viernes, 3 de abril de 2009

Recuérdate a ti mismo

Marineritos by Blancucha
Qué pasa cuando te compras un rico capuccino de máquina para tu desayuno, como algo especial, y lo acompañas con un ciabata con jamón y queso. Qué pasa cuando lo estás disfrutando frente a tu computadora, mientras revisas tu correo, y te encuentras con un mail bomba. El pan se te atraganta. El café te da náuseas. Lo dejas todo a un lado y no puedes controlar el temblor de tus manos. Sientes frío, se te baja la presión. La piel pálida, los labios morados, las piernas débiles. Todo tu cuerpo se descompone de un minuto a otro, se te llenan los ojos de lágrimas y justo se te acerca una compañera de trabajo para preguntarte algo acerca de la presentación del medio día. No puedes controlarte, rompes en llanto. Pero no en el llanto típico de oficina, chiquito, de costado, guardadito nomás. No. Es un llanto ahogado, que sube del diafragma al corazón y se estremece en los hombros. Ella te abraza, sabe lo que sientes, ha pasado muchas veces por eso. Te dice que mejor te vayas a tu casa pero eso no resuelve nada. A las 11:00 tienes que tener listo un texto para que el presidente de la compañía lo apruebe. No puedes pensar, buscas la información que necesitas, juntas de aquí y de allá, y lo curioso es que el texto se arma solito, como por arte de magia, como si tu otra yo te estuviera reemplazando o dictando las cosas al oído, como si tu ángel guardián lo hiciera por ti. Tal vez es tu abuelita. Ella ha estado apareciendo en tus sueños, tratando de decirte algo que no lograbas entender, aún no era el momento. Finalmente lo terminas entre lágrimas, ya más pausadas, de tristeza, cólera y decepción. Y te pones a pensar en el sentimiento que predomina en ti, la decepción.
Según la Real Academia, la decepción es un pesar causado por un desengaño. Y el desengaño es el conocimiento de la verdad, con que se sale del engaño o error en que se estaba. ¿Es que no somos capaces de detectar lo que hay dentro de las personas? Sí somos capaces pero a veces queremos negarlo para que no nos duela, y lo cubrimos con una manta. Lo irónico es que cuando esa manta cae, porque no puede sostenerse ahí por mucho tiempo, nos duele más. En cuanto al gestor del desengaño, éste suele generarlo sin querer. También sabía algo en el fondo de su corazón y tampoco lo quiso ver por el mismo motivo. No ha querido engañarte, sencillamente ha hecho lo que mejor ha podido hacer. No hay culpables, hay responsables. La responsabilidad es la habilidad de responder. Cuando la manta se cae tienes que tener el valor de enfrentar lo que finalmente ves. Sea bueno o malo, placentero o doloroso, bonito o feo. Tú has puesto la manta, recógela y déjala en su lugar. Responde con valor, con dignidad y no te quedarás con pendientes. Da la cara, mira a los ojos y déjate mirar. Desgárrate si es necesario, entrégate a ti mismo y utiliza tu quinto chakra para hablar, para verbalizar todo aquel remolino de emociones que no te deja en paz, en tus sueños, en el trabajo. Aunque no sepas qué decir, aunque se te enrede la lengua. Y si es necesario, toma distancia para sosegarte y retoma tu discurso cuando te sientas listo. No basta escribir, hace falta hablar. El hablar te permite entender y descubrir cosas que muchas veces no tenías idea que estaban dentro de ti. Algo de razón tienen los católicos cuando se confiensan. El sentido de la confesión es que hables de lo que te aqueja. Al expresarlo lo expulsas y finalmente te redimes a través de la palabra.
Cuando empieces una novela termínala, no te llenes de capítulos inconclusos, no guardes un material que te mirará desde el cajón durante toda tu vida, haciéndote sentir que tienes un pendiente. Los pendientes te destruyen.

Gurdjieff dijo: recuérdate a ti mismo. Significa que si sufres logres separarte de ti y observarte desde afuera, como un espectador a una película. Cuando tomas distancia del dolor lo ves como algo ajeno a ti. Te ves a ti mismo llorando pero te das cuenta de que nada es tan grave como parece. Obsérvalo como un sueño. Ese es el mejor consejo que he recibido esta semana, y qué curioso, me lo dio mi ex esposo.

J, tu dolor está saldado. Estamos a mano.
pd: punto aparte, mi texto fue aprobado!!!! Nada derrumba a la Maya, salud!!!!!

