sábado, 19 de abril de 2008

El pilaf


Mi último amorío comenzó con una cita a ciegas. Karen, una amiga de la oficina, quedó en presentarme a un chico. Digo chico, pero en realidad no era ningún chibolo, tenía 38 años. Después de mi separación, la única relación importante que tuve fue con un “chico” de 40, o sea, que este se le acercaba. El día de la cita, el chico, al que le vamos a llamar… Eduardo, nos invitó a su departamento, él iba a cocinar.
Llegamos a las 10 de la noche. Su departamento era de esos a los que entras por la puerta del ascensor. Detalle un poco claustrofóbico para mi gusto. El lugar era amplio. Sillones modernos, una alfombra colorida en el medio, sin mesa de centro. El comedor, de líneas rectas y madera oscura. No había cuadros, se acababa de mudar hacía un mes. Cuando salimos del ascensor él hizo su aparición desde la cocina y lo que vi me desconcertó. ¡Realmente no esperaba a un chico! ¡Se le veía muy joven! Me remonto nuevamente a mi relación anterior: un hombre serio, con dos grandes entradas en las esquinas de su pelo, todo un señor. Eduardo, en cambio, parecía un treintón como yo, no un casi cuarentón. Nos recibió con una gran sonrisa y no pude ver en él un signo que delatara la impresión que le causé.

Eduardo había estado preparando la cena desde el día anterior. El muchacho se había esmerado. Lo desconcertante es que nos contó que se había quedado hasta las dos de la mañana preparando el asado. Es que la carne se debe cocinar lento, como en cuatro horas, nos dijo. Así que se había tomado su tiempo, vaya detalle. Ni siquiera me conocía y había hecho eso por quedar bien, me imaginé lo que podría hacer por mí cuando realmente me conociera (una idea ilusa, teniendo en cuenta que las valoraciones de las mujeres no suelen coincidir con las de los hombres). Pero después me di cuenta de la verdad del asunto. No es que me haya querido impresionar, o, en todo caso, no fue sólo eso. Lo que pasa es que el muchacho era lento en su quehacer de chef aficionado. Desde las diez de la noche que llegamos, lo vi ir de aquí para allá, haciendo no sé qué, porque se supone que la carne ya estaba lista y todo ya lo tenía picado. A sí, le faltaba juntar las lechugas, mandarinas, espinacas y croutones de la ensalada, hacer el arroz y la salsa. En un momento entré a la cocina para husmear y vi que estaba licuando el caldo de la carne en el nuevo mixer que acababa de abrir. Y por hacerle conversación se me ocurrió decirle que lo empuje hasta abajo, que no tuviera miedo, porque todo lo hacía con tanta minuciosidad y perfección que a veces me desesperaba. Pues me hizo caso, y al instante le salpicó un poco de salsa naranja en su polo inmaculado. Eso era lo que no quería que pasara, ¡ya ves! Nos reímos. En realidad, toda la noche nos reímos gracias al esposo de Karen, que no dejaba de hacer bromas en torno a la parsimonia de su amigo. Y encima, A Eduardo se le ocurrió comentar que él no era paciente. ¡Dios, qué ser loco y endemoniado seré yo! Bueno, así pasaron las horas, con varias copas de vino, yo conversando con mi amiga y visitando al chef de vez en cuando en la cocina. En una de aquellas visitas lo vi lavando sus implementos de cocina. Observé cómo echaba el detergente encima de la olla. Era de esos detergentes concentrados que vienen en gel y que deben diluirse en agua para usarse. Pues él no diluía nada, y yo veía cómo se iban chorros de chorros de aquel gel verde y su plata de paso. Además, me imaginaba que si no enjuagaba bien se estaría intoxicando en los próximos días, semanas, meses. Verán que yo también soy algo maniática, ese detalle de la limpieza me lo heredó mi queridísimo ex esposo.

