miércoles, 28 de mayo de 2008

De cuerpos, penes y otros delitos


El cine tenía que ser mi siguiente salida, algo tranqui nomás. Mauricio me llevó a ver la última película de Cronenberg, Promesas Peligrosas (Eastern Promises en inglés) y, aunque parezca frívola, lo que más me impactó de la cinta fue ver a Viggo Mortensen luchando desnudo en un baño público. Lo grandioso de la escena es cómo logran ocultar al pequeño tesoro de Mortenssen. Entre cuchillos y demás puntas filudas —sigo sin entender ese afán impráctico de la mafia rusa de ir al matadero sin una moderna arma de fuego con silenciador —, el hombre es capaz de esquivar la cámara, una y otra vez, mientras una ávida espectadora se empeñaba en ver más allá de lo evidente. Mi querido Viggo la tiene chica, pero claro, nunca podremos saber qué tan grande luce durante la verdadera acción. Mauricio se rió y me dijo bromeando, la tiene chica, y a mí no me quedó más que reírme también, aunque la situación me pareció un poco incómoda. ¿Qué significaba ese comentario? Me lo decía porque la tenía más grande o porque se aliviaba de que el gran Viggo la tuviera chica, como él.

La preocupación por el tamaño del pene no es un mito, es una realidad tanto para hombres como para mujeres. Pero parece que Viggo no tiene ningún complejo y deja ir de aquí para allá, con una gracia casi pueril, al órgano en mención. Es desconcertante ver a un hombre rudo, fuerte y valiente luchando a golpes mientras su pene lo acompaña con vaivenes de bailarina. En todo caso, el punto a favor para Mortenssen, o para Nikolai, el personaje que encarna, es la seguridad para soportar una escena como esa: él demuestra que ni siquiera en un momento tan vulnerable, como estar desnudo y ser atacado en un sauna por dos hombres armados, pueden acabar con él. Y si no han podido derrotarlo con su humilde desnudez, ¡ese hombre es invencible!

Lo que me parece poco inteligente o nada vendedor es utilizar el desnudo masculino COMPLETO para promocionar un perfume de hombre, como lo hace la marca Yves Saint Laurent. Si al menos, el modelo fuera especialmente dotado, entendería que los hombres compren la fragancia por un impulso aspiracional o por simple identificación, pero ese no es el caso. Y si lo que han querido hacer es atraer al público femenino para que sean ellas quienes compren la fragancia para sus parejas, pues se nota que no conocen qué enciende nuestra líbido. No se trata de cucufatería. No. Se trata de un simple sentido de estética. Quién le dijo a esa marca que a nosotras, las mujeres, nos puede parece sexy ver a un hombre con un pene chorreado. Por qué no dejarlo en una misteriosa insinuación. Por qué no mostrar solo hasta aquellos provocativos pliegues que recorren las ingles para conducir al lugar predilecto. No es necesario más. Sino, vean al hombre Dendur Zero Grados de la marca Unique que demuestra que el frío extremo quema.

Pero alejémonos un poco del tema del pene porque puede poner nervioso a los lectores masculinos. Mejor quedémonos con el cuerpo. Qué placer poder contemplar el cuerpo atlético de un hombre como Viggo, de casi cincuenta años. Tal vez tiene un poco de barriguita pero no hay que ser tan exigentes. Y si él se mantiene así, por qué no reclamarles lo mismo a los que casi llegan a los cuarenta. Por qué el descuido. Por qué las barrigas prominentes o los bíceps tristemente escondidos. O peor aún, la incapacidad para mover el cuerpo más allá de su escritorio de trabajo, el televisor o la cama. Basta de exigirles a las mujeres las siluetas perfectas si es que ellos no hacen un esfuerzo por mejorar sus condiciones físicas. Nosotras no pedimos tanto, solo un poco de igualdad en la figura. No esperamos Sportakus gimnastas, aunque podría ser interesante. No, interesante no es la palabra, sería estimulante imaginar alguna de esas piruetas que hace el héroe de Lazy Town en una Active Bed, una fantasía tan improbable como la existencia de un hombre que come sano y hace ejercicio.

Después de haber expuesto este preámbulo queda claro que ninguno de mis dos galanes se ejercita. No están mal, pero les hace falta una vuelta por el gimnasio para que se acuerden de que existe el músculo. No en vano una soporta como mártir los asientos violadores de las bicicletas de spinning y las aburridísimas repeticiones de las pesas para moldear un cuerpo de madre. Además de las dolorosas contorsiones del yoga para la elasticidad y la relajación. Mi próximo galán tiene que estar a la altura de mis sudores. Sea quien sea tendrá que acompañarme en mis desgastados esfuerzos por mantenerme en los treinta, con las carnes bien puestas.