domingo, 29 de marzo de 2009

A llorar a otra parte

The writer by Blancucha


Muy pocas veces abro los mails cadena. Casi nunca. Pero cuando lo envía una amiga especial, que normalmente no manda ese tipo de correos, no me queda más que abrirlo. Y lo que encuentro es uno de aquellos power point azucarados, repetitivos e incómodos de leer (aparecen las letras de una a una y no hay forma de leerlo rápido!). El tema, las amigas. Y yo lo leo con cierto escepticismo. Es verdad que las amigas son importantes, pero ¿no es para tanto no? Tampoco son las mujeres maravillas que pintan esas páginas. Estoy de acuerdo en valorarlas, pero ese mail me parece una exageración, y lo confirmo cuando, justo al día siguiente de leerlo, necesito urgentemente a una amiga, a la que sea, y ninguna está disponible. Termino saliendo sola. Voy al cine a ver “Women” (Todo sobre las mujeres en castellano). Una película mala, pero alentadora y con una visión positiva, que logra arrancarme unas cuantas risas.
Al día siguiente voy a la playa, y me despido de las olas, de la arena invasiva, del verano. Sigo triste. En la casa, me echo en posición fetal al lado de mi hija mientras ella ve Discovery y come sus tallarines con crema de leche que he preparado. Me acerco a ella para pedirle un beso, pero en la boca. ¡Ay qué rico!, le digo. Y ella me contesta, mami, ¿por qué me lo dices con tanta ternura? Porque en poco tiempo ya no nos vamos a poder dar besos en la boca. Cuando las hijas son grandes ya no les dan besos en la boca a sus mamis. Ella me mira con sus ojitos de amor y me sigue besando, una y otra vez, con más presión. Yo me derrito, y por un momento me olvido de mi pena. 8:30 p.m. apago las luces por el planeta y aprovecho para acostarla. Pienso que no me voy a levantar, pero lo hago. No suelen vencerme estos estados de ánimo. Llamo a mis amigas de la oficina para unirme a un plan de sábado por la noche. Me pongo un jean, un polo discotequero, taco aguja y salgo.

Somos tres chicas solas. Dos divorciadas y una casada que acaba de pasar por un trance complicado con el marido, hace poco descubrió una infidelidad que ya perdonó. Conversamos sin presiones, sin querer indagar más de lo que cada una quiere contar. Tranquilas, sin aspavientos. Hablamos del trabajo, de pequeñas experiencias personales. No es una noche de excesos. Yo tomo un pisco sour de granadilla y mandarina, solo uno, que no deja estragos. Al salir del lugar nos vamos a comer un sánguche a “La Rueda” y luego a pasearnos por el malecón de Miraflores con la música del Grupo Cinco a todo volumen. Ese es nuestro máximo desfogue de la noche. Abrimos las ventanas y, cuando pasamos al lado de algún grupo de chibolos que caminan por la calle, gritamos a voz en cuello. Como es de esperarse, los chicos se emocionan viendo a tres mujeres eufóricas en una camioneta roja (tranquilos, somos tías pero no roba cunas). Y nosotras nos reímos a carcajadas, viviendo nuestro momento de despecho a mil al ritmo de “Quién cura al corazón”, “Adiós amor”, “Te vas” y por supuesto, la infaltable, “A llorar a otra parte” de los hermanos Yaipén.
Llego a mi casa con otros ánimos. Más tranquila. No he recibido ningún consejo, tampoco lo quiero. Solo había necesitado estar entre amigas, hablar de cualquier cosa, reirme, sentir que hay otras mujeres en el mundo que también sufren. Gracias amigas!!!!! Ahora solo me queda prepararme para la rutina de la semana, no me puedo permitir tristezas con una hija que debe levantarse para ir al colegio.

6:15 a.m. suena el despertador. Todos los días me arranca de algún lugar lejano por donde se me ocurre deambular mientras duermo. Y debo volver. Ni un minuto más, menos siendo lunes porque la empleada llega tarde. Corro al baño con los ojos a medio abrir, todavía no logro enfocar bien. Me echo agua a la cara, me lavo los dientes. Regreso al cuarto para prender la lámpara y le pongo las medias a mi hija, todavía dormida. La despierto con besos y caricias. A veces se me ocurre contarle un cuento o hablarle del sueño que tuve. Despierte mi caracolita, le digo entre bostezos. Y ni yo sé de dónde sale ese nombre. Porque los caracoles son lentos ¿no mamá?, me dice, mientras se frota los ojos. Cuando logro ponerla en posición vertical, le quito la piyama en un segundo y le pongo el polo. Y siempre reniego porque el cuello es demasiado chico y debo forcejear para que entre la cabeza, mientras ella teme asfixiarse y lanza unos gemidos de desesperación. Felizmente ese pequeño trance no logra ponerla de mal humor. Se distrae rápido con la tele y corro a prepararle su leche. Si tengo suerte, cuando traigo la leche no se ha vuelto a acostar. La toma toda. Luego tengo que cargarla como bebé, su juego favorito desde hace varias semanas, para llevarla a hacer pichi. Ya en el baño aprovecho para lavarle los dientes. Tengo otro diente flojo mami, me dice ella. ¿Otro más? Anda más despacio hija, recién tienes cinco ¡y ya se te cayeron dos! Regresamos al cuarto por el calzón y el short. Le hago una cola de caballo bien abajo, como a ella le gusta, y dejándole el flequillo a la cachetada que me exige. Le pongo las zapatillas y corro a hacerle su lonchera (un sándwich que nunca termina, una cantimplora de agua y una mandarina). 6:45 apagamos la tele y tomamos el ascensor. 6:50 llega la movilidad y mi niña se va, último asiento de la combi, solita, con su mochila de Aurora. Pego mi cara en la luna polarizada del auto y le digo T E A M O en silencio. Ella pone su manito en la ventana y nos decimos adiós. Un día más.

jueves, 12 de marzo de 2009

Hasta que la vida nos separe

A volar, por Blancucha

Divorcio. Separación. Disolución. Es lo último que pensamos cuando decidimos casarnos, aunque la frase “hasta que la muerte nos separe” cada vez es menos legítima. La vida misma se encarga de separarnos de nuestras parejas, y no tenemos que morirnos para que ocurra, ni porque ocurra. Cásense los buenos, diría el Chapulín Colorado. Los buenos para pelar alcachofas y llegar a disfrutar el corazón sin clavarse las espinas.