Ya habían pasado dos horas y todavía no había terminado. No entendía. Al fin decidió que era hora de hacer el arroz. Es un arroz pilaf, nos dijo. Se cocina en el horno y lleva curry. Qué cara le habré puesto que de inmediato me preguntó, te gusta el curry ¿no? No mucho, le dije, y reí, pensando que lo iba a tomar con humor. Pero es una pizca, me dijo con un gesto de incomodidad. Me di cuenta de que no podía ser tan sincera y traté de barajarla. Sí, en realidad, no me gusta cuando se siente muy fuerte el sabor, pero seguro te queda riquísimo, y volví a reir. Era inútil tratar de arreglar lo que dije. Y el esposo de mi amiga aprovechó el detalle para seguir fastidiando a Eduardo.

Después de cuarenta y cinco minutos más, Karen y yo decidimos instalarnos en el comedor, no debía quedar ninguna duda, ¡teníamos hambre! Hubiéramos podido hacer la rabieta de los cubiertos y golpearlos contra el vidrio que hacía de mesa, pero algo más lamentable lo impidió, estábamos cansadas. Yo tenía la mano apoyada en la quijada, todas mis fuerzas estaban enfocadas en tratar de mantener los ojos abiertos. Ese día había sido el santo de mi hija, cumplía cuatro años, y no había sido una tarde muy relajada que digamos. La nena no quiso participar del show, se sentó al lado de su caja de regalos, una nueva extensión de su cuerpo, y mientras le cantaban el happy birthday ella entonaba su propia melodía de gritos desaforados. Y para colmo de males, cuando el hijo de Karen le entregó su regalo ella se paró encima de la caja y comenzó a chancarla. Un caos que me dejó exhausta. Nunca me había pasado esto con una chica, dijo Eduardo cuando vio que mis ojos iban cediendo a la ley de la gravedad. ¡Te estás quedando dormida! Y regresó a la cocina con la misma sonrisa de preocupación que puso con lo del curry.

A la una de la mañana estaba todo listo, menos el pilaf. El arroz nunca se cocinó y Eduardo tuvo que servir el asado solo. Nos consoló con pan baguette y con la ensalada que estaba a punto de marchitarse en el olvido. Cuando tuve el plato al frente sentí pánico. Eduardo no hubiera podido soportar un fracaso más, si ese asado estaba feo no quedaría nada para salvar su ego de perfecto anfitrión. Pero para suerte de todos, eso no ocurrió. La carne se deshacía en la boca y la sazón estaba realmente exquisita.

Así empezó mi historia con este “chico”, y después de un par de meses, así terminó, como el pilaf que nunca se coció.

lunes, 10 de diciembre de 2007

ALGUIEN QUE ME QUIERA


Presentación de la novela Alguien que me quiera de Giselle Klatic.
Miércoles 19 de diciembre de 2007, a las 7:30 p.m. en el bar Patagonia, Bolívar 164 Miraflores. Los comentarios estarán a cargo de Iván Thays y Mihaela Radulescu.
Sinopsis:
Fátima va a cumplir 30 años. Desea escribir un libro, pero la idea de un diario íntimo la seduce primero. Así, aparece ante nosotros el Místico, su primer amor, con el que descubre un universo de chakras y guías espirituales; Amador, el maestro de las palabras, que le abre las puertas al mundo de la literatura; y Salvador, un terapeuta que la hipnotiza, revelándole los misterios de su niñez y de otras vidas. Fátima los llama sus tres “magos” y en medio de ellos aparece el Poeta, amigo de la infancia, con el que reencuentra viejos tiempos y perturbadores deseos.

El parto del diario es también el parto de su hija, y el lector entra sin querer en la vida secreta que Fátima trata de develar en cada domingo solitario de café. Amor, ternura y soledad son los ingredientes de este libro, que despierta en nosotros el deseo original de ser protegidos: abrir los brazos y buscar, con el llanto del niño recién nacido, el cuerpo de alguien que nos quiera.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Héroe de papel


