domingo, 19 de abril de 2009

Acto de magia


Damas y caballeros, niños y niñas, les presento a uno de los magos más aclamados de todos los tiempos, que realiza un truco inigualable, totalmente fuera de este mundo, un acto de desaparición nunca antes visto. Coooooon ustedes, el mago Taaaaaaabini!!!!!!!

—Mami, ¿el mago puede desaparecer a una persona?
—No hijita, es sólo un truco, aunque a veces la gente desaparece de verdad.
—Como el niño Goyito ¿no? El sí hacía magia mami, ¿te acuerdas cómo llenaba la piscina?
—Sí hija, pero ese también era un truco.
—¿Si? —dijo, abriendo mucho los ojos— ¿y cómo lo hacía?
—Es que yo era su asistente pues, cuando tú te distraías, yo echaba un balde de agua a la piscina para hacerte creer que Goyito tenía poderes mágicos.
—Aaaa, dijo con carita de decepción.
—Perdona por mentirte, era solo un juego.
—¿Y a dónde se fue el niño Goyito mami?
—De viaje.
—Se tuvo que ir o se quiso ir.
—Se tuvo que ir, por trabajo. Pero me llamó especialmente para decirme que te quiere mucho, que te manda un beso y que le dio mucha pena no poder despedirse de ti (le sigo mintiendo).

Ya ven amigos, esto es insólito, nadie lo puede creer, adónde se fue el valiente voluntario. ¿A la luna? ¿Al espacio sideral?

—¡A Argentina!, gritó mi hija (no sé por qué está obsesionada con el país gaucho). El niño Goyito está en Argentina ¿no mamá?
—Sí, y se va a quedar ahí por muuuuucho tiempo.

De regreso a casa, mi hija me pidió un mago para su fiesta de cumpleaños.

—Mami, pero yo no quiero que el mago haga desaparecer a nadie, lo que me gustaría es que haga aparecer al alguien. ¡Sería genial!
—Sí ¿no? pero tendría que traernos a alguien que queramos mucho. Ay, mejor contrato al mago para mí.
—¡Noooooo mamá! El mago es por mi santo, no por el tuyo, tienes que esperar tu turno!!!!!
—Sí hija, tienes razón, ahora no es el momento. Qué te parece si hacemos un acto de magia para irnos a dormir. Vamos a cerrar los ojos para entrar al mundo del mago Tabini. No, mejor no, basta de ser tabas —digo entre dientes—, mejor entramos al mundo de la maga ¡Mayini!
—¿Y que hay en ese mundo?
— El TLC de la Maya amor: Tiempo para ti y para mí, Libertad y mucha Creatividad.

domingo, 12 de abril de 2009

Resucitando

Simplemente amigas

Debo reinvindicarme, o mejor dicho, expresarme mejor. La palabra comunicación ha sido una de las protagonistas de mi vocabulario durante este último tiempo, por temas personales y laborales, y sin embargo yo, que me las doy de “dueña de la palabra”, he pecado de error u omisión. Es que cuando uno está ofuscado o dolido no suele ser del todo cauto.
Una de mis amigas se ofendió por mi post “A llorar a otra parte”, no comparte mi opinión acerca de la amistad. Y debo aclarar mi punto de vista. No es que no valore la amistad. Claro que sí. Lo que ocurre es que suelo ser muy realista y eso a veces suena como anti-sentimental. Todas tenemos hijos, esposos, relaciones, trabajos. Obligaciones que nos hacen encerrarnos en nuestros mundos y que muchas veces no nos permiten estar presentes en los momentos en los que las amigas nos necesitan. No siempre somos las mujeres perfectas que nos multiplicamos para estar en todas partes, aunque a veces lo logramos como buenas brujas que somos. Tanto ruido hace que se nos atrofie la audición y no escuchamos los llamados de auxilio. Pero hay que aguzar el oído. Si una amiga que nunca pide ayuda lo hace, es porque algo debe andar mal ¿no? ¿O es que la Maya es muy fuerte y no necesita a nadie? Seguro es lo que proyecto, pero no amigas, yo también tengo mi corazoncito. Y para demostrarlo puedo enseñarles mi mano derecha. Este fin de semana me quemé con el horno y tengo una marca en forma del favorito de cupido. ¿Lo pueden creer? Eso me pasa por jugar con fuego y con mi bobo. Bien dice mi hermana: deja tranquilo a tu corazón, basta ya, entrega tu cuerpo pero no tu corazón.