El martes pasado mi ex esposo y yo llegamos a la municipalidad (gracias a esa bendita ley que nos ha hecho la vida más fácil) para firmar el divorcio. Así como Dios nos unió, ahora un Dios nos estaba separando, el registrador civil Luis Dioses. No pude más que lanzar una sonrisita a mi ex consorte cuando leí el nombre. Nuestro divorcio está bendecido, le dije.
El proceso fue muy simple. Dioses leyó el procedimiento sobre separación convencional y divorcio ulterior, se tropezó una y otra vez con nuestros nombres y mencionó el número de ley y el reglamento aprobado por Decreto Supremo, además del número de autorización que le permitía ejercer su cargo. Formalismos y protocolos que a mi ex y a mí nos causaban risa. Todo era muy rimbombante, incluida la sala que parecía de los caballeros de la mesa redonda.
También leyó el régimen de patria potestad, visitas, alimentos, tenencia y bienes. Parece mucho, pero lo que firmamos no tenía mayores detalles. Además, carecemos de bienes sujetos al régimen de sociedad gananciales, que en términos simples significa que durante el matrimonio no se nos ocurrió comprar ninguna casa, auto, yate, jet privado o viñedo. Si bien nunca ahorramos un centavo, nos ahorramos el pleito de la división de propiedades. Un alivio en medio de tanta burocracia.

Al final del papelito estampamos nuestras firmas y huellas digitales, y cuando al fin pensé que ya éramos libres, el Sr. Dioses nos anunció que en ocho días recibiríamos una notificación con la separación legal, que hay que inscribirla no sé dónde (se me hacen muy complicados todos los vericuetos legales) y luego debemos esperar dos meses más para recién solicitar el divorcio. Se supone que en esos dos meses tenemos la opción de arrepentirnos. Los Dioses estarían locos si permitieran aquel sacrilegio. Pecado mortal. Arrepentirnos del divorcio sería como arrepentirnos de tener una hija. Finalmente, se inscribe en Reniec y registros públicos y bingo. Ese día habrá que celebrar. Por lo pronto, no nos queda más que esperar y reflexionar acerca de aquel amor que termina en divorcio. El que vemos en los parques, en las canciones románticas, el de las telenovelas y el de la vida real. El que más te pega y más te quiere, el de los vacíos, las taquicardias y las mariposas en el estómago. El de la dependencia y el sentido de posesión. El amor que priva de la libertad. El que manda flores, compra chocolates y dice “te amo” por costumbre. El que exige, domina y siempre tiene expectativas. Nos han dicho que el amor es dar y recibir, pero cuando no llega aquella retribución que esperamos nos sentimos tremendamente infelices y abandonados. Lo que no se nos da no es necesario que llegue, me dice mi ex, el amor no es un negocio, no hay que pagar por amor.

El sentido de posesión es lo que nos lleva al matrimonio y a destruir nuestra individualidad, cuando lo que debería hacer el amor es realzarla. Por algo a los casados se les llama “esposos”, porque están esposados, porque pretendemos que la pareja sea nuestra y de nadie más. Queremos vernos todos los días hasta destruir el significado de extrañar. Soportar frustraciones ajenas, sueños postergados, cargar varias maletas de traumas que trae la pareja y sumarla a las nuestras. Tolerar manías y malos humores (en los dos sentidos del sustantivo). Tener que ganarnos a la familia política y convertirnos en verdaderos políticos para salvarnos de los estados de emergencia. Cumplir con un riguroso contrato de exclusividad sexual con la pareja. Estar obligados a compartir la cama, los tan manoseados y difamados controles remoto (que cada vez hay más), el ¡water! Dar explicaciones de nuestros horarios o antojos, sentirnos culpables por nuestros vicios o fumarnos y bebernos los vicios ajenos. Ser solidarios y también comer la pepa del rocoto cuando nuestro partner se quiso hacer el valiente. Y para las mujeres, cargar la barriga de los hijos, subir veintitantos kilos y soportar la ley de la gravedad en nuestros fabulosas y sexys glándulas mamarias (que nunca más serán fabulosas ni sexys si es que no recurrimos al cirujano). Y todo eso bajo la presión de llevar un buen matrimonio, como el de nuestros padres (los que quisieron hacernos creer que tuvieron uno bueno y fueron verdaderos mártires) o como el que no tuvieron nuestros padres. En ambos casos salimos perdiendo.
El matrimonio es para los valientes, para aquellos que saben por experiencia lo difícil que es el tango, pero aún así se lanzan a la pista de baile. Los que practican todos los días por tratar de acoplarse al cuerpo de su pareja. Los que encuentran el ritmo pisándose los pies. Los que se enredan y aún así se atreven a girar, siempre mirándose a los ojos. Aquellos que aprenden a hacer las pausas en el momento preciso, ajustar con fuerza y dominar la ansiedad. Los que juegan al cortejo, llevando y dejándose llevar. Los que aprenden a ser ligeros e intensos a la vez. El matrimonio es un verdadero show de destreza que pocos están preparados para asumir.
Bien decía Osho: la sociedad debería crear todas las barreras posibles para el matrimonio y ninguna barrera para el divorcio. Y la ley debería exigir a las parejas que convivan por lo menos dos años antes de firmar el papelito. Elegir a la mujer o al hombre de tu vida cuando no estamos lo suficientemente maduros es como querer elegir una carrera a los diecisiete años. Lo más probable es que nos equivoquemos. Y si es así, por qué aferrarnos a un amor muerto que alguna vez estuvo vivo. No seamos mendigos del amor. Así que, si estás divorciado o en proceso de divorcio, ¡bienvenido al club! Y acéptalo de una vez, con buena cara. Algo bueno está por suceder.



