
Abril se nos fue, las mañanas limeñas están cada vez más frías. Vivo en un octavo piso en San Isidro y desde mi ventana puedo ver la neblina colándose por los edificios. El viento está cambiando, ya se escuchan los susurros del invierno. Es inevitable. Aunque me gusta la imagen deprimente de los días grises de Lima —debe estar relacionado con algún hecho feliz en mi niñez— me cuesta habituarme nuevamente a las medias pantys y a los calentadores de nylon que me pongo debajo de la blusa. Por eso en invierno me visto con más color, para compensar la luz del verano que está de vacaciones.
Es evidente que mi estado de ánimo no es el mejor y J, un amigo literato que conocí hace poco, me dijo que había una cosa que podía compensar la melancolía del invierno: bailar salsa. La idea me pareció divertida, así que acepté su invitación para ir a algún lugar de salsa pura. Claro, no fuimos tan osados y elegimos un salsodromo en el que podíamos hacer el ridículo sin roche, el Cohíba de la Avenida El Ejército. A mi pareja y a mí, principiantes aún, nos hubiera encantado quedarnos tumbados en el Tumbao de la Victoria. Pero bueno, tampoco hay que ser tan desubicados, en el Tumbao sí que nos hubieran dado una buena tunda.
Ir a bailar salsa era todo un acontecimiento para mí y debía vestirme de acuerdo a la ocasión. Estuve a punto de ponerme una minifalda negra, de esas que cuando das un giro se vuelven vaporosas y demasiado permisivas a los ojos ajenos, pero para mala suerte de mi acompañante, se le rompió el cierre y tuve que reemplazarla por un pantalón negro, muy serio para mi gusto. Busqué en mi guardarropa algo que lo hiciera sexy y tropicalón y encontré un polo de licra pegadito que termina en falda. El color verde estaba perfecto para la ocasión, pero ni con esas pude animar a J. Cuando me vio quedó bastante decepcionado. Aunque mencionó un “linda” por ahí, sé que en su mente reclamaba ¡las piernas con taco aguja! Yo, en cambio, suspiré de alivio cuando lo vi con su camisa blanca de manga larga. Tenía un look desaliñado y chic que le caía muy bien. Uf!!! Si se hubiera aparecido con una guayabera colorida —amenazó con eso— o muy formalito, con la camisa dentro del pantalón y el pelo engominado, habría perdido algunos puntos. Debo confesar que este chico está en competencia con otro, pero eso es historia de otro post.
Cuando llegamos, el lugar estaba repleto. Tuvimos que cruzar la pista de baile para sentarnos en una mesita libre al lado del estrado, donde estaba ubicaba la banda. Una morena apretada endulzaba a las parejas con el azúcar de Celia, mientras nosotros nos comenzábamos a habituar al ritmo del bongó y la gaita. Qué sabes bailar mejor, le dije, salsa cubana o de línea. Me miró sorprendido con una sonrisita nerviosa, esperando que yo develara la broma. ¿Cómo que salsa de línea? Sí pues, para mí es más fácil la de línea, le dije. Se rió a carcajadas. Pucha, me fregaste, no tenía idea que existía la salsa en línea, me tienes que enseñar. Y salimos a bailar. Me tomó de la cintura y pude sentir un temblor en sus manos, era la primera vez que estábamos tan cerca. Uno, dos, sígueme. Sí, así, a ver, probemos con una vueltita. Definitivamente no iba a conquistarme con salsa, su terreno eran las letras y punto, pero pensé que me había llevado hasta ahí para sorprenderme. Me había imaginado que si sabía contar historias tal vez podría llevarme con soltura de un tema a otro, hacer saltos de tiempo, darme giros inesperados, no sé, yo solita me hice una novela en la cabeza. Sólo a mí se me ocurría pensar que un hombre acostumbrado a los vaivenes de la mente podía ser experto en estos menesteres. Su propuesta fue sólo un juego, una excusa divertida para poder salir conmigo.
A la hora nos rendimos y nos dedicamos a conversar más que a bailar, viendo a los personajes del lugar. ¡El asilo se había salido en tropel! Todos parecían enamorados y excitados. ¿Es que todavía existe el sexo a los sesenta? Además, se habían reunido todas las trampas de Lima, seguros de que en ese lugar podrían expresar su amor sin tapujos. Y el espectáculo de la danza fue otro cuento. Estaba el típico tío escandaloso de camisa roja que bailaba la salsa como si fuera marinera; el dotado de gracia, ligero y elegante, que sabía mover las caderas sin aspavientos; y, claro, no podía faltar el salserito de barrio, el cholo power que perseguía a su pareja en una carrera atropellada, porque su salsa era demasiado rápida, brusca y enredada. Incluso hacía piruetas arrodillado y empujaba las sillas invadiendo a los novatos como nosotros, que nos sentíamos intrusos en ese lugar.
Así no las pasamos, divertidos con el espectáculo que nos rodeaba hasta que llegó el momento de la verdad: el bolero. No tenía idea de que en los lugares de salsa tocaban bolero. ¡Esa era la trampa! J me había llevado hasta ahí para bailar pegadito, cachete con cachete. No pude rechazar su invitación y salimos con Sabor a mí. Me sentía igual que en la adolescencia, bailando lento con el chico que te quiere caer. La diferencia era que no estábamos escuchando el inglés susurrado de Air Suply o el More than words de Extreme, sino ¡el lento de mi abuelita! Un día tenemos que ir a bailar bolero al Bolívar, en una loseta, me dijo al oído. Y tú tienes que ir con vestido y yo con terno. Ay qué flojera, vestirse tan formal no es mucho mi plan. Le dije eso, pero la verdad es que no me imagino en un encuentro tan romántico si es que no estoy segura de qué es lo que va a pasar con él. Pero, por otro lado, para poder elegir tengo que probar el material. En algún momento tendrá que ocurrir, ya llevamos saliendo más de dos semanas y nunca ha tratado de besarme. Su forma de demostrarme que está interesado en mí son sus detalles. Un día se apareció en mi casa con veinte dvds de películas clásicas, porque a mí se me ocurrió mencionarle que quería saber más de cine. Me escribe mails gigantescos y la última vez que se fue de viaje no dejó de sacar regalitos de su bolsa de Papá Noel.
El asunto es que yo sabía que esa noche no se iba a atrever a hacer nada. Sacarme a bailar lento fue su máximo esfuerzo y yo no estaba preparada para besarlo. Después de varias decepciones amorosas, al fin he decidido que estoy mejor sola. No es una pose. Sencillamente no estoy desesperada por conseguir pareja y disfruto de mi soledad, aunque eso no quita que pueda divertirme. El problema es que J no es chico de una noche y si lo besaba, tal vez lo hubiera interpretado como un “sí” (a veces me sorprendo a mí misma hablando como si fuera un hombre).
La noche de salsa terminó con el bolero. Fue tan tenso ese abrazo que los dos terminamos exhaustos. Alrededor, las parejas seguían dándose piquitos y mirándose con adoración, mientras a nosotros nos había invadido una fría sensación de incomodidad. El Grinch del amor estaba más presente que nunca (así me ha bautizado J). Definitivamente, el invierno ha llegado.