Con respecto a que necesitaba a “cualquier amiga”, “a la que sea”, eso tampoco debe ofenderlas my darlings. Aunque suene clichesísimo, cada una es especial y diferente y si las considero mis amigas es porque las quiero a todas. Cualquiera de ustedes hubiera podido ayudarme solo con su compañía. Las acepto como son queridas amigas, con sus virtudes y defectos, con sus desaparecidas y lejanías. Entre nosotras hemos compartido una vida de encuentros y desencuentros, de alegrías, tristezas y decepciones. Hemos sido oidoras, consejeras, abogadas y chismosas. Hemos celebrado juntas los matrimonios, nacimientos y divorcios, y nos hemos cambiado de piel cada vez que alguna de nosotras hablaba de sus problemas, tanto que podemos decir que tenemos 100 años de experiencia. Además, ustedes han aguantado bastante a esta Maya, a veces malgeniada, histérica, criticona y demasiado directa.
Lo bueno de todo esto es que después de mi berrinche virtual me he reencontrado con dos buenas amigas que no veía hace tiempo. Ya ven, de algo sirve hablar. También se pronunció la Chimo, me acogió durante la semana santa en la preciosa casa de playa de su novio. Una delicia, a toda hora. Echarme en la terraza muy temprano en la mañana, viendo la furia del mal mezclada con la bruma. Sentir el calor del sol al medio día y ver el mar ilusoriamente azul. Enamorarme del sunset que teñía el cielo de color rosa.

Esta mañana me acordé de uno de los mejores capítulos de Dr. House, en el que el ojiazul opera a un feto dentro del vientre de su madre y éste le toma el dedo. El no apostaba por la vida y la vida lo estaba cogiendo de la mano para darle una lección. Tuvo que ser tocado por un feto vivo para darse cuenta de que estaba equivocado. No era un parásito que estaba matando a la madre, no debía dejarlo morir para salvarla a ella, debía hacer todo lo humanamente posible para salvarlos a los dos. Recuerdo que esa escena conmovedora me arrancó las lágrimas (cosa fácil, debo confesar) y para acallarlas, el guapo House pone el parche rapidito y dice: olvidé grabar la película de Alien. Tan antipático, siempre quitándole la emoción a los momentos estremecedores. Pero era evidente que estaba conmovido, igual que todos nosotros, los espectadores que tanto ansiamos sacarle un poco de humanidad a este cínico doctor. Pero lo que quiero decir es que la vida, en su manifestación más pura, le dio una lección a Dr. House, así como nos da lecciones a nosotros.
No seas tan dura contigo misma, me dijo mi jefa el otro día, permítete equivocarte. Sabias palabras.
Felizmente hoy es domingo de resurrección.

viernes, 3 de abril de 2009

Recuérdate a ti mismo

Marineritos by Blancucha
Qué pasa cuando te compras un rico capuccino de máquina para tu desayuno, como algo especial, y lo acompañas con un ciabata con jamón y queso. Qué pasa cuando lo estás disfrutando frente a tu computadora, mientras revisas tu correo, y te encuentras con un mail bomba. El pan se te atraganta. El café te da náuseas. Lo dejas todo a un lado y no puedes controlar el temblor de tus manos. Sientes frío, se te baja la presión. La piel pálida, los labios morados, las piernas débiles. Todo tu cuerpo se descompone de un minuto a otro, se te llenan los ojos de lágrimas y justo se te acerca una compañera de trabajo para preguntarte algo acerca de la presentación del medio día. No puedes controlarte, rompes en llanto. Pero no en el llanto típico de oficina, chiquito, de costado, guardadito nomás. No. Es un llanto ahogado, que sube del diafragma al corazón y se estremece en los hombros. Ella te abraza, sabe lo que sientes, ha pasado muchas veces por eso. Te dice que mejor te vayas a tu casa pero eso no resuelve nada. A las 11:00 tienes que tener listo un texto para que el presidente de la compañía lo apruebe. No puedes pensar, buscas la información que necesitas, juntas de aquí y de allá, y lo curioso es que el texto se arma solito, como por arte de magia, como si tu otra yo te estuviera reemplazando o dictando las cosas al oído, como si tu ángel guardián lo hiciera por ti. Tal vez es tu abuelita. Ella ha estado apareciendo en tus sueños, tratando de decirte algo que no lograbas entender, aún no era el momento. Finalmente lo terminas entre lágrimas, ya más pausadas, de tristeza, cólera y decepción. Y te pones a pensar en el sentimiento que predomina en ti, la decepción.
Según la Real Academia, la decepción es un pesar causado por un desengaño. Y el desengaño es el conocimiento de la verdad, con que se sale del engaño o error en que se estaba. ¿Es que no somos capaces de detectar lo que hay dentro de las personas? Sí somos capaces pero a veces queremos negarlo para que no nos duela, y lo cubrimos con una manta. Lo irónico es que cuando esa manta cae, porque no puede sostenerse ahí por mucho tiempo, nos duele más. En cuanto al gestor del desengaño, éste suele generarlo sin querer. También sabía algo en el fondo de su corazón y tampoco lo quiso ver por el mismo motivo. No ha querido engañarte, sencillamente ha hecho lo que mejor ha podido hacer. No hay culpables, hay responsables. La responsabilidad es la habilidad de responder. Cuando la manta se cae tienes que tener el valor de enfrentar lo que finalmente ves. Sea bueno o malo, placentero o doloroso, bonito o feo. Tú has puesto la manta, recógela y déjala en su lugar. Responde con valor, con dignidad y no te quedarás con pendientes. Da la cara, mira a los ojos y déjate mirar. Desgárrate si es necesario, entrégate a ti mismo y utiliza tu quinto chakra para hablar, para verbalizar todo aquel remolino de emociones que no te deja en paz, en tus sueños, en el trabajo. Aunque no sepas qué decir, aunque se te enrede la lengua. Y si es necesario, toma distancia para sosegarte y retoma tu discurso cuando te sientas listo. No basta escribir, hace falta hablar. El hablar te permite entender y descubrir cosas que muchas veces no tenías idea que estaban dentro de ti. Algo de razón tienen los católicos cuando se confiensan. El sentido de la confesión es que hables de lo que te aqueja. Al expresarlo lo expulsas y finalmente te redimes a través de la palabra.
Cuando empieces una novela termínala, no te llenes de capítulos inconclusos, no guardes un material que te mirará desde el cajón durante toda tu vida, haciéndote sentir que tienes un pendiente. Los pendientes te destruyen.