miércoles, 25 de febrero de 2009

Triste pero feliz

Rainy day by Blancucha

Hoy salí de la oficina antes de lo previsto. Recogí a mi hija para llevarla al doc. Estaba con fiebre. Salió con su casaca rosada y su culebra de colores, Alfonsina, colgada como bufanda. Sus ojitos dormidos estaban más tristes que nunca, con un halo rosa encendido alrededor de los párpados que acentuaba sus ojeras.
Me esperaba la rutina de siempre. Subir al taxi, hacer las colas del seguro, pagar en caja, esperar a que nos atiendan, comprar en la farmacia los medicamentos. Cada vez que llego del doctor termino agotada. Pero hoy no quería rendirme e hice mi sesión de ejercicios, comenzando con mi leg magic (ese aparatito que venden en Telemercado para convertirte en la Dolly Parton de las piernas). Luego recibí una llamada cordial de mi ex esposo (estamos con una racha de buenos tratos, debe ser que la firma del divorcio se avecina), mientras forraba los cuadernos para el colegio y armaba la caja de útiles. Y, finalmente, caí rendida en la cama.
Tanto cansancio me impedía conciliar el sueño. Estaba triste. ¿Sería por ver a mi hija enferma? ¿Los nervios de enfrentar la etapa escolar? ¿O quizá el divorcio? Cuando hablo con cariño con mi ex siento mucha pena por los dos. Me acuerdo que alguna vez estuvimos enamorados. Sin duda, esa tristeza era una mezcla de todo, sumado al reencuentro de anoche con dos amigas de la infancia.

La imagen de Xime aparecía una y otra vez. Éramos las tres mosqueteras —como en la película Quisiera ser millonario que vi el domingo, antes del Oscar—. Xime, Lucy y yo. Y las tres nos hemos vuelto a encontrar después de veinte años. Xime acaba de regresar de viaje y a Lucy la ubiqué hace poco por el Facebook. Las tres igualitas. Pero Xime, ella fue la que más me impactó. Estaba regia: flaquita, rubia y lacia, con siliconas y una nariz más estilizada, pidiendo a gritos el dato de un doctor que ponga botox. ¡Y qué fue de nuestras vidas! Xime tiene una hija de 14 y una historia de película, que si la cuento nadie la creería. Lucy sigue siendo virgen y su sueño es tener un hijo, piensa adoptar uno. Y yo, bueno, eso ya lo saben.

Lucy llegó con un vino rosé, tan dulce que parecía de misa. Xime abrió una botella de ron. No way, no había forma de que yo tomara nada de eso. Así que opté por la abstinencia. Luego, Xime encendió un pito de marihuana, bajo la mirada vigilante y recelosa de Lucy, y nos puso al día acerca de su vida de adicciones. Mientras tanto, en los cortes comerciales de la novela negra de Xime, Lucy indagaba acerca de mi vida amorosa y me hacía preguntas tan básicas como qué es estar enamorada o cuál es la diferencia de tener sexo con y sin amor. Una ternura. Me había reencontrado con mis dos amigas de la chiquititud y las dos me enternecían con sus relatos. Una porque había sufrido demasiado, la otra porque le aguardaba el sufrimiento.

—Estoy enamorada, me quiero casar con mi gringo— dijo Xime, mientras escuchábamos una musiquita chillona que surgía de algún rincón del sillón.

—No, ahora no puedo, estoy con unas amigas, llámame más tarde.