Todo esto pasaba por mi mente cuando veía la película. O sea, tengo que comprarme el dvd para volverla a ver. Será una buena oportunidad para tomar el control remoto y hacer pausa en la escena del sauna. Podré avanzar y retroceder a mi antojo y detenerme un millón de veces en el cuerpo del delito.
Como imaginarán, después de tanto pensar en penes y cuerpos, el cine terminó con un acalorado encuentro en el carro de Mauricio. Nos besamos como dos adolescentes, y cuando estábamos a punto de compartir nuestros tesoros decidí hacer un stop. Sí, yo sé, qué antipática aguafiestas. No soy de las mujeres que les gusta encender un cigarrillo para terminar apagándolo en la piel del agitado compañero. Solo que en ese momento candente me di cuenta de que debía de hacer un alto definitivo con el chico. No por ningún tema físico o de química, sino por un sencillo tema de conciencia: sexo = mayor enamoramiento = sufrimiento. Lo malo es que, además de tener que dejar de verlo (es un excelente conversador y una cálida compañía) siempre me quedaré con la duda respecto a lo que quiso decir con su comentario durante la película. ¿Sería burla real o pura identificación? Nunca lo sabré.

viernes, 16 de mayo de 2008

Examen de admisión



El sábado llevé a mi hija al colegio para que diera su examen de admisión. Por supuesto que no mencioné la palabra “examen”. Sólo iría a jugar. ¿Y por qué? Porque la gente del cole te quiere conocer y yo quiero que tú también los conozcas. ¿Y si no me gusta? Si no te gusta ya veremos hijita. Pero tienes que entrar sola al salón. Yo te esperaré afuera ¿Ok? Y si te portas bien nos vamos a comer pizza después. ¡Siiii, yupi yupi, pizza!

Ese fue mi preámbulo una semana antes. Cuando llegó la hora, mi hija no quiso entrar sola al salón y, al ver que tenía que hacerlo, aceptó entre llantos que me quedara afuera pero con la condición de dejar la puerta abierta. Así lo hice. Me alcanzaron una silla y me quedé en la puerta del salón con mi libro en la mano. De rato en rato, mi hija volteaba a mirar para comprobar que yo seguía ahí. Ella no sabía que la estaban evaluando y no quería separarse de mí.
J tampoco sabe que lo estoy evaluando y tampoco quiere que me separe de él. Es curioso, nunca he sido tan racional para elegir una pareja en mi vida. Pero cómo no ser así, cómo no tener cuidado después de un divorcio. A veces pienso que la costra que me ha dejado la separación nunca va a terminar de caer, es como un metal indestructible que cubre mi pecho e impide que me vuelva a enamorar como antes.

A la hora, mi hija estaba entretenida con unos rompecabezas y las miradas hacia la puerta casi habían desaparecido, por lo que la psicóloga me dijo que ya era hora de que me vaya. ¿Y no me puedo despedir? No, dijo con una media sonrisa, va a ser más difícil después. Imaginé lo que estaba pensando, que era una madre sobre protectora. ¡Pero no lo soy! No soy de esas madres que sienten que sus hijos son una extensión de su cuerpo, como una amiga mía que no dejaba que su hija vaya a los cumpleaños con la abuela porque ella no iba a ser testigo de su disfrute. Cómo SU hija iba a gozar sin ella. Lo que pasa conmigo es que, en situaciones como esta, mi época traumática del nido aparece como una ráfaga fría que me hiela los huesos. Salí con el corazón anudado. Yo le había prometido que me quedaría afuera esperándola y pensé que cuando se diera cuenta de mi ausencia se sentiría traicionada. Pero no me quedó otra alternativa que irme, era la única mamá que había estado sentada afuera del salón para tranquilizar a su hija, o mejor dicho, para que yo me tranquilice.

Salí a caminar buscando desesperadamente un café. Debía encontrar un Starbucks cerca, esos locales se han reproducido de una forma casi patológica. Y efectivamente, lo encontré, a dos cuadras de Wong de la Av. Benavides. Entré y me sentí como en casa —he pasado buen tiempo en ese café escribiendo mi novela—, tenía dos horas enteras solo para mí. Cuando tengo tanto tiempo a mi disposición a veces me abrumo y lo desperdicio. Tal vez es el miedo del que habla Rosa Montero en La loca de la casa, el miedo a enfrentarte al papel y no poder encontrarte con tu daimon, aquella fuerza inspiradora que te hace escribir sólo textos geniales. Así que “despedicié” mi tiempo leyendo una revista y hojeando la sección cultural del periódico, y comprobé lo lento que pasan las horas cuando no las necesitamos. Quería recoger a mi hija en ese instante y que me diga contenta que la pasó lindo, que le gustó el colegio que elegí para ella.

Al cabo de un rato me relajé y me vinieron a la mente aquellos ojos azules que me persiguen. Tanto J como el otro candidato, Mauricio, tienen los ojos azules. Y los dos aman el arte. J la literatura, Mauricio, la música. Los dos son separados, la diferencia es que J tiene un hijo y Mauricio no. Tal vez suene radical, pero a pesar de que la boca de Mauricio y la mía encajan como piezas de tangram (todavía no pruebo a J), me temo que ha perdido muchos puntos. Uno de los requisitos que tiene que cumplir mi próxima pareja es que tenga un hijo. La razón más importante es porque mi instinto maternal está más que satisfecho. Ser mamá es una tarea demasiado intensa y, en casos extremos, la palabra “madre”, que tanto glorifican, puede llegar a significar: Mujer Agotada Desesperada Renegona Esclava. La segunda razón es porque el novio en cuestión no podría entender mi labor y aceptar que:

1. Prefiera quedarme en casa por cansancio o porque la nena enfermó.
2. Mis fines de semana los pase con ella, ya que trabajo todos los días.
3. No puedo dormir en otro lugar que no sea mi casa o, peor aún, dejar que él se quede en mi cama.