Gurdjieff dijo: recuérdate a ti mismo. Significa que si sufres logres separarte de ti y observarte desde afuera, como un espectador a una película. Cuando tomas distancia del dolor lo ves como algo ajeno a ti. Te ves a ti mismo llorando pero te das cuenta de que nada es tan grave como parece. Obsérvalo como un sueño. Ese es el mejor consejo que he recibido esta semana, y qué curioso, me lo dio mi ex esposo.

J, tu dolor está saldado. Estamos a mano.
pd: punto aparte, mi texto fue aprobado!!!! Nada derrumba a la Maya, salud!!!!!

domingo, 29 de marzo de 2009

A llorar a otra parte

The writer by Blancucha


Muy pocas veces abro los mails cadena. Casi nunca. Pero cuando lo envía una amiga especial, que normalmente no manda ese tipo de correos, no me queda más que abrirlo. Y lo que encuentro es uno de aquellos power point azucarados, repetitivos e incómodos de leer (aparecen las letras de una a una y no hay forma de leerlo rápido!). El tema, las amigas. Y yo lo leo con cierto escepticismo. Es verdad que las amigas son importantes, pero ¿no es para tanto no? Tampoco son las mujeres maravillas que pintan esas páginas. Estoy de acuerdo en valorarlas, pero ese mail me parece una exageración, y lo confirmo cuando, justo al día siguiente de leerlo, necesito urgentemente a una amiga, a la que sea, y ninguna está disponible. Termino saliendo sola. Voy al cine a ver “Women” (Todo sobre las mujeres en castellano). Una película mala, pero alentadora y con una visión positiva, que logra arrancarme unas cuantas risas.
Al día siguiente voy a la playa, y me despido de las olas, de la arena invasiva, del verano. Sigo triste. En la casa, me echo en posición fetal al lado de mi hija mientras ella ve Discovery y come sus tallarines con crema de leche que he preparado. Me acerco a ella para pedirle un beso, pero en la boca. ¡Ay qué rico!, le digo. Y ella me contesta, mami, ¿por qué me lo dices con tanta ternura? Porque en poco tiempo ya no nos vamos a poder dar besos en la boca. Cuando las hijas son grandes ya no les dan besos en la boca a sus mamis. Ella me mira con sus ojitos de amor y me sigue besando, una y otra vez, con más presión. Yo me derrito, y por un momento me olvido de mi pena. 8:30 p.m. apago las luces por el planeta y aprovecho para acostarla. Pienso que no me voy a levantar, pero lo hago. No suelen vencerme estos estados de ánimo. Llamo a mis amigas de la oficina para unirme a un plan de sábado por la noche. Me pongo un jean, un polo discotequero, taco aguja y salgo.

Somos tres chicas solas. Dos divorciadas y una casada que acaba de pasar por un trance complicado con el marido, hace poco descubrió una infidelidad que ya perdonó. Conversamos sin presiones, sin querer indagar más de lo que cada una quiere contar. Tranquilas, sin aspavientos. Hablamos del trabajo, de pequeñas experiencias personales. No es una noche de excesos. Yo tomo un pisco sour de granadilla y mandarina, solo uno, que no deja estragos. Al salir del lugar nos vamos a comer un sánguche a “La Rueda” y luego a pasearnos por el malecón de Miraflores con la música del Grupo Cinco a todo volumen. Ese es nuestro máximo desfogue de la noche. Abrimos las ventanas y, cuando pasamos al lado de algún grupo de chibolos que caminan por la calle, gritamos a voz en cuello. Como es de esperarse, los chicos se emocionan viendo a tres mujeres eufóricas en una camioneta roja (tranquilos, somos tías pero no roba cunas). Y nosotras nos reímos a carcajadas, viviendo nuestro momento de despecho a mil al ritmo de “Quién cura al corazón”, “Adiós amor”, “Te vas” y por supuesto, la infaltable, “A llorar a otra parte” de los hermanos Yaipén.
Llego a mi casa con otros ánimos. Más tranquila. No he recibido ningún consejo, tampoco lo quiero. Solo había necesitado estar entre amigas, hablar de cualquier cosa, reirme, sentir que hay otras mujeres en el mundo que también sufren. Gracias amigas!!!!! Ahora solo me queda prepararme para la rutina de la semana, no me puedo permitir tristezas con una hija que debe levantarse para ir al colegio.