—¿Quién es, el galán?
—No, es el pata con el que estoy saliendo.
—¿Otro?
—Sí carajo, es que te juro que no sé cómo apareció en mi vida.
—Ya te lo tiraste.
—Sí.
—¿Y? ¿Qué tal? —dije con curiosidad, aunque sabía que esa no era la pregunta correcta, aún—.
—Bien, pero es un huevón.
—¿Qué edad tiene?
—42.
—Casado.
—Pero no vive con la mujer, hace tiempo están separados.
—Eso dice. ¿Y por qué le sacas la vuelta a tu novio si estás enamorada? —dije al fin—.
—Porque está lejos pues. Yo no puedo estar sola, pero la semana que viene llega mi gringo.
—¿Y que tal con tu novio? ¿De verdad lo quieres?
—Sí, somos igualitos, nos entendemos a la perfección. Ahorita está en limpia. La última vez que recayó le vino un ataque bravazo y tuve que ir a ayudarlo. Y hace poco, cuando me excedí con las pastillas porque estaba deprimida y quería dormir, lo llamé voladaza, no sé cómo, y vino al toque a cuidarme. Hasta me preparó mi sopita.
—¿Qué es lo que más quieres en la vida Xime?
—Quiero tener una familia, casarme.
—¿Y crees que él es el hombre indicado?
—Nada me lo asegura pero ¿todas las relaciones son un riesgo no? La última vez que nos peleamos y nos reconciliamos fui a su casa e hicimos el amor. ¿Y sabes lo que vi cuando me levanté? ¡Un montón de huellas de manos en el espejo de su clóset! Había tenido una orgía la noche anterior huevona.
—¿Qué? ¿Y lo perdonaste?
—Me hice la ofendida pues, tampoco se la voy a hacer fácil, pero en realidad, fue una noche loca nada más. Yo he hecho tantas cosas que la verdad lo entiendo. Cuando me sacan la vuelta siento que me lo merezco. ¿Acá se paga todo no? Además, es hombre. Qué le puedo decir si estamos lejos, ¿el hombre tiene deseos no? Ellas son un bacilón, él no las ama como a mí.
—La diferencia es que si él se entera que tú le sacas la vuelta seguro te mata.
—¡Imagínate! Ni cagando huevona, ¡se muere! —dijo, abriendo los ojos y soltando una carcajada. ¿Y tú en qué andas ah? Me estás interrogando como si fueras a escribir una novela de mí carajo.
—Sí, me falta la grabadora nomás —dije entre risas—. Yo estoy bien sola, las relaciones son muy complicadas, prefiero pasarla bien de vez en cuando, libre y sin ataduras.
—Que sabia mi amiga carajo, ¿pero de verdad se puede hacer eso? ¿Estar sola y pasarla bien?
—Si, pero hay que poner al día a esta chiquita porque se nos va a oxidar —dije, señalando a la tercera mosquetera que no había abierto la boca en toda la noche— ¿Qué dices Lucy? ¡Di algo por Dios!
—Qué quieren que diga, estoy muy entretenida escuchándolas. Lo único que me queda es citar a Zavalita y preguntarles: ¿en qué momento se jodió el Perú?

jueves, 22 de enero de 2009

Siempre conmigo

Haciéndole un cariño al abuelo en el estadio

Abuelita, mándame un taxi rápido ¿si? Eso te dije la mañana de tu despedida. No terminé de pronunciar las palabras cuando apareció uno. Salí apurada, sin maquillaje, y en el carro tuve que sacar mis pinturas para estar presentable. No podía aparecerme con la cara lavada. Ni hablar. Tú siempre fuiste tan coqueta, bellísima, y para tus ojos yo siempre estaba linda. Yo era para ti la flaca, pero hace tiempo dejé de serlo abue. Aún así, tu mirada hacia mí siempre fue de dulzura y admiración. ¿Quién es esa chica tan linda?, le decías a mi mami cuando te fallaba la memoria. ¡Es tu nieta!, te contestaba ella entre risas.

El taxi me llevó al ritmo de cumbia y pensé que estaba bien despedirte con aquellas letras en las que se muere de amor. Siempre fuiste una rompecorazones. Aunque hubiera preferido escuchar a tu Gardel querido y amenizar con tango tu partida. Lo bueno es que llegué a tiempo y volví a verte, echadita con el rosario entre los dedos. Era como si quisiera retenerte con los ojos. Me hubiera podido quedar mirándote por horas, pero ya no estabas ahí, era inútil. Aún así, me acercaba una y otra vez al féretro para volver a mirarte, maravillándome con tu carita sin arrugas, a tus 88 años.

Sé que te gustó la misa. ¿Escuchaste el canto de los pájaros? Silbaron, igualito a cuando te paseabas cantarina por toda la casa. Y el coro te hizo un homenaje cuando cantó cómo no creer en Dios. Me sorprendió escucharla, fue como si lo hubieras pedido. ¿Te acuerdas cuando me llevabas a misa? Siempre decías que adorabas esa canción y la tarareabas mientras me tenías cogida del brazo.
Pero el broche de oro fue la canción del final, que llegó para arrancarnos las lágrimas, por si a alguno se le ocurría ser valiente y resistirse a la pena de no volver a verte. Como quisera, ay / que tu vivieras / que tus ojitos jamas se hubieran / cerrado nunca y estar mirándolos.