Entonces, qué me queda, tener relaciones libres hasta que aparezca el candidato ideal o hasta que yo esté preparada para asumir compromisos. El problema es que Mauricio no parece estar conforme con pasar el rato. Su vulnerabilidad le impide ver nuestra relación con un sentido práctico y me temo que se está enamorando. Así me la pasé, enumerando todos los peros posibles para descartar al chico, hasta que al fin el reloj marcó las 12:20. Debía volver al colegio. Cuando llegué, había un grupo de padres atiborrados en la puerta y un vigilante, con radio en mano, anunciaba la llegada de cada uno. Después de unos minutos, vi a mi hija aparecer de la mano de una auxiliar con la carita sonriente. ¡Mamá! ¡Me gustó el colegio! Luego me llevó con entusiasmo hasta adentro para mostrarme lo que había hecho, una flor y un corazón de plastelina. Inhalé aire hasta levantar los hombros —como en mis clases de yoga— y lo exhalé en forma tan sonora que la chica que nos acompañó dio un pequeño brinco de susto. De pronto, todos mis temores parecían desvanecerse. Por qué tendría que ser tan estricta con Mauricio, y por qué no podría propiciar yo misma una situación más íntima con J, para de una buena vez decidir si elijo a uno de ellos o me despido de los dos. Esa tarde, comiendo pizza y bailando en la silla del restaurante con mi hija, sentí que yo había aprobado un examen. Me faltaba poco para ingresar a una nueva etapa en mi vida, igual que mi hija.

lunes, 5 de mayo de 2008

Cohibidos en el Cohíba


Abril se nos fue, las mañanas limeñas están cada vez más frías. Vivo en un octavo piso en San Isidro y desde mi ventana puedo ver la neblina colándose por los edificios. El viento está cambiando, ya se escuchan los susurros del invierno. Es inevitable. Aunque me gusta la imagen deprimente de los días grises de Lima —debe estar relacionado con algún hecho feliz en mi niñez— me cuesta habituarme nuevamente a las medias pantys y a los calentadores de nylon que me pongo debajo de la blusa. Por eso en invierno me visto con más color, para compensar la luz del verano que está de vacaciones.

Es evidente que mi estado de ánimo no es el mejor y J, un amigo literato que conocí hace poco, me dijo que había una cosa que podía compensar la melancolía del invierno: bailar salsa. La idea me pareció divertida, así que acepté su invitación para ir a algún lugar de salsa pura. Claro, no fuimos tan osados y elegimos un salsodromo en el que podíamos hacer el ridículo sin roche, el Cohíba de la Avenida El Ejército. A mi pareja y a mí, principiantes aún, nos hubiera encantado quedarnos tumbados en el Tumbao de la Victoria. Pero bueno, tampoco hay que ser tan desubicados, en el Tumbao sí que nos hubieran dado una buena tunda.

Ir a bailar salsa era todo un acontecimiento para mí y debía vestirme de acuerdo a la ocasión. Estuve a punto de ponerme una minifalda negra, de esas que cuando das un giro se vuelven vaporosas y demasiado permisivas a los ojos ajenos, pero para mala suerte de mi acompañante, se le rompió el cierre y tuve que reemplazarla por un pantalón negro, muy serio para mi gusto. Busqué en mi guardarropa algo que lo hiciera sexy y tropicalón y encontré un polo de licra pegadito que termina en falda. El color verde estaba perfecto para la ocasión, pero ni con esas pude animar a J. Cuando me vio quedó bastante decepcionado. Aunque mencionó un “linda” por ahí, sé que en su mente reclamaba ¡las piernas con taco aguja! Yo, en cambio, suspiré de alivio cuando lo vi con su camisa blanca de manga larga. Tenía un look desaliñado y chic que le caía muy bien. Uf!!! Si se hubiera aparecido con una guayabera colorida —amenazó con eso— o muy formalito, con la camisa dentro del pantalón y el pelo engominado, habría perdido algunos puntos. Debo confesar que este chico está en competencia con otro, pero eso es historia de otro post.

Cuando llegamos, el lugar estaba repleto. Tuvimos que cruzar la pista de baile para sentarnos en una mesita libre al lado del estrado, donde estaba ubicaba la banda. Una morena apretada endulzaba a las parejas con el azúcar de Celia, mientras nosotros nos comenzábamos a habituar al ritmo del bongó y la gaita. Qué sabes bailar mejor, le dije, salsa cubana o de línea. Me miró sorprendido con una sonrisita nerviosa, esperando que yo develara la broma. ¿Cómo que salsa de línea? Sí pues, para mí es más fácil la de línea, le dije. Se rió a carcajadas. Pucha, me fregaste, no tenía idea que existía la salsa en línea, me tienes que enseñar. Y salimos a bailar. Me tomó de la cintura y pude sentir un temblor en sus manos, era la primera vez que estábamos tan cerca. Uno, dos, sígueme. Sí, así, a ver, probemos con una vueltita. Definitivamente no iba a conquistarme con salsa, su terreno eran las letras y punto, pero pensé que me había llevado hasta ahí para sorprenderme. Me había imaginado que si sabía contar historias tal vez podría llevarme con soltura de un tema a otro, hacer saltos de tiempo, darme giros inesperados, no sé, yo solita me hice una novela en la cabeza. Sólo a mí se me ocurría pensar que un hombre acostumbrado a los vaivenes de la mente podía ser experto en estos menesteres. Su propuesta fue sólo un juego, una excusa divertida para poder salir conmigo.