6:15 a.m. suena el despertador. Todos los días me arranca de algún lugar lejano por donde se me ocurre deambular mientras duermo. Y debo volver. Ni un minuto más, menos siendo lunes porque la empleada llega tarde. Corro al baño con los ojos a medio abrir, todavía no logro enfocar bien. Me echo agua a la cara, me lavo los dientes. Regreso al cuarto para prender la lámpara y le pongo las medias a mi hija, todavía dormida. La despierto con besos y caricias. A veces se me ocurre contarle un cuento o hablarle del sueño que tuve. Despierte mi caracolita, le digo entre bostezos. Y ni yo sé de dónde sale ese nombre. Porque los caracoles son lentos ¿no mamá?, me dice, mientras se frota los ojos. Cuando logro ponerla en posición vertical, le quito la piyama en un segundo y le pongo el polo. Y siempre reniego porque el cuello es demasiado chico y debo forcejear para que entre la cabeza, mientras ella teme asfixiarse y lanza unos gemidos de desesperación. Felizmente ese pequeño trance no logra ponerla de mal humor. Se distrae rápido con la tele y corro a prepararle su leche. Si tengo suerte, cuando traigo la leche no se ha vuelto a acostar. La toma toda. Luego tengo que cargarla como bebé, su juego favorito desde hace varias semanas, para llevarla a hacer pichi. Ya en el baño aprovecho para lavarle los dientes. Tengo otro diente flojo mami, me dice ella. ¿Otro más? Anda más despacio hija, recién tienes cinco ¡y ya se te cayeron dos! Regresamos al cuarto por el calzón y el short. Le hago una cola de caballo bien abajo, como a ella le gusta, y dejándole el flequillo a la cachetada que me exige. Le pongo las zapatillas y corro a hacerle su lonchera (un sándwich que nunca termina, una cantimplora de agua y una mandarina). 6:45 apagamos la tele y tomamos el ascensor. 6:50 llega la movilidad y mi niña se va, último asiento de la combi, solita, con su mochila de Aurora. Pego mi cara en la luna polarizada del auto y le digo T E A M O en silencio. Ella pone su manito en la ventana y nos decimos adiós. Un día más.

jueves, 12 de marzo de 2009

Hasta que la vida nos separe

A volar, por Blancucha

Divorcio. Separación. Disolución. Es lo último que pensamos cuando decidimos casarnos, aunque la frase “hasta que la muerte nos separe” cada vez es menos legítima. La vida misma se encarga de separarnos de nuestras parejas, y no tenemos que morirnos para que ocurra, ni porque ocurra. Cásense los buenos, diría el Chapulín Colorado. Los buenos para pelar alcachofas y llegar a disfrutar el corazón sin clavarse las espinas.

El martes pasado mi ex esposo y yo llegamos a la municipalidad (gracias a esa bendita ley que nos ha hecho la vida más fácil) para firmar el divorcio. Así como Dios nos unió, ahora un Dios nos estaba separando, el registrador civil Luis Dioses. No pude más que lanzar una sonrisita a mi ex consorte cuando leí el nombre. Nuestro divorcio está bendecido, le dije.
El proceso fue muy simple. Dioses leyó el procedimiento sobre separación convencional y divorcio ulterior, se tropezó una y otra vez con nuestros nombres y mencionó el número de ley y el reglamento aprobado por Decreto Supremo, además del número de autorización que le permitía ejercer su cargo. Formalismos y protocolos que a mi ex y a mí nos causaban risa. Todo era muy rimbombante, incluida la sala que parecía de los caballeros de la mesa redonda.
También leyó el régimen de patria potestad, visitas, alimentos, tenencia y bienes. Parece mucho, pero lo que firmamos no tenía mayores detalles. Además, carecemos de bienes sujetos al régimen de sociedad gananciales, que en términos simples significa que durante el matrimonio no se nos ocurrió comprar ninguna casa, auto, yate, jet privado o viñedo. Si bien nunca ahorramos un centavo, nos ahorramos el pleito de la división de propiedades. Un alivio en medio de tanta burocracia.