Cuando todo terminó y llegamos a casa, entré a tu cuarto para buscar entre tus recuerdos. Me emocionó encontrar las cartas que te escribí cuando era niña, y mis dientes de leche. No tenía idea que los tenías guardados. Me encantó tu cuaderno de poemas y algunas cartas de tus enamorados. Hace unos años, cuando te pusiste mal, uno de ellos te llamó desde Italia, ¿te acuerdas? No lo veías hacía cincuenta años ¡pero se seguía acordando de ti mujer! ¿A cuántos les rompiste el corazón? Ya veo de dónde me sale lo veleta y enamoradiza. Dejaste a varios muertos de amor cuando te casaste con mi abuelo. La carta que más me impactó fue una que, en vez de decir el clásico te amo, decía, yo te admiro. Y cómo no admirarte abuelita, eras una mujer intensa, apasionada, toda una artista. Además de valiente, atrevida y luchadora. Te casaste en la treintena —ya eras recontra solterona para la época— y te atreviste a enfrentar a tu hermano mayor para defender a una de tus hermanas de un matrimonio arreglado. Amabas la libertad, eras caritativa y generosa. Nunca te olvidaste de tu hermano enfermo. Lo ibas a visitar todas las semanas (lo recuerdo clarito porque odiaba acompañarte) y siempre le llevabas algo de comer y le hablabas al oído. Fuiste la única que jamás se olvidó de él. Y a nuestro querido Rómulo, el jardinero ciego y sordo (no entendíamos cómo tomaba los micros y llegaba a casa) nunca le faltó un plato de comida bien servido y un trabajo que le dejabas hacer por caridad, solo porque lo hacía sentir vivo.




Trabajaste tanto abuelita, durante toda tu vida. A la par que mi abuelo. Y cuando él se fue y quebró la fábrica seguiste trabajando en tu casa. Fuiste diseñadora, costurera, administradora, contadora, todo sin haber podido seguir una carrera, como siempre fue tu sueño. En la época en que se pusieron de moda las licras, mi hermana y yo las teníamos por montones, en todos los colores, gracias a ti. Y hasta ahora tengo chompas de la fábrica porque las hacías de tan buena calidad que los colores y las fibras se mantienen intactas.

Tengo varias imágenes tuyas imborrables. Primero, al volante de tu engreído. Tu Ford Galaxie rojo al que le decíamos la lancha. Todavía recuerdo el sonido adormecedor del motor y aquellos amortiguadores de lujo que nos hacían flotar (en esa época no tenía idea lo que era viajar en un buen carro). Nunca usamos un cinturón de seguridad, pero qué segura me sentía en aquel carrito que nos llevaba hasta Santa María. Esa es mi segunda imagen imborrable, tú en el mar. Cómo no adorar el mar si tú me enseñaste a amarlo. Sólo viéndote gozar como una niña, con tu coqueta ropa de baño blanca y negra con faldita. Te bañabas con gorrita y te metías debajo de la ola tapándote la nariz y los oídos a la vez. Contigo aprendí a meterme guacaches y a entender quechua sin darme cuenta. Para el frío estaba el a lalau, y para el asco, el a tatau. Cómo nos divertíamos con los capeitos y recogiendo machas. Llenábamos baldes enteros. Y cuando llegabas a casa las metías al agua hirviendo, todavía vivas, y preparabas un arroz con machas con tu sazón inconfundible. Esos momentos post playa también eran deliciosos. Teníamos la piel encendida y los ojos adormilados pero el corazón repleto de felicidad.
¿Te acuerdas cuando en una época se nos dio por ir aquí, abajo nomás, a las playas de la Costa Verde? Y llevabas tus sanguchitos de pollo con apio en pan de molde (sin corteza, claro). Cómo olvidar tus hojas de parra que, aunque me da vergüenza contarlo, llevábamos en olla a la playa. Éramos las árabes más cholas del Perú! Y tu cuje, el mejor de todos.

Abuelita querida, gracias a ti hemos tenido las navidades más lindas del mundo. Eras tan organizada que ibas comprando desde principio de año los regalos y los escondías bajo llave. Y tus canastas gigantes llenas de dulces. Una para cada nieta para que no nos peleemos.
Gracias a ti probé el queso Philadelphia, que me parecía un tesoro cuando llegaba hasta Piura en cooler, igual que los tartufos de Lamborghini. Gracias a ti supe lo que es tener una mascota, en tu casa siempre habían perros. Y en tu radiola descubrí maravillada a los Beatles.
Adorabas las muñecas porque nunca pudiste tener una cuando eras niña. Aún recuerdo a la Barbie española que nos trajiste en uno de tus pocos viajes a Piura (no volviste más porque odiabas el calor y los bichos). Cómo olvidar tus manías. Cada vez que salíamos de la playa o de cualquier otro lugar, nos preguntabas, ¿están ahí, están todas? O cuando te confundías y decías las primeras sílabas de tres nombres seguidos antes de llegar al correcto y renegabas mientras nosotras nos carcajeábamos.

Recuerdo tu emoción al comprar las figuritas de los álbumes. Te arreglabas con los ambulantes para que te las vendan sueltas y juntabas las repetidas para cambiarlas. Gracias a tu cuidado hasta ahora conservamos nuestro álbum favorito, el de Sarah Kay.

Abue, me podría pasar escribiendo hojas de hojas acerca de ti. No sabes lo orgullosa que me siento de haber tenido una abuela como tú. Mis años maravillosos fueron los que pasé contigo. Tener una abuela es el regalo más valioso que un niño puede tener, pero no una abuela cualquiera, sino una como tú. Ahora tengo 33 años y recién vivo la muerte de un ser querido. Y, aunque es un privilegio haberte tenido entre nosotros durante tanto tiempo, todavía no puedo creer que ya te enterramos.