A la hora nos rendimos y nos dedicamos a conversar más que a bailar, viendo a los personajes del lugar. ¡El asilo se había salido en tropel! Todos parecían enamorados y excitados. ¿Es que todavía existe el sexo a los sesenta? Además, se habían reunido todas las trampas de Lima, seguros de que en ese lugar podrían expresar su amor sin tapujos. Y el espectáculo de la danza fue otro cuento. Estaba el típico tío escandaloso de camisa roja que bailaba la salsa como si fuera marinera; el dotado de gracia, ligero y elegante, que sabía mover las caderas sin aspavientos; y, claro, no podía faltar el salserito de barrio, el cholo power que perseguía a su pareja en una carrera atropellada, porque su salsa era demasiado rápida, brusca y enredada. Incluso hacía piruetas arrodillado y empujaba las sillas invadiendo a los novatos como nosotros, que nos sentíamos intrusos en ese lugar.

Así no las pasamos, divertidos con el espectáculo que nos rodeaba hasta que llegó el momento de la verdad: el bolero. No tenía idea de que en los lugares de salsa tocaban bolero. ¡Esa era la trampa! J me había llevado hasta ahí para bailar pegadito, cachete con cachete. No pude rechazar su invitación y salimos con Sabor a mí. Me sentía igual que en la adolescencia, bailando lento con el chico que te quiere caer. La diferencia era que no estábamos escuchando el inglés susurrado de Air Suply o el More than words de Extreme, sino ¡el lento de mi abuelita! Un día tenemos que ir a bailar bolero al Bolívar, en una loseta, me dijo al oído. Y tú tienes que ir con vestido y yo con terno. Ay qué flojera, vestirse tan formal no es mucho mi plan. Le dije eso, pero la verdad es que no me imagino en un encuentro tan romántico si es que no estoy segura de qué es lo que va a pasar con él. Pero, por otro lado, para poder elegir tengo que probar el material. En algún momento tendrá que ocurrir, ya llevamos saliendo más de dos semanas y nunca ha tratado de besarme. Su forma de demostrarme que está interesado en mí son sus detalles. Un día se apareció en mi casa con veinte dvds de películas clásicas, porque a mí se me ocurrió mencionarle que quería saber más de cine. Me escribe mails gigantescos y la última vez que se fue de viaje no dejó de sacar regalitos de su bolsa de Papá Noel.

El asunto es que yo sabía que esa noche no se iba a atrever a hacer nada. Sacarme a bailar lento fue su máximo esfuerzo y yo no estaba preparada para besarlo. Después de varias decepciones amorosas, al fin he decidido que estoy mejor sola. No es una pose. Sencillamente no estoy desesperada por conseguir pareja y disfruto de mi soledad, aunque eso no quita que pueda divertirme. El problema es que J no es chico de una noche y si lo besaba, tal vez lo hubiera interpretado como un “sí” (a veces me sorprendo a mí misma hablando como si fuera un hombre).

La noche de salsa terminó con el bolero. Fue tan tenso ese abrazo que los dos terminamos exhaustos. Alrededor, las parejas seguían dándose piquitos y mirándose con adoración, mientras a nosotros nos había invadido una fría sensación de incomodidad. El Grinch del amor estaba más presente que nunca (así me ha bautizado J). Definitivamente, el invierno ha llegado.

sábado, 19 de abril de 2008

El pilaf


Mi último amorío comenzó con una cita a ciegas. Karen, una amiga de la oficina, quedó en presentarme a un chico. Digo chico, pero en realidad no era ningún chibolo, tenía 38 años. Después de mi separación, la única relación importante que tuve fue con un “chico” de 40, o sea, que este se le acercaba. El día de la cita, el chico, al que le vamos a llamar… Eduardo, nos invitó a su departamento, él iba a cocinar.
Llegamos a las 10 de la noche. Su departamento era de esos a los que entras por la puerta del ascensor. Detalle un poco claustrofóbico para mi gusto. El lugar era amplio. Sillones modernos, una alfombra colorida en el medio, sin mesa de centro. El comedor, de líneas rectas y madera oscura. No había cuadros, se acababa de mudar hacía un mes. Cuando salimos del ascensor él hizo su aparición desde la cocina y lo que vi me desconcertó. ¡Realmente no esperaba a un chico! ¡Se le veía muy joven! Me remonto nuevamente a mi relación anterior: un hombre serio, con dos grandes entradas en las esquinas de su pelo, todo un señor. Eduardo, en cambio, parecía un treintón como yo, no un casi cuarentón. Nos recibió con una gran sonrisa y no pude ver en él un signo que delatara la impresión que le causé.

