalismos y protocolos que a mi ex y a mí nos causaban risa. Todo era muy rimbombante, incluida la sala que parecía de los caballeros de la mesa redonda.
También leyó el régimen de patria potestad, visitas, alimentos, tenencia y bienes. Parece mucho, pero lo que firmamos no tenía mayores detalles. Además, carecemos de bienes sujetos al régimen de sociedad gananciales, que en términos simples significa que durante el matrimonio no se nos ocurrió comprar ninguna casa, auto, yate, jet privado o viñedo. Si bien nunca ahorramos un centavo, nos ahorramos el pleito de la división de propiedades. Un alivio en medio de tanta burocracia.
Al final del papelito estampamos nuestras firmas y huellas digitales, y cuando al fin pensé que ya éramos libres, el Sr. Dioses nos anunció que en ocho días recibiríamos una notificación con la separación legal, que hay que inscribirla no sé dónde (se me hacen muy complicados todos los vericuetos legales) y luego debemos esperar dos meses más para recién solicitar el divorcio. Se supone que en esos dos meses tenemos la opción de arrepentirnos. Los Dioses estarían locos si permitieran aquel sacrilegio. Pecado mortal. Arrepentirnos del divorcio sería como arrepentirnos de tener una hija. Finalmente, se inscribe en Reniec y registros públicos y bingo. Ese día habrá que celebrar. Por lo pronto, no nos queda más que esperar y reflexionar acerca de aquel amor que termina en divorcio. El que vemos en los parques, en las canciones románticas, el de las telenovelas y el de la vida real. El que más te pega y más te quiere, el de los vacíos, las taquicardias y las mariposas en el estómago. El de la dependencia y el sentido de posesión. El amor que priva de la libertad. El que manda flores, compra chocolates y dice “te amo” por costumbre. El que exige, domina y siempre tiene expectativas. Nos han dicho que el amor es dar y recibir, pero cuando no llega aquella retribución que esperamos nos sentimos tremendamente infelices y abandonados. Lo que no se nos da no es necesario que llegue, me dice mi ex, el amor no es un negocio, no hay que pagar por amor.
El sentido de posesión es lo que nos lleva al matrimonio y a destruir nuestra individualidad, cuando lo que debería hacer el amor es realzarla. Por algo a los casados se les llama “esposos”, porque están esposados, porque pretendemos que la pareja sea nuestra y de nadie más. Queremos vernos todos los días hasta destruir el significado de extrañar. Soportar frustraciones ajenas, sueños postergados, cargar varias maletas de traumas que trae la pareja y sumarla a las nuestras. Tolerar manías y malos humores (en los dos sentidos del sustantivo). Tener que ganarnos a la familia política y convertirnos en verdaderos políticos para salvarnos de los estados de emergencia. Cumplir con un riguroso contrato de exclusividad sexual con la pareja. Estar obligados a compartir la cama, los tan manoseados y difamados controles remoto (que cada vez hay más), el ¡water! Dar explicaciones de nuestros horarios o antojos, sentirnos culpables por nuestros vicios o fumarnos y bebernos los vicios ajenos. Ser solidarios y también comer la pepa del rocoto cuando nuestro partner se quiso hacer el valiente. Y para las mujeres, cargar la barriga de los hijos, subir veintitantos kilos y soportar la ley de la gravedad en nuestros fabulosas y sexys glándulas mamarias (que nunca más serán fabulosas ni sexys si es que no recurrimos al cirujano). Y todo eso bajo la presión de llevar un buen matrimonio, como el de nuestros padres (los que quisieron hacernos creer que tuvieron uno bueno y fueron verdaderos mártires) o como el que no tuvieron nuestros padres. En ambos casos salimos perdiendo.
El matrimonio es para los valientes, para aquellos que saben por experiencia lo difícil que es el tango, pero aún así se lanzan a la pista de baile. Los que practican todos los días por tratar de acoplarse al cuerpo de su pareja. Los que encuentran el ritmo pisándose los pies. Los que se enredan y aún así se atreven a girar, siempre mirándose a los ojos. Aquellos que aprenden a hacer las pausas en el momento preciso, ajustar con fuerza y dominar la ansiedad. Los que juegan al cortejo, llevando y dejándose llevar. Los que aprenden a ser ligeros e intensos a la vez. El matrimonio es un verdadero show de destreza que pocos están preparados para asumir.
Bien decía Osho: la sociedad debería crear todas las barreras posibles para el matrimonio y ninguna barrera para el divorcio. Y la ley debería exigir a las parejas que convivan por lo menos dos años antes de firmar el papelito. Elegir a la mujer o al hombre de tu vida cuando no estamos lo suficientemente maduros es como querer elegir una carrera a los diecisiete años. Lo más probable es que nos equivoquemos. Y si es así, por qué aferrarnos a un amor muerto que alguna vez estuvo vivo. No seamos mendigos del amor. Así que, si estás divorciado o en proceso de divorcio, ¡bienvenido al club! Y acéptalo de una vez, con buena cara. Algo bueno está por suceder.
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