Al final del papelito estampamos nuestras firmas y huellas digitales, y cuando al fin pensé que ya éramos libres, el Sr. Dioses nos anunció que en ocho días recibiríamos una notificación con la separación legal, que hay que inscribirla no sé dónde (se me hacen muy complicados todos los vericuetos legales) y luego debemos esperar dos meses más para recién solicitar el divorcio. Se supone que en esos dos meses tenemos la opción de arrepentirnos. Los Dioses estarían locos si permitieran aquel sacrilegio. Pecado mortal. Arrepentirnos del divorcio sería como arrepentirnos de tener una hija. Finalmente, se inscribe en Reniec y registros públicos y bingo. Ese día habrá que celebrar. Por lo pronto, no nos queda más que esperar y reflexionar acerca de aquel amor que termina en divorcio. El que vemos en los parques, en las canciones románticas, el de las telenovelas y el de la vida real. El que más te pega y más te quiere, el de los vacíos, las taquicardias y las mariposas en el estómago. El de la dependencia y el sentido de posesión. El amor que priva de la libertad. El que manda flores, compra chocolates y dice “te amo” por costumbre. El que exige, domina y siempre tiene expectativas. Nos han dicho que el amor es dar y recibir, pero cuando no llega aquella retribución que esperamos nos sentimos tremendamente infelices y abandonados. Lo que no se nos da no es necesario que llegue, me dice mi ex, el amor no es un negocio, no hay que pagar por amor.

El sentido de posesión es lo que nos lleva al matrimonio y a destruir nuestra individualidad, cuando lo que debería hacer el amor es realzarla. Por algo a los casados se les llama “esposos”, porque están esposados, porque pretendemos que la pareja sea nuestra y de nadie más. Queremos vernos todos los días hasta destruir el significado de extrañar. Soportar frustraciones ajenas, sueños postergados, cargar varias maletas de traumas que trae la pareja y sumarla a las nuestras. Tolerar manías y malos humores (en los dos sentidos del sustantivo). Tener que ganarnos a la familia política y convertirnos en verdaderos políticos para salvarnos de los estados de emergencia. Cumplir con un riguroso contrato de exclusividad sexual con la pareja. Estar obligados a compartir la cama, los tan manoseados y difamados controles remoto (que cada vez hay más), el ¡water! Dar explicaciones de nuestros horarios o antojos, sentirnos culpables por nuestros vicios o fumarnos y bebernos los vicios ajenos. Ser solidarios y también comer la pepa del rocoto cuando nuestro partner se quiso hacer el valiente. Y para las mujeres, cargar la barriga de los hijos, subir veintitantos kilos y soportar la ley de la gravedad en nuestros fabulosas y sexys glándulas mamarias (que nunca más serán fabulosas ni sexys si es que no recurrimos al cirujano). Y todo eso bajo la presión de llevar un buen matrimonio, como el de nuestros padres (los que quisieron hacernos creer que tuvieron uno bueno y fueron verdaderos mártires) o como el que no tuvieron nuestros padres. En ambos casos salimos perdiendo.
El matrimonio es para los valientes, para aquellos que saben por experiencia lo difícil que es el tango, pero aún así se lanzan a la pista de baile. Los que practican todos los días por tratar de acoplarse al cuerpo de su pareja. Los que encuentran el ritmo pisándose los pies. Los que se enredan y aún así se atreven a girar, siempre mirándose a los ojos. Aquellos que aprenden a hacer las pausas en el momento preciso, ajustar con fuerza y dominar la ansiedad. Los que juegan al cortejo, llevando y dejándose llevar. Los que aprenden a ser ligeros e intensos a la vez. El matrimonio es un verdadero show de destreza que pocos están preparados para asumir.
Bien decía Osho: la sociedad debería crear todas las barreras posibles para el matrimonio y ninguna barrera para el divorcio. Y la ley debería exigir a las parejas que convivan por lo menos dos años antes de firmar el papelito. Elegir a la mujer o al hombre de tu vida cuando no estamos lo suficientemente maduros es como querer elegir una carrera a los diecisiete años. Lo más probable es que nos equivoquemos. Y si es así, por qué aferrarnos a un amor muerto que alguna vez estuvo vivo. No seamos mendigos del amor. Así que, si estás divorciado o en proceso de divorcio, ¡bienvenido al club! Y acéptalo de una vez, con buena cara. Algo bueno está por suceder.



miércoles, 25 de febrero de 2009

Triste pero feliz

Rainy day by Blancucha

Hoy salí de la oficina antes de lo previsto. Recogí a mi hija para llevarla al doc. Estaba con fiebre. Salió con su casaca rosada y su culebra de colores, Alfonsina, colgada como bufanda. Sus ojitos dormidos estaban más tristes que nunca, con un halo rosa encendido alrededor de los párpados que acentuaba sus ojeras.
Me esperaba la rutina de siempre. Subir al taxi, hacer las colas del seguro, pagar en caja, esperar a que nos atiendan, comprar en la farmacia los medicamentos. Cada vez que llego del doctor termino agotada. Pero hoy no quería rendirme e hice mi sesión de ejercicios, comenzando con mi leg magic (ese aparatito que venden en Telemercado para convertirte en la Dolly Parton de las piernas). Luego recibí una llamada cordial de mi ex esposo (estamos con una racha de buenos tratos, debe ser que la firma del divorcio se avecina), mientras forraba los cuadernos para el colegio y armaba la caja de útiles. Y, finalmente, caí rendida en la cama.
Tanto cansancio me impedía conciliar el sueño. Estaba triste. ¿Sería por ver a mi hija enferma? ¿Los nervios de enfrentar la etapa escolar? ¿O quizá el divorcio? Cuando hablo con cariño con mi ex siento mucha pena por los dos. Me acuerdo que alguna vez estuvimos enamorados. Sin duda, esa tristeza era una mezcla de todo, sumado al reencuentro de anoche con dos amigas de la infancia.