Eduardo había estado preparando la cena desde el día anterior. El muchacho se había esmerado. Lo desconcertante es que nos contó que se había quedado hasta las dos de la mañana preparando el asado. Es que la carne se debe cocinar lento, como en cuatro horas, nos dijo. Así que se había tomado su tiempo, vaya detalle. Ni siquiera me conocía y había hecho eso por quedar bien, me imaginé lo que podría hacer por mí cuando realmente me conociera (una idea ilusa, teniendo en cuenta que las valoraciones de las mujeres no suelen coincidir con las de los hombres). Pero después me di cuenta de la verdad del asunto. No es que me haya querido impresionar, o, en todo caso, no fue sólo eso. Lo que pasa es que el muchacho era lento en su quehacer de chef aficionado. Desde las diez de la noche que llegamos, lo vi ir de aquí para allá, haciendo no sé qué, porque se supone que la carne ya estaba lista y todo ya lo tenía picado. A sí, le faltaba juntar las lechugas, mandarinas, espinacas y croutones de la ensalada, hacer el arroz y la salsa. En un momento entré a la cocina para husmear y vi que estaba licuando el caldo de la carne en el nuevo mixer que acababa de abrir. Y por hacerle conversación se me ocurrió decirle que lo empuje hasta abajo, que no tuviera miedo, porque todo lo hacía con tanta minuciosidad y perfección que a veces me desesperaba. Pues me hizo caso, y al instante le salpicó un poco de salsa naranja en su polo inmaculado. Eso era lo que no quería que pasara, ¡ya ves! Nos reímos. En realidad, toda la noche nos reímos gracias al esposo de Karen, que no dejaba de hacer bromas en torno a la parsimonia de su amigo. Y encima, A Eduardo se le ocurrió comentar que él no era paciente. ¡Dios, qué ser loco y endemoniado seré yo! Bueno, así pasaron las horas, con varias copas de vino, yo conversando con mi amiga y visitando al chef de vez en cuando en la cocina. En una de aquellas visitas lo vi lavando sus implementos de cocina. Observé cómo echaba el detergente encima de la olla. Era de esos detergentes concentrados que vienen en gel y que deben diluirse en agua para usarse. Pues él no diluía nada, y yo veía cómo se iban chorros de chorros de aquel gel verde y su plata de paso. Además, me imaginaba que si no enjuagaba bien se estaría intoxicando en los próximos días, semanas, meses. Verán que yo también soy algo maniática, ese detalle de la limpieza me lo heredó mi queridísimo ex esposo.

Ya habían pasado dos horas y todavía no había terminado. No entendía. Al fin decidió que era hora de hacer el arroz. Es un arroz pilaf, nos dijo. Se cocina en el horno y lleva curry. Qué cara le habré puesto que de inmediato me preguntó, te gusta el curry ¿no? No mucho, le dije, y reí, pensando que lo iba a tomar con humor. Pero es una pizca, me dijo con un gesto de incomodidad. Me di cuenta de que no podía ser tan sincera y traté de barajarla. Sí, en realidad, no me gusta cuando se siente muy fuerte el sabor, pero seguro te queda riquísimo, y volví a reir. Era inútil tratar de arreglar lo que dije. Y el esposo de mi amiga aprovechó el detalle para seguir fastidiando a Eduardo.

Después de cuarenta y cinco minutos más, Karen y yo decidimos instalarnos en el comedor, no debía quedar ninguna duda, ¡teníamos hambre! Hubiéramos podido hacer la rabieta de los cubiertos y golpearlos contra el vidrio que hacía de mesa, pero algo más lamentable lo impidió, estábamos cansadas. Yo tenía la mano apoyada en la quijada, todas mis fuerzas estaban enfocadas en tratar de mantener los ojos abiertos. Ese día había sido el santo de mi hija, cumplía cuatro años, y no había sido una tarde muy relajada que digamos. La nena no quiso participar del show, se sentó al lado de su caja de regalos, una nueva extensión de su cuerpo, y mientras le cantaban el happy birthday ella entonaba su propia melodía de gritos desaforados. Y para colmo de males, cuando el hijo de Karen le entregó su regalo ella se paró encima de la caja y comenzó a chancarla. Un caos que me dejó exhausta. Nunca me había pasado esto con una chica, dijo Eduardo cuando vio que mis ojos iban cediendo a la ley de la gravedad. ¡Te estás quedando dormida! Y regresó a la cocina con la misma sonrisa de preocupación que puso con lo del curry.

A la una de la mañana estaba todo listo, menos el pilaf. El arroz nunca se cocinó y Eduardo tuvo que servir el asado solo. Nos consoló con pan baguette y con la ensalada que estaba a punto de marchitarse en el olvido. Cuando tuve el plato al frente sentí pánico. Eduardo no hubiera podido soportar un fracaso más, si ese asado estaba feo no quedaría nada para salvar su ego de perfecto anfitrión. Pero para suerte de todos, eso no ocurrió. La carne se deshacía en la boca y la sazón estaba realmente exquisita.