Esa tarde me dediqué a observarla. Ya la había visto otros días en el mismo lugar, en la última mesa del corredor que daba a la calle, pero esta vez se veía alarmada e impaciente. No dejaba de mirar a la puerta y entre sus manos tenía una servilleta que le había servido para hacer improvisadas figuras de origami: un avión que luego se había convertido en barco y que jugaba a encogerse y alargarse entre sus manos. Aburrida, lo volvió a deshacer y procedió nuevamente a doblar. Era un tarea que hacía mecánicamente y sin prestarle mucha atención. Finalmente, irritada por la aparente espera, terminó por deshacer un pájaro y de mala gana arrugó la servilleta y la echó con gesto displicente en la taza de café. Estuve tan atento a sus maniobras y encariñado con sus creaciones que casi pude ver cómo el papel iba absorbiendo el líquido negrusco y se teñía, haciéndose cada vez más frágil. En ese preciso momento entró un joven con apariencia de yupi de Wall Street y se sentó en la barra. Ella quedó paralizada, era evidente que era la persona que estaba esperando hacía media hora. Se le quedó mirando mientras se mordía una uña y dejaba caer los dedos de su otra mano alternadamente sobre la mesa. Pasaron unos minutos y pareció haber encontrado una respuesta. Volteó súbitamente para coger su cartera y sacó un lapicero, tomó una servilleta y escribió algo de unas tres líneas. Lo dobló y le pidió al mozo que se lo diera al joven. Luego salió rápidamente del café. El yupi en cuestión recibió el mensaje, lo leyó e hizo un gesto de búsqueda en dirección de la última mesa que le había señalado el mozo. Luego sonrió burlonamente, lo arrugó y lo echó en el plato con restos de papas fritas y ketchup.

Este evento me había dejado inquieto. Ver a esa jovencita, no muy agraciada por cierto, con aire de intelectual y evidentemente desesperada por aquel hombre me había puesto nervioso. Volví a pensar en ti, aunque desde el incidente no puedo dejar de hacerlo cada minuto, pero después de ver a esa muchacha te me presentaste tan vívidamente que no pude contener algunas lágrimas. No te veo hace tanto tiempo, todavía me asusta que estés sola, en otro país, a merced de cualquier desgraciado que te rompa el corazón. Pero claro, tú eres linda… peor aún, ser muy linda en este mundo también es un problema y para ti fue una desgracia. Siento mucho nuestra pelea de la última vez, fui muy grosero contigo y hasta hoy no puedo llamarte, no me dejan. Sé que te quedaste muy alterada y en el camino te volviste a topar con aquel infeliz que se quiso aprovechar de tu soledad, de nuestra soledad mi amor. Si yo hubiera estado a tu lado, nunca hubiera permitido que te trataran como aquella servilleta inservible que luego es arrugada y tirada sobre los restos de un caníbal. Pero mejor te sigo contando para que sepas lo que hice por ti.

A las siete salí del lugar y me fui caminando a casa. Todavía seguían las bocinas, los cambistas, la gente que iba y venía, siempre apurada, subiendo a los taxis y a los micros. El pavimento vibraba bajo mis pies, era toda esa urbe adolorida que parecía estar gritando auxilio. Y yo, escuchándolos a todos, a toda esa calle que volaba y me oprimía. Me fui directo a un grifo y me compré una botella de pisco. Acá no tengo pisco, ni nada, apenas ayer pude ver el jardín hermoso por donde caminas. Ya vi cómo les sonríes a todos con tu vestido blanco y a mí ni me miras, ¿sigues enfadada conmigo?

A la mañana siguiente me desperté pensando en mi nombre: Elías Aguirre. Irónico no? un nombre de héroe para alguien que no ha hecho nada importante en la vida. Otra vez comenzó a torturarme esa idea, en unos veinte años más, si tenía suerte, me moriría sin haber dejado algo que me perpetuara. Miré por la ventana para ver si me animaba un poco, era uno de esos días opacos, el invierno había llegado con toda su insolencia y del mar se aproximaba una neblina densa y una sensación húmeda que me calaba los huesos. De inmediato lo relacioné con mi rodilla, me la había malogrado en un partido de fútbol por tratar de seguir creyéndome un muchachito. Esa rodilla me traería problemas más adelante, lo sabía. Seguí colgado del paisaje, tratando de ver al menos un poco de espuma y algún brillo en aquellas aguas plomas, pero fue inútil, la neblina ya se había desplazado tapándome el horizonte y ahora tenía en frente a un montón de vejestorios practicando una especie de danza ridícula que se había puesto de moda. Cerré la ventana, me dio escalofríos imaginarme a mí en esas danzas, todavía no estaba tan viejo, pero estar solo me había echado encima un paquete de años que no me correspondía. ¿Sabías que ya no tengo ventana? Ahora tengo neblina por los cuatro costados y la rodilla, esa rodilla me tiene aquí sentado todo el día. Pero mañana seguro te vuelvo a ver y cuando sepas como terminó todo me vas a perdonar y vamos a volver a escuchar a Louis Armstrong. ¿Te acuerdas que lo poníamos todos los domingos cuando preparábamos juntos la cena? Ese día estaba desesperado, con la impotencia de no poder volver a verte, así que salí dispuesto a ser por fin un hombre digno de llevar mi nombre, a ser tu héroe chiquita.