La imagen de Xime aparecía una y otra vez. Éramos las tres mosqueteras —como en la película Quisiera ser millonario que vi el domingo, antes del Oscar—. Xime, Lucy y yo. Y las tres nos hemos vuelto a encontrar después de veinte años. Xime acaba de regresar de viaje y a Lucy la ubiqué hace poco por el Facebook. Las tres igualitas. Pero Xime, ella fue la que más me impactó. Estaba regia: flaquita, rubia y lacia, con siliconas y una nariz más estilizada, pidiendo a gritos el dato de un doctor que ponga botox. ¡Y qué fue de nuestras vidas! Xime tiene una hija de 14 y una historia de película, que si la cuento nadie la creería. Lucy sigue siendo virgen y su sueño es tener un hijo, piensa adoptar uno. Y yo, bueno, eso ya lo saben.

Lucy llegó con un vino rosé, tan dulce que parecía de misa. Xime abrió una botella de ron. No way, no había forma de que yo tomara nada de eso. Así que opté por la abstinencia. Luego, Xime encendió un pito de marihuana, bajo la mirada vigilante y recelosa de Lucy, y nos puso al día acerca de su vida de adicciones. Mientras tanto, en los cortes comerciales de la novela negra de Xime, Lucy indagaba acerca de mi vida amorosa y me hacía preguntas tan básicas como qué es estar enamorada o cuál es la diferencia de tener sexo con y sin amor. Una ternura. Me había reencontrado con mis dos amigas de la chiquititud y las dos me enternecían con sus relatos. Una porque había sufrido demasiado, la otra porque le aguardaba el sufrimiento.

—Estoy enamorada, me quiero casar con mi gringo— dijo Xime, mientras escuchábamos una musiquita chillona que surgía de algún rincón del sillón.

—No, ahora no puedo, estoy con unas amigas, llámame más tarde.

—¿Quién es, el galán?
—No, es el pata con el que estoy saliendo.
—¿Otro?
—Sí carajo, es que te juro que no sé cómo apareció en mi vida.
—Ya te lo tiraste.
—Sí.
—¿Y? ¿Qué tal? —dije con curiosidad, aunque sabía que esa no era la pregunta correcta, aún—.
—Bien, pero es un huevón.
—¿Qué edad tiene?
—42.
—Casado.
—Pero no vive con la mujer, hace tiempo están separados.
—Eso dice. ¿Y por qué le sacas la vuelta a tu novio si estás enamorada? —dije al fin—.
—Porque está lejos pues. Yo no puedo estar sola, pero la semana que viene llega mi gringo.
—¿Y que tal con tu novio? ¿De verdad lo quieres?
—Sí, somos igualitos, nos entendemos a la perfección. Ahorita está en limpia. La última vez que recayó le vino un ataque bravazo y tuve que ir a ayudarlo. Y hace poco, cuando me excedí con las pastillas porque estaba deprimida y quería dormir, lo llamé voladaza, no sé cómo, y vino al toque a cuidarme. Hasta me preparó mi sopita.
—¿Qué es lo que más quieres en la vida Xime?
—Quiero tener una familia, casarme.
—¿Y crees que él es el hombre indicado?
—Nada me lo asegura pero ¿todas las relaciones son un riesgo no? La última vez que nos peleamos y nos reconciliamos fui a su casa e hicimos el amor. ¿Y sabes lo que vi cuando me levanté? ¡Un montón de huellas de manos en el espejo de su clóset! Había tenido una orgía la noche anterior huevona.
—¿Qué? ¿Y lo perdonaste?
—Me hice la ofendida pues, tampoco se la voy a hacer fácil, pero en realidad, fue una noche loca nada más. Yo he hecho tantas cosas que la verdad lo entiendo. Cuando me sacan la vuelta siento que me lo merezco. ¿Acá se paga todo no? Además, es hombre. Qué le puedo decir si estamos lejos, ¿el hombre tiene deseos no? Ellas son un bacilón, él no las ama como a mí.
—La diferencia es que si él se entera que tú le sacas la vuelta seguro te mata.
—¡Imagínate! Ni cagando huevona, ¡se muere! —dijo, abriendo los ojos y soltando una carcajada. ¿Y tú en qué andas ah? Me estás interrogando como si fueras a escribir una novela de mí carajo.
—Sí, me falta la grabadora nomás —dije entre risas—. Yo estoy bien sola, las relaciones son muy complicadas, prefiero pasarla bien de vez en cuando, libre y sin ataduras.
—Que sabia mi amiga carajo, ¿pero de verdad se puede hacer eso? ¿Estar sola y pasarla bien?
—Si, pero hay que poner al día a esta chiquita porque se nos va a oxidar —dije, señalando a la tercera mosquetera que no había abierto la boca en toda la noche— ¿Qué dices Lucy? ¡Di algo por Dios!
—Qué quieren que diga, estoy muy entretenida escuchándolas. Lo único que me queda es citar a Zavalita y preguntarles: ¿en qué momento se jodió el Perú?