Perdóname por no haber podido asistirte cuando estabas en las últimas. No tuve el valor de mover tu cuerpo adolorido y ayudar a mi mamá, que no sé de dónde sacó fuerzas para cuidarte con tanta dedicación. Pero nos miramos a los ojos, ¿te acuerdas? Fue nuestro último contacto. Cuando salí del cuarto, huyendo, rompí en llanto y recé para que tu agonía terminara, para que tu cuerpo no sea más una cárcel. Una semana después ocurrió. Hacía varios días había estado esperando la llamada de mi mamá con la noticia, pero cuando finalmente lo hizo me tomó desprevenida, y en la playa, en nuestra playa abue. Volví de inmediato para darte el último adiós. Mi hermana, que heredó tu fuerza, ya te había vestido y maquillado, y yo te acomodé los dedos de las manos y te los besé. Sentí paz.

Abuelita, son tantos recuerdos y tanto qué agradecerte. Lo que no recuerdo, ¡que ingratitud tan grande!, es haberte dicho te quiero, cara a cara. Lo sentí siempre y te lo escribí en mis cartas infantiles. Nunca lo dije. Pero sé que no es tarde. Aunque no puedes venir a contarme qué tal es la muerte, sé que me escuchas, no me cabe ninguna duda. TE QUIERO ABUE y siempre serás para mí aquel tintineo de campanita que hiciste sonar cuando te despediste estando allá arriba, cerquita de Dios. Espérame, algún día nos vamos a volver a encontrar y sé que me vas a llevar de la mano para que no sienta miedo, de la misma forma que me enseñaste a enfrentar las olas del mar.

Aquí te dejo un tango de Gardel, para ti abue: "Por una cabeza". http://www.youtube.com/watch?v=Os8uUf7pQac



lunes, 29 de diciembre de 2008

Lo que leí, lo que viví

Hace unos años tengo la costumbre de hacer los paquetes navideños la noche del 23 de diciembre. Después de acostar a mi hija, me apodero de la mesa del comedor, desparramo a mi alrededor todos los regalos (que no son muchos, ni muy caros, pero hacen bulto en el árbol), los papeles, bolsas, cintas, lazos y demás chiches que me sirven para decorar. Aquí vale todo, normalmente saco de mi clóset cajas y bolsas —con lazos incluidos— que me van regalando durante el año y, pensando en el medio ambiente, en mi economía y en la practicidad del asunto, las reciclo. Pero lo más placentero de esta costumbre navideña es hacer mi tarea con música de fondo. El álbum de navidad de Diana Krall es el elegido. Cómo no emocionarse con la nostálgica “Have yourself a little merry christmas” o no saltar de la silla con la festiva “Jingle Bells”, con el estilo inconfundible de la rubia de Woody. Y claro, mientras armo paquetes y dedico tarjetas al ritmo del “christmas jazz” pasan por mi mente todas aquellas personas a las que amo. La Maya se pone sentimental. Y como no estarlo, sobre todo después de la influencia del libro que acabo de terminar: “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Murakami. Aunque me averguenza decirlo, debo confesar algo, este libro lo comencé a leer hace cuatro meses. Sí, así como lo leen, cuatro meses. Es verdad que se trata de una novela voluminosa, pero leerla así ha sido parte de un proceso, de una muerte lenta y de un renacer. Este ha sido el libro que me ha acompañado casi la mitad del año: en la almohada, el sillón de la sala, en la oficina, los taxis, las salas de espera de los bancos y de los médicos, en la playa. Y aunque quería terminarlo, también me daba pena y por eso le daba largas. El libro está lleno de símbolos, es un viaje interior complejísimo, con una sabiduría que solo puede provenir del otro lado del mundo. Tooru Okada, el protagonista de la novela, es un hombre que actúa guiado por sus instintos, siguiendo su corazón, confiando en la existencia. El señor pájaro-que-da cuerda ama incondicionalmente. Es un hombre simple, inocente, que sabe tomar distancia de sus emociones para comprender sin juzgar. Llega hasta el fondo de un pozo (literalmente) para rescatar a su amada y la espera con paciencia hasta que sus heridas sanen. Sin duda, un personaje adorable, un hombre que solo puede existir en la ficción.
Lo interesante de Murakami, y de este libro en particular, es la atmósfera fantástica que te hace respirar, dentro de un mundo simple y cotidiano. Pero no pretendo hacer una reseña del libro, solo que me emociono cuando recuerdo la habilidad del autor para hacer que cada suceso esté salpicado de magia y misterio, demostrando que la vida está tejida con finos hilos que se entreveran, y que todo lo que ocurre se interconecta.