Así empezó mi historia con este “chico”, y después de un par de meses, así terminó, como el pilaf que nunca se coció.

lunes, 10 de diciembre de 2007

ALGUIEN QUE ME QUIERA


Presentación de la novela Alguien que me quiera de Giselle Klatic.
Miércoles 19 de diciembre de 2007, a las 7:30 p.m. en el bar Patagonia, Bolívar 164 Miraflores. Los comentarios estarán a cargo de Iván Thays y Mihaela Radulescu.
Sinopsis:
Fátima va a cumplir 30 años. Desea escribir un libro, pero la idea de un diario íntimo la seduce primero. Así, aparece ante nosotros el Místico, su primer amor, con el que descubre un universo de chakras y guías espirituales; Amador, el maestro de las palabras, que le abre las puertas al mundo de la literatura; y Salvador, un terapeuta que la hipnotiza, revelándole los misterios de su niñez y de otras vidas. Fátima los llama sus tres “magos” y en medio de ellos aparece el Poeta, amigo de la infancia, con el que reencuentra viejos tiempos y perturbadores deseos.

El parto del diario es también el parto de su hija, y el lector entra sin querer en la vida secreta que Fátima trata de develar en cada domingo solitario de café. Amor, ternura y soledad son los ingredientes de este libro, que despierta en nosotros el deseo original de ser protegidos: abrir los brazos y buscar, con el llanto del niño recién nacido, el cuerpo de alguien que nos quiera.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Héroe de papel


Esa tarde me dediqué a observarla. Ya la había visto otros días en el mismo lugar, en la última mesa del corredor que daba a la calle, pero esta vez se veía alarmada e impaciente. No dejaba de mirar a la puerta y entre sus manos tenía una servilleta que le había servido para hacer improvisadas figuras de origami: un avión que luego se había convertido en barco y que jugaba a encogerse y alargarse entre sus manos. Aburrida, lo volvió a deshacer y procedió nuevamente a doblar. Era un tarea que hacía mecánicamente y sin prestarle mucha atención. Finalmente, irritada por la aparente espera, terminó por deshacer un pájaro y de mala gana arrugó la servilleta y la echó con gesto displicente en la taza de café. Estuve tan atento a sus maniobras y encariñado con sus creaciones que casi pude ver cómo el papel iba absorbiendo el líquido negrusco y se teñía, haciéndose cada vez más frágil. En ese preciso momento entró un joven con apariencia de yupi de Wall Street y se sentó en la barra. Ella quedó paralizada, era evidente que era la persona que estaba esperando hacía media hora. Se le quedó mirando mientras se mordía una uña y dejaba caer los dedos de su otra mano alternadamente sobre la mesa. Pasaron unos minutos y pareció haber encontrado una respuesta. Volteó súbitamente para coger su cartera y sacó un lapicero, tomó una servilleta y escribió algo de unas tres líneas. Lo dobló y le pidió al mozo que se lo diera al joven. Luego salió rápidamente del café. El yupi en cuestión recibió el mensaje, lo leyó e hizo un gesto de búsqueda en dirección de la última mesa que le había señalado el mozo. Luego sonrió burlonamente, lo arrugó y lo echó en el plato con restos de papas fritas y ketchup.

Este evento me había dejado inquieto. Ver a esa jovencita, no muy agraciada por cierto, con aire de intelectual y evidentemente desesperada por aquel hombre me había puesto nervioso. Volví a pensar en ti, aunque desde el incidente no puedo dejar de hacerlo cada minuto, pero después de ver a esa muchacha te me presentaste tan vívidamente que no pude contener algunas lágrimas. No te veo hace tanto tiempo, todavía me asusta que estés sola, en otro país, a merced de cualquier desgraciado que te rompa el corazón. Pero claro, tú eres linda… peor aún, ser muy linda en este mundo también es un problema y para ti fue una desgracia. Siento mucho nuestra pelea de la última vez, fui muy grosero contigo y hasta hoy no puedo llamarte, no me dejan. Sé que te quedaste muy alterada y en el camino te volviste a topar con aquel infeliz que se quiso aprovechar de tu soledad, de nuestra soledad mi amor. Si yo hubiera estado a tu lado, nunca hubiera permitido que te trataran como aquella servilleta inservible que luego es arrugada y tirada sobre los restos de un caníbal. Pero mejor te sigo contando para que sepas lo que hice por ti.

A las siete salí del lugar y me fui caminando a casa. Todavía seguían las bocinas, los cambistas, la gente que iba y venía, siempre apurada, subiendo a los taxis y a los micros. El pavimento vibraba bajo mis pies, era toda esa urbe adolorida que parecía estar gritando auxilio. Y yo, escuchándolos a todos, a toda esa calle que volaba y me oprimía. Me fui directo a un grifo y me compré una botella de pisco. Acá no tengo pisco, ni nada, apenas ayer pude ver el jardín hermoso por donde caminas. Ya vi cómo les sonríes a todos con tu vestido blanco y a mí ni me miras, ¿sigues enfadada conmigo?