A las seis de la tarde volví al cafetín. El lugar parecía oler a ti, no entendía bien qué sucedía hasta que me di cuenta de que en los parlantes sonaba Mack the knife, eras tú mi vida, anunciándomelo todo. Me puse un poco nervioso, ya no tenía dudas de lo que pasaría, a pesar de que no veía a la muchacha en el lugar de siempre. Pero a quien sí vi fue al yupi con su mismo plato de bistek con papas, devorando, sin ver a nadie más a su alrededor. Me quedé hipnotizado viendo a esa bestia que deglutía sin parar y cuando menos lo esperé llegó el mozo nuevamente con una servilleta doblada. Giré la cabeza hacia la última mesa del corredor y la vi a ella, esta vez no había huido, sino que esperaba conteniendo la respiración, mirándolo fijamente. El le devolvió la mirada y sin quitarle los ojos de encima se limpió la boca con el mensaje, lo arrugó y esta vez lo echó en la taza de café a medio terminar. Ahora aquella servilleta estaba corriendo la misma suerte que las figuras de origami que hacía la muchacha, la misma suerte que corriste tú hijita, ahogada en un pozo negro, cada vez más frágil, flotando y deshaciéndote, con alguna súplica borrada en el fondo de la taza. No quise voltear a mirarla, humillada, solo me paré, me dirigí a la barra y tarareando el inglés ronco de Armstrong tomé el cuchillo del bistek y se lo clavé en el estómago (para que no pudiera digerir su último bocado). El hombre cayó de la silla con cara de horror y se agarró el vientre ensangrentando pidiendo ayuda. Yo me lo quedé mirando, cantando ahora sí a voz en cuello y esperando por ti.

martes, 6 de noviembre de 2007

Ropa sucia



Eran las tres de la mañana. Bernardo la vio cruzando la pista. Llevaba un abrigo largo, hasta los tobillos. Se paró en la plaza San Martín y encendió un cigarrillo. No parecía temer nada, a pesar de que era un blanco fácil para los pirañitas de la zona. Pero los chibolos que pasaron por su lado la trataron con familiaridad, se quedaron conversando un rato y luego se fueron, después de que ella les diera un paquete pequeño dentro de una bolsa blanca. Bernardo no pudo evitar la curiosidad, aquella mujer parecía su salvación después de haber pasado una noche bastante aburrida. Se acercó resuelto a entablar una charla con ella. Hola, ¿no te da miedo estar aquí tan solita? Ella lo miró de reojo y botó una bocanada de humo. Ya te había visto y no pareces del tipo violador de esquinas, además creo que el que debería tener cuidado eres tú. ¿Ves a esos chiquillos? —dijo señalando con el cigarrillo hacia el cine Colón—, ya te están tazando, cuando te vayas te van a atracar. Bernardo se puse un poco nervioso y volteó a mirar. Efectivamente, había dos de ellos merodeando en una esquina. Alrededor la calle estaba desierta. No pareces ser de por aquí, nunca te he visto. A veces me vengo a tomar unas chelas al Munich. Y ¿estás solo? Sí. Entonces te aconsejo que me invites una chela si quieres salir vivo de aquí, vamos. Bernardo aceptó la propuesta de la mujer, no por miedo sino por puro sentido de aventura.