jueves, 22 de enero de 2009

Siempre conmigo

Haciéndole un cariño al abuelo en el estadio

Abuelita, mándame un taxi rápido ¿si? Eso te dije la mañana de tu despedida. No terminé de pronunciar las palabras cuando apareció uno. Salí apurada, sin maquillaje, y en el carro tuve que sacar mis pinturas para estar presentable. No podía aparecerme con la cara lavada. Ni hablar. Tú siempre fuiste tan coqueta, bellísima, y para tus ojos yo siempre estaba linda. Yo era para ti la flaca, pero hace tiempo dejé de serlo abue. Aún así, tu mirada hacia mí siempre fue de dulzura y admiración. ¿Quién es esa chica tan linda?, le decías a mi mami cuando te fallaba la memoria. ¡Es tu nieta!, te contestaba ella entre risas.

El taxi me llevó al ritmo de cumbia y pensé que estaba bien despedirte con aquellas letras en las que se muere de amor. Siempre fuiste una rompecorazones. Aunque hubiera preferido escuchar a tu Gardel querido y amenizar con tango tu partida. Lo bueno es que llegué a tiempo y volví a verte, echadita con el rosario entre los dedos. Era como si quisiera retenerte con los ojos. Me hubiera podido quedar mirándote por horas, pero ya no estabas ahí, era inútil. Aún así, me acercaba una y otra vez al féretro para volver a mirarte, maravillándome con tu carita sin arrugas, a tus 88 años.

Sé que te gustó la misa. ¿Escuchaste el canto de los pájaros? Silbaron, igualito a cuando te paseabas cantarina por toda la casa. Y el coro te hizo un homenaje cuando cantó cómo no creer en Dios. Me sorprendió escucharla, fue como si lo hubieras pedido. ¿Te acuerdas cuando me llevabas a misa? Siempre decías que adorabas esa canción y la tarareabas mientras me tenías cogida del brazo.
Pero el broche de oro fue la canción del final, que llegó para arrancarnos las lágrimas, por si a alguno se le ocurría ser valiente y resistirse a la pena de no volver a verte. Como quisera, ay / que tu vivieras / que tus ojitos jamas se hubieran / cerrado nunca y estar mirándolos.

Cuando todo terminó y llegamos a casa, entré a tu cuarto para buscar entre tus recuerdos. Me emocionó encontrar las cartas que te escribí cuando era niña, y mis dientes de leche. No tenía idea que los tenías guardados. Me encantó tu cuaderno de poemas y algunas cartas de tus enamorados. Hace unos años, cuando te pusiste mal, uno de ellos te llamó desde Italia, ¿te acuerdas? No lo veías hacía cincuenta años ¡pero se seguía acordando de ti mujer! ¿A cuántos les rompiste el corazón? Ya veo de dónde me sale lo veleta y enamoradiza. Dejaste a varios muertos de amor cuando te casaste con mi abuelo. La carta que más me impactó fue una que, en vez de decir el clásico te amo, decía, yo te admiro. Y cómo no admirarte abuelita, eras una mujer intensa, apasionada, toda una artista. Además de valiente, atrevida y luchadora. Te casaste en la treintena —ya eras recontra solterona para la época— y te atreviste a enfrentar a tu hermano mayor para defender a una de tus hermanas de un matrimonio arreglado. Amabas la libertad, eras caritativa y generosa. Nunca te olvidaste de tu hermano enfermo. Lo ibas a visitar todas las semanas (lo recuerdo clarito porque odiaba acompañarte) y siempre le llevabas algo de comer y le hablabas al oído. Fuiste la única que jamás se olvidó de él. Y a nuestro querido Rómulo, el jardinero ciego y sordo (no entendíamos cómo tomaba los micros y llegaba a casa) nunca le faltó un plato de comida bien servido y un trabajo que le dejabas hacer por caridad, solo porque lo hacía sentir vivo.




Trabajaste tanto abuelita, durante toda tu vida. A la par que mi abuelo. Y cuando él se fue y quebró la fábrica seguiste trabajando en tu casa. Fuiste diseñadora, costurera, administradora, contadora, todo sin haber podido seguir una carrera, como siempre fue tu sueño. En la época en que se pusieron de moda las licras, mi hermana y yo las teníamos por montones, en todos los colores, gracias a ti. Y hasta ahora tengo chompas de la fábrica porque las hacías de tan buena calidad que los colores y las fibras se mantienen intactas.