A la mañana siguiente me desperté pensando en mi nombre: Elías Aguirre. Irónico no? un nombre de héroe para alguien que no ha hecho nada importante en la vida. Otra vez comenzó a torturarme esa idea, en unos veinte años más, si tenía suerte, me moriría sin haber dejado algo que me perpetuara. Miré por la ventana para ver si me animaba un poco, era uno de esos días opacos, el invierno había llegado con toda su insolencia y del mar se aproximaba una neblina densa y una sensación húmeda que me calaba los huesos. De inmediato lo relacioné con mi rodilla, me la había malogrado en un partido de fútbol por tratar de seguir creyéndome un muchachito. Esa rodilla me traería problemas más adelante, lo sabía. Seguí colgado del paisaje, tratando de ver al menos un poco de espuma y algún brillo en aquellas aguas plomas, pero fue inútil, la neblina ya se había desplazado tapándome el horizonte y ahora tenía en frente a un montón de vejestorios practicando una especie de danza ridícula que se había puesto de moda. Cerré la ventana, me dio escalofríos imaginarme a mí en esas danzas, todavía no estaba tan viejo, pero estar solo me había echado encima un paquete de años que no me correspondía. ¿Sabías que ya no tengo ventana? Ahora tengo neblina por los cuatro costados y la rodilla, esa rodilla me tiene aquí sentado todo el día. Pero mañana seguro te vuelvo a ver y cuando sepas como terminó todo me vas a perdonar y vamos a volver a escuchar a Louis Armstrong. ¿Te acuerdas que lo poníamos todos los domingos cuando preparábamos juntos la cena? Ese día estaba desesperado, con la impotencia de no poder volver a verte, así que salí dispuesto a ser por fin un hombre digno de llevar mi nombre, a ser tu héroe chiquita.

A las seis de la tarde volví al cafetín. El lugar parecía oler a ti, no entendía bien qué sucedía hasta que me di cuenta de que en los parlantes sonaba Mack the knife, eras tú mi vida, anunciándomelo todo. Me puse un poco nervioso, ya no tenía dudas de lo que pasaría, a pesar de que no veía a la muchacha en el lugar de siempre. Pero a quien sí vi fue al yupi con su mismo plato de bistek con papas, devorando, sin ver a nadie más a su alrededor. Me quedé hipnotizado viendo a esa bestia que deglutía sin parar y cuando menos lo esperé llegó el mozo nuevamente con una servilleta doblada. Giré la cabeza hacia la última mesa del corredor y la vi a ella, esta vez no había huido, sino que esperaba conteniendo la respiración, mirándolo fijamente. El le devolvió la mirada y sin quitarle los ojos de encima se limpió la boca con el mensaje, lo arrugó y esta vez lo echó en la taza de café a medio terminar. Ahora aquella servilleta estaba corriendo la misma suerte que las figuras de origami que hacía la muchacha, la misma suerte que corriste tú hijita, ahogada en un pozo negro, cada vez más frágil, flotando y deshaciéndote, con alguna súplica borrada en el fondo de la taza. No quise voltear a mirarla, humillada, solo me paré, me dirigí a la barra y tarareando el inglés ronco de Armstrong tomé el cuchillo del bistek y se lo clavé en el estómago (para que no pudiera digerir su último bocado). El hombre cayó de la silla con cara de horror y se agarró el vientre ensangrentando pidiendo ayuda. Yo me lo quedé mirando, cantando ahora sí a voz en cuello y esperando por ti.

martes, 6 de noviembre de 2007

Ropa sucia



Eran las tres de la mañana. Bernardo la vio cruzando la pista. Llevaba un abrigo largo, hasta los tobillos. Se paró en la plaza San Martín y encendió un cigarrillo. No parecía temer nada, a pesar de que era un blanco fácil para los pirañitas de la zona. Pero los chibolos que pasaron por su lado la trataron con familiaridad, se quedaron conversando un rato y luego se fueron, después de que ella les diera un paquete pequeño dentro de una bolsa blanca. Bernardo no pudo evitar la curiosidad, aquella mujer parecía su salvación después de haber pasado una noche bastante aburrida. Se acercó resuelto a entablar una charla con ella. Hola, ¿no te da miedo estar aquí tan solita? Ella lo miró de reojo y botó una bocanada de humo. Ya te había visto y no pareces del tipo violador de esquinas, además creo que el que debería tener cuidado eres tú. ¿Ves a esos chiquillos? —dijo señalando con el cigarrillo hacia el cine Colón—, ya te están tazando, cuando te vayas te van a atracar. Bernardo se puse un poco nervioso y volteó a mirar. Efectivamente, había dos de ellos merodeando en una esquina. Alrededor la calle estaba desierta. No pareces ser de por aquí, nunca te he visto. A veces me vengo a tomar unas chelas al Munich. Y ¿estás solo? Sí. Entonces te aconsejo que me invites una chela si quieres salir vivo de aquí, vamos. Bernardo aceptó la propuesta de la mujer, no por miedo sino por puro sentido de aventura.