Bajaron al bar y pidieron una jarra. Ella encendió otro cigarrillo y se le quedó mirando. Él también la miró como pocas veces miraba a una mujer: de frente, directo a los ojos. Los tenía tan negros que parecían dos túneles por donde uno podía perderse. Bernardo sintió una ligera sensación de angustia que cerró su garganta, tal vez era el bate que se había fumado antes de salir del bar. Ella se quitó un mechón que le caía sobre la frente y apoyó la mano del cigarrillo debajo de la quijada. Los rizos desordenados de su pelo enmarcaban un rostro rudo, y el humo y la poca luz la hacían ver como una aparición fantasmal. Él la siguió mirando, y su cara comenzó a transformarse, la vio como a una fiera: salieron un par de colmillos de su boca, la nariz erizada de aletas abiertas exhalaba un vapor furioso, y su mano apoyada en la cara era una garra. Bernardo cerró los ojos por un momento y los volvió a abrir, al fin les habían traído la jarra y tomó un trago. Estoy buscando mi ropa, dijo la mujer con la mirada perdida. Me la robaron, la tenía pegada a la piel y era roja. Su voz era más grave y con una cadencia mortuoria. Qué interesante, pensó él, esta mujer está loca, y comenzó a subirle una sensación de euforia que lo puso colorado. Ella volvió su mirada hacia él y le dijo: a ti hay que quitártela, por eso has venido a buscarme ¿no? No en realidad, no lo planeé, pero ya que lo mencionas, puedo dejar que me la quites. Y le alargó una sonrisa con sus ojos semi dormidos, sintiendo que ahora la euforia se alojaba debajo de su pantalón. Tú y yo no somos iguales, no sabes lo que es estar metido en la mierda. Volteó la cara con amargura. Él levantó su vaso e hizo un gesto de brindis para que ella le devolviera sus ojos. Y tu ropa, esa que estás buscando, ¿por qué te la robaron? Porque estaba sucia, pero era mi ropa y yo podía haberla limpiado. No te apenes, seguro puedes ponerte otra más bonita. Ella levantó la mirada y le lanzó sus ojos furiosos. No entiendes nada, le dijo. Tal vez, a veces soy un poco bruto, no te molestes, si quieres yo te ayudo a buscarla, y le tomó la mano. Ella hizo un gesto ambiguo con la boca, podía ser un intento de sonrisa o una señal de fastidio. Ahora estoy desnuda y vulnerable y cualquiera puede tomarme, por eso llevo mi navaja. Metió la mano al bolsillo y sacó un cuchillo pequeño con una punta fina. Con esto me defiendo. Eres pata de los chibolos de por acá ¿no? Sí, a veces les dejo unos sánguches que me prepara mi mamá, pero yo no los como, no confío en esa bruja, por su culpa me robaron mi ropa. Deberíamos irnos, acá estamos rodeados de demonios. ¿Demonios? Pero si los demonios no existen, nosotros los creamos y están aquí —dijo él tocándole el corazón con el dedo índice. Hacer eso fue como apretar el botón de una bomba, la mujer se lanzó sobre Bernardo y le volteó la cara de un bofetón. Él se quedó paralizado, viendo cómo ella acercaba su cara poco a poco, hasta rozarle la punta de la nariz. ¡No te metas conmigo!, ¿quieres que te de otra? No, le dijo él, manteniendo su cara firme, no me gusta que me peguen. Entonces vámonos de una vez de aquí. Ella tomó su mano y de un jalón lo sacó de la silla.

En la calle, Bernardo caminaba como un zombi a su lado, con miedo pero sin poder reaccionar. Se dejó llevar hasta un callejón y entró a un cuartucho oscuro que tenía una tarima, una mesita de noche y una silla. Había una cómoda con los cajones abiertos y con ropa colgando. Olía a humedad y a aquel tufo salado que había sentido en su piel cuando la tuvo tan cerca. Desde ese momento lo que sucedió pudo haber sido obra de su imaginación. Ella se quitó el saco, tenía puesto un camisón delgado que apenas le cubría el cuerpo, comenzó a desvestirlo y a besarlo sin respiro. Él la ayudó con la correa, el cierre de su pantalón, los zapatos. Cuando menos lo esperó estaban tendidos en la tarima. Ella se pegó a él como una sanguijuela, succionando su miembro desde un hueco negro y húmedo, dejándolo aferrado al colchón como por una fuerza centrífuga. Él pudo ver claramente cómo sus manos se alargaban, metiéndose dentro de unos pechos que se abrían y cerraban como pétalos carnívoros. Abrió más los ojos, tratando de recobrar la lucidez, pero aquel trance era más fuerte que él. Sus alucinaciones no cesaban. Aparecía y desaparecía el rostro que vio transformarse en fiera, los demonios que él mismo había dejado salir, tocando esa piel blanda que parecía de hule bajo sus manos. Un fluido caliente subió por sus venas haciéndolo pestañar. Su cabeza comenzó a girar cada vez más rápido y una sensación de vértigo lo hizo caer. La luz de la ventana dio contra su cara.

Cuando Bernardo despertó ella ya no estaba. Sólo estaban él, su resaca y una sensación extraña de falta. El cuarto ahora tenía las paredes descascaradas y el piso de losetas desvencijadas. Se incorporó con dificultad y levantó su pantalón para buscar la billetera. Lo primero que vio fue el condón que no usó y que le restregaba en la cara lo imbécil que había sido. Luego se dio cuenta de que ella no podía haberse llevado nada porque los últimos soles que tenía se los había gastado en el bar. Trató de recordar cómo había sucedido todo pero las imágenes iban apareciendo desconectadas unas de otras, hasta que después, cuando llegó a su casa, pudo reconstruir los hechos y relatarlos guiado por las emociones que habían quedado grabadas, más que por el sentido lógico de la razón. Los días pasaron y aquella sensación de haber sido despojado de algo seguía latiendo, como una alarma que no dejaría de sonar hasta que despertara de un sueño letárgico. No fue sino meses después cuando por fin despertó y se dio cuenta de que verdaderamente algo le faltaba, su ropa no volvió a ser la misma.

martes, 2 de octubre de 2007

Ciudad revelada


Todos los sábados, a las tres de la tarde, me esperaban en el cuarto de la muerte. Era un cubículo oscuro e infectado, y llegar hasta ahí significaba morir un poquito cada semana. El lugar quedaba en la Av. Abancay, así que tenía que atravesar esa Lima que rebalsa, en un trayecto de bocinas infames, humos densos, rostros de hastío y resignación. Y yo debía estar acorde con aquel aire moribundo: buzo viejo, polo largo y ancho, cara lavada, pelo recogido de colegiala. Mis tabas, las más gastadas.
Bajaba del micro una esquina antes de llegar al edificio. Mi paso ligero hacía mover mi cola de un lado a otro. Iba directo a mi objetivo. Sin titubear, esquivaba las manos hambrientas, el discurso de los ambulantes a medio camino, alguno que otro escupitajo. Miraba a todos lados, siempre atenta del fulano que iba detrás, sujetando con fuerza las asas de mi mochila. Una tienda de tortas coloreaba el paisaje gris con rosados chillones y quinceañeros. He venido hasta aquí para verte sufrir, traidora, solía gritar la cumbia de un parlante. O también, miénteme, miénteme, hazme creer que este es el paraíso papi…

El edificio era un bloque teñido de todos esos dióxidos que habitaban la calle a diario. Había una reja que siempre estaba abierta, y al entrar, un olor rancio a orines secos te golpeaba la cara. Había un ascensor, pero nunca se me ocurrió entrar, quedarme atrapada en aquel aparato me asustaba más que volar los cinco pisos que me llevaban hasta mi destino. En esas carreras desesperadas siempre imaginaba que alguien aparecería y trataría de hacer uso de lo ajeno, de mi cuerpo claro, porque otra cosa no se podrían llevar, no cargaba nada de valor. Pero siempre me acompañó un silencio de abandono. Nunca se asomó un alma por aquellas escaleras que subía de a tres. Aunque una vez comprobé que el edificio no estaba deshabitado.
Cuando llegaba al piso tenía que caminar por un corredor vacío hasta el 508, el número salvador. Una de aquellas veces vi en el camino una puerta entreabierta y no pude resistir la tentación de asomarme. Una familia numerosa estaba reunida en una mesa larga y se escuchaba el parloteo de un televisor. En la cabecera de la mesa, un hombre parecía hipnotizado. Espalda recta, mirada perdida, su mente estaba atrapada en un barullo de voces fantasmales. Lo quedé mirando y logré entrar en su letargo y ser él por un instante, hasta que sus ojos me encontraron. Desvió la mirada nerviosamente y yo sólo atiné a alejarme lo más rápido que pude.

El 508 era la cuarta puerta del corredor. Debía tocarla dos veces, dejar un silencio y volver a tocar una vez más. Esa era mi clave, nunca supe bien por qué la usaban, si era porque no querían recibir a alguien o porque el lugar era más peligroso de lo que imaginaba. Si no estaban listos ellos respondían con dos toques y yo tenía que esperar de dos a tres minutos más. Si estaban listos abrían la puerta haciendo sonar el pegamento de la cinta aislante que se desprendía de la pared. Ya adentro me codeaba con dos o tres personas en un cuarto minúsculo, con un ventilador que recirculaba nuestras respiraciones apretadas y nos hacía creer que entraba aire fresco. A veces tenía suerte y sólo estábamos Rolando y yo, pero siempre pasaba ahí dos horas asfixiada de químicos, que poco a poco hicieron que mi cuerpo generara un rechazo brutal al fixer, al dektol y al ácido ascético. Pero en ese momento estaba tan fascinada viendo la magia de los revelados que no me daba cuenta. Esperaba paciente los segundos del reloj para sacar las tiras de prueba y luego los minutos inacabables meciendo bateas para obtener la imagen que había proyectado. Los papeles nadaban después de haber pasado por mil y un artimañas bajo la luz de la ampliadora, en la que unos aparatos hechos de cartulina y alambre o incluso las mismas manos, servían para tapar algunas zonas o para exponer otras a más tiempo de luz.

Así fueron mis primeras prácticas en el cuarto oscuro de la Avenida Abancay. Nunca salí de ahí con una foto reveladora. Mis blancos y negros eran todavía demasiado contrastados y el papel barato no ayudaba a ocultar las huellas de un químico a destiempo. Lo que sí fue revelador me lo llevé de una imagen que no estaba hecha ni de plata ni gelatina, sino de aquella especie de vida agonizante que merodeaba la ciudad.

sábado, 15 de septiembre de 2007

El terremoto



Diario de Fátima
17/08/07

Hoy día mi hija me regaló un dibujo. ¿Qué es esto hijita? Es el terremoto mami.
El terremoto ha roto partículas, las ha mezclado, ha remecido cada uno de los cajones de mi conciencia y me ha traído una extraña calma. La huelo, la reconozco, es miedo disfrazado de calma, un miedo emergente que quiere gritar. ¿Disfrutas más sola o sufriendo por alguien? No lo sé. Mejor que venga el ángel a regalarme su aliento fresco. Sólo eso. El piso tiembla y tiembla, sigue temblando. Tengo inyectado el miedo en las venas. Estoy con los átomos revueltos, se han confundido, generan cortos circuitos involuntarios. Y el niño hombre aparece otra vez, entre nubes amorfas. ¡Qué locura maternal tan devastadora! Ha llegado con la mirada quebrada, la de aquel que está desarmado por un segundo y en ese instante puedes verle el alma. Me dice adiós, él también, es hora de que regrese a su mundo.
Ha habido un terremoto, aquí adentro…

jueves, 6 de septiembre de 2007

Relato de una mujer nueva



La noche está fría, ya se siente aquel viento helado que trae el invierno. Me enfrento a la corriente y tengo que agachar la cabeza y cerrar el saco contra mi pecho. Quiero enfrentar también mi miedo y vencerlo, pero sigue conmigo, volando a la par que mi pelo. Llego al bar a la hora prevista pero me voy directo al tocador, tengo que asegurarme de que me veo bien. Me miro al espejo, me he puesto el vestido rojo que me regaló la Lola el día de