Tengo varias imágenes tuyas imborrables. Primero, al volante de tu engreído. Tu Ford Galaxie rojo al que le decíamos la lancha. Todavía recuerdo el sonido adormecedor del motor y aquellos amortiguadores de lujo que nos hacían flotar (en esa época no tenía idea lo que era viajar en un buen carro). Nunca usamos un cinturón de seguridad, pero qué segura me sentía en aquel carrito que nos llevaba hasta Santa María. Esa es mi segunda imagen imborrable, tú en el mar. Cómo no adorar el mar si tú me enseñaste a amarlo. Sólo viéndote gozar como una niña, con tu coqueta ropa de baño blanca y negra con faldita. Te bañabas con gorrita y te metías debajo de la ola tapándote la nariz y los oídos a la vez. Contigo aprendí a meterme guacaches y a entender quechua sin darme cuenta. Para el frío estaba el a lalau, y para el asco, el a tatau. Cómo nos divertíamos con los capeitos y recogiendo machas. Llenábamos baldes enteros. Y cuando llegabas a casa las metías al agua hirviendo, todavía vivas, y preparabas un arroz con machas con tu sazón inconfundible. Esos momentos post playa también eran deliciosos. Teníamos la piel encendida y los ojos adormilados pero el corazón repleto de felicidad.
¿Te acuerdas cuando en una época se nos dio por ir aquí, abajo nomás, a las playas de la Costa Verde? Y llevabas tus sanguchitos de pollo con apio en pan de molde (sin corteza, claro). Cómo olvidar tus hojas de parra que, aunque me da vergüenza contarlo, llevábamos en olla a la playa. Éramos las árabes más cholas del Perú! Y tu cuje, el mejor de todos.

Abuelita querida, gracias a ti hemos tenido las navidades más lindas del mundo. Eras tan organizada que ibas comprando desde principio de año los regalos y los escondías bajo llave. Y tus canastas gigantes llenas de dulces. Una para cada nieta para que no nos peleemos.
Gracias a ti probé el queso Philadelphia, que me parecía un tesoro cuando llegaba hasta Piura en cooler, igual que los tartufos de Lamborghini. Gracias a ti supe lo que es tener una mascota, en tu casa siempre habían perros. Y en tu radiola descubrí maravillada a los Beatles.
Adorabas las muñecas porque nunca pudiste tener una cuando eras niña. Aún recuerdo a la Barbie española que nos trajiste en uno de tus pocos viajes a Piura (no volviste más porque odiabas el calor y los bichos). Cómo olvidar tus manías. Cada vez que salíamos de la playa o de cualquier otro lugar, nos preguntabas, ¿están ahí, están todas? O cuando te confundías y decías las primeras sílabas de tres nombres seguidos antes de llegar al correcto y renegabas mientras nosotras nos carcajeábamos.

Recuerdo tu emoción al comprar las figuritas de los álbumes. Te arreglabas con los ambulantes para que te las vendan sueltas y juntabas las repetidas para cambiarlas. Gracias a tu cuidado hasta ahora conservamos nuestro álbum favorito, el de Sarah Kay.

Abue, me podría pasar escribiendo hojas de hojas acerca de ti. No sabes lo orgullosa que me siento de haber tenido una abuela como tú. Mis años maravillosos fueron los que pasé contigo. Tener una abuela es el regalo más valioso que un niño puede tener, pero no una abuela cualquiera, sino una como tú. Ahora tengo 33 años y recién vivo la muerte de un ser querido. Y, aunque es un privilegio haberte tenido entre nosotros durante tanto tiempo, todavía no puedo creer que ya te enterramos.

Perdóname por no haber podido asistirte cuando estabas en las últimas. No tuve el valor de mover tu cuerpo adolorido y ayudar a mi mamá, que no sé de dónde sacó fuerzas para cuidarte con tanta dedicación. Pero nos miramos a los ojos, ¿te acuerdas? Fue nuestro último contacto. Cuando salí del cuarto, huyendo, rompí en llanto y recé para que tu agonía terminara, para que tu cuerpo no sea más una cárcel. Una semana después ocurrió. Hacía varios días había estado esperando la llamada de mi mamá con la noticia, pero cuando finalmente lo hizo me tomó desprevenida, y en la playa, en nuestra playa abue. Volví de inmediato para darte el último adiós. Mi hermana, que heredó tu fuerza, ya te había vestido y maquillado, y yo te acomodé los dedos de las manos y te los besé. Sentí paz.

Abuelita, son tantos recuerdos y tanto qué agradecerte. Lo que no recuerdo, ¡que ingratitud tan grande!, es haberte dicho te quiero, cara a cara. Lo sentí siempre y te lo escribí en mis cartas infantiles. Nunca lo dije. Pero sé que no es tarde. Aunque no puedes venir a contarme qué tal es la muerte, sé que me escuchas, no me cabe ninguna duda. TE QUIERO ABUE y siempre serás para mí aquel tintineo de campanita que hiciste sonar cuando te despediste estando allá arriba, cerquita de Dios. Espérame, algún día nos vamos a volver a encontrar y sé que me vas a llevar de la mano para que no sienta miedo, de la misma forma que me enseñaste a enfrentar las olas del mar.

Aquí te dejo un tango de Gardel, para ti abue: "Por una cabeza". http://www.youtube.com/watch?v=Os8uUf7pQac