Bajaron al bar y pidieron una jarra. Ella encendió otro cigarrillo y se le quedó mirando. Él también la miró como pocas veces miraba a una mujer: de frente, directo a los ojos. Los tenía tan negros que parecían dos túneles por donde uno podía perderse. Bernardo sintió una ligera sensación de angustia que cerró su garganta, tal vez era el bate que se había fumado antes de salir del bar. Ella se quitó un mechón que le caía sobre la frente y apoyó la mano del cigarrillo debajo de la quijada. Los rizos desordenados de su pelo enmarcaban un rostro rudo, y el humo y la poca luz la hacían ver como una aparición fantasmal. Él la siguió mirando, y su cara comenzó a transformarse, la vio como a una fiera: salieron un par de colmillos de su boca, la nariz erizada de aletas abiertas exhalaba un vapor furioso, y su mano apoyada en la cara era una garra. Bernardo cerró los ojos por un momento y los volvió a abrir, al fin les habían traído la jarra y tomó un trago. Estoy buscando mi ropa, dijo la mujer con la mirada perdida. Me la robaron, la tenía pegada a la piel y era roja. Su voz era más grave y con una cadencia mortuoria. Qué interesante, pensó él, esta mujer está loca, y comenzó a subirle una sensación de euforia que lo puso colorado. Ella volvió su mirada hacia él y le dijo: a ti hay que quitártela, por eso has venido a buscarme ¿no? No en realidad, no lo planeé, pero ya que lo mencionas, puedo dejar que me la quites. Y le alargó una sonrisa con sus ojos semi dormidos, sintiendo que ahora la euforia se alojaba debajo de su pantalón. Tú y yo no somos iguales, no sabes lo que es estar metido en la mierda. Volteó la cara con amargura. Él levantó su vaso e hizo un gesto de brindis para que ella le devolviera sus ojos. Y tu ropa, esa que estás buscando, ¿por qué te la robaron? Porque estaba sucia, pero era mi ropa y yo podía haberla limpiado. No te apenes, seguro puedes ponerte otra más bonita. Ella levantó la mirada y le lanzó sus ojos furiosos. No entiendes nada, le dijo. Tal vez, a veces soy un poco bruto, no te molestes, si quieres yo te ayudo a buscarla, y le tomó la mano. Ella hizo un gesto ambiguo con la boca, podía ser un intento de sonrisa o una señal de fastidio. Ahora estoy desnuda y vulnerable y cualquiera puede tomarme, por eso llevo mi navaja. Metió la mano al bolsillo y sacó un cuchillo pequeño con una punta fina. Con esto me defiendo. Eres pata de los chibolos de por acá ¿no? Sí, a veces les dejo unos sánguches que me prepara mi mamá, pero yo no los como, no confío en esa bruja, por su culpa me robaron mi ropa. Deberíamos irnos, acá estamos rodeados de demonios. ¿Demonios? Pero si los demonios no existen, nosotros los creamos y están aquí —dijo él tocándole el corazón con el dedo índice. Hacer eso fue como apretar el botón de una bomba, la mujer se lanzó sobre Bernardo y le volteó la cara de un bofetón. Él se quedó paralizado, viendo cómo ella acercaba su cara poco a poco, hasta rozarle la punta de la nariz. ¡No te metas conmigo!, ¿quieres que te de otra? No, le dijo él, manteniendo su cara firme, no me gusta que me peguen. Entonces vámonos de una vez de aquí. Ella tomó su mano y de un jalón lo sacó de la silla.

En la calle, Bernardo caminaba como un zombi a su lado, con miedo pero sin poder reaccionar. Se dejó llevar hasta un callejón y entró a un cuartucho oscuro que tenía una tarima, una mesita de noche y una silla. Había una cómoda con los cajones abiertos y con ropa colgando. Olía a humedad y a aquel tufo salado que había sentido en su piel cuando la tuvo tan cerca. Desde ese momento lo que sucedió pudo haber sido obra de su imaginación. Ella se quitó el saco, tenía puesto un camisón delgado que apenas le cubría el cuerpo, comenzó a desvestirlo y a besarlo sin respiro. Él la ayudó con la correa, el cierre de su pantalón, los zapatos. Cuando menos lo esperó estaban tendidos en la tarima. Ella se pegó a él como una sanguijuela, succionando su miembro desde un hueco negro y húmedo, dejándolo aferrado al colchón como por una fuerza centrífuga. Él pudo ver claramente cómo sus manos se alargaban, metiéndose dentro de unos pechos que se abrían y cerraban como pétalos carnívoros. Abrió más los ojos, tratando de recobrar la lucidez, pero aquel trance era más fuerte que él. Sus alucinaciones no cesaban. Aparecía y desaparecía el rostro que vio transformarse en fiera, los demonios que él mismo había dejado salir, tocando esa piel blanda que parecía de hule bajo sus manos. Un fluido caliente subió por sus venas haciéndolo pestañar. Su cabeza comenzó a girar cada vez más rápido y una sensación de vértigo lo hizo caer. La luz de la ventana dio contra su cara.

Cuando Bernardo despertó ella ya no estaba. Sólo estaban él, su resaca y una sensación extraña de falta. El cuarto ahora tenía las paredes descascaradas y el piso de losetas desvencijadas. Se incorporó con dificultad y levantó su pantalón para buscar la billetera. Lo primero que vio fue el condón que no usó y que le restregaba en la cara lo imbécil que había sido. Luego se dio cuenta de que ella no podía haberse llevado nada porque los últimos soles que tenía se los había gastado en el bar. Trató de recordar cómo había sucedido todo pero las imágenes iban apareciendo desconectadas unas de otras, hasta que después, cuando llegó a su casa, pudo reconstruir los hechos y relatarlos guiado por las emociones que habían quedado grabadas, más que por el sentido lógico de la razón. Los días pasaron y aquella sensación de haber sido despojado de algo seguía latiendo, como una alarma que no dejaría de sonar hasta que despertara de un sueño letárgico. No fue sino meses después cuando por fin despertó y se dio cuenta de que verdaderamente algo le faltaba, su ropa no volvió a ser la misma.