Estoy convencida de que el mejor regalo que uno puede recibir en Navidad —aparte de ver la cara de tu hija abriendo la Barbie Princesa de Diamantes que tanto quería— es un libro que te acompañe, que pinte de colores tus días y noches, que te haga partícipe de un mundo ajeno y que a la vez te invite a reflexionar para ir cada vez más adentro de ti mismo. Un libro que te obligue a llevar una libretita para hacer apuntes, que te inspire para conquistar a alguien, que te de tema de conversación o excusa para escribir un post. Un libro que no solo aumente tu lista de leídos o que llene tu biblioteca, sino también que forme parte de tu historia personal. A veces, cuando reviso los libros de mi modesta biblioteca, recuerdo lo que viví en la época que los leía, cómo era mi vida, cuáles eran mis sueños. Lo curioso es que me acuerdo de todo eso, pero no de las historias que cuentan sus páginas. Mi memoria literaria es frágil y traicionera. La ventaja es que tengo la capacidad de volver a leer aquellos libros como si fuera la primera vez, con la garantía de que sé que me impactaron de alguna manera.
Pero ya pasó la navidad y este consejo de regalar libros llega un poco tarde. Lo que sí puedo recomendar es hacer una lista de los libros que leeremos este año o poner en fila y en orden de prioridad —como ya lo hice desde que volví de viaje con una buena cantidad de invictos literarios— todos aquellos libros que están en lista de espera.

Espero que este año sea un año de buenas historias: intensas, vibrantes, cargadas de emociones. Son mis mejores de deseos para mis contados lectores, mis anónimos admiradores, mis antiguos amores y para los valientes que vendrán.

Aquí les dejo el videíto de la Krall navideña. Disfrútenlo.

martes, 9 de diciembre de 2008

Cena para dos

Por qué será que siempre cuando estoy sola aparece Leo de alguna manera. Ya sea en una película, una canción o en mis antiguos mensajes de texto. Ayer me lo encontré en plena cena. Mi hija había salido con su papá y su abuela y yo me quedé sola en casa. Y para celebrar mi soledad fui al súper a comprar algo rico para el almuerzo. Almorzar sola es un placer, aunque otros digan que es horrible. A mi me encanta, sobre todo por los preparativos. Buscar en las góndolas algo que me provoque, cocinar sin prisa y con buena música. Beber vino mientras el vapor de la olla me pide a gritos que eche la pasta. Sí, esta vez volvió a ganar la pasta. Aunque en un primer momento estuve tentada de comer algo tan práctico y deliciosamente simple como un choclo serrano con salsa huancaína, me incliné por algo más gourmet. Mis bucatini número 9 de Barilla me esperaban en oferta y la salsa a lo Alfredo, perdón, a lo Leo, se encargó de bañarlos con honores. Leo apareció con el vip vip del correcaminos de mi celular, en el preciso momento en que degustaba mi tinto:

- Mediar los juerdos ke antevienen descopados en un estedio de lemos y artalegos gremicos… andul avanes masman permigones formicos, y el orme aplaga bestios ares.

Recién estaba paladeando la primera copa de vino, no podía estar borracha. Volví a leer. A los dos minutos llegó otro mensaje:

- Aki este lobo estepario reportándose, extrañándote, meditando la incomprensión infinita de no poder verte. Comprensible, pero humanamente insoportable. La última vez que te vi fuimos tan represivamente correctos, patéticamente ejemplares, tan distantes, tan nosotros. Te extraño, extraño tu presencia, tu ser, tu tridimensionalidad en todo su esplendor!

- Este mensaje merece un brindis. Te acabo de servir una copa de vino. Brindo por ti, por conocer a un Leo tan Leo como tú. ¿Dónde andas?

- Escuchando a Sabina en un tercer piso, entre cuadros, un ekeko, un pingüino y un hongo. Un momento necesario.

- Para admirar, para contemplar. Te entiendo. Yo hago lo mismo con mi soledad, busco la belleza.

- Bella: Que tiene belleza. Belleza: Armonía física o artística que inspira placer y admiración, sobre todo a los Leos. Leo: Dícese del ser imprescindible y nocturno que suele enamorarse de imposibles, generalmente de mujeres con nombre de abeja. Ser mamífero, místico y contemplativo, hacedor de sueños y creyente de ilusiones. Vegetariano incomprendido, ilustre desconocido, monógamo frustrado, salvaje domado, triángulo de dos lados, sotuto urbano.

- Maya: Dícese del ser volador que se alimenta con la intensidad de los Leos. Coleccionista de amores, carnívora incomprendida, polígama frustrada, aprendiz de madre, bebedora solitaria. Mujer pantera.

- Mierda mi Lea, estamos agarrando ritmo. Cuántas copas vamos?

- Dos. Y la pasta está buenísima, no sabes lo que te pierdes.

- Sí sé, despiertas en mí los instintos más primitivos que guarda nuestra traginada especie durante todos estos largos y decadentes años de evolución.

- Recuerdas la caja que me regalaste? La vez pasada estalló en mi cara como una verdadera bomba. Me pareció verte tan claro entre tus pinceladas, las palabras y aquel collar de piedras de colores.

- Cómo olvidarlo. Todavía recuerdo lo que decía la caja: el silencio, la música, el dolor, el pisco, la belleza, el amor, la felicidad, el sexo, la poesía y la vida en exceso es dañino para la salud.

- Así es, pero en esa caja había mucho más que eso…gracias por acompañarme en esta mi cena solitaria.

- De nada mi Maya, espero que nunca dejes de leerme. Eternamente “no tuyo”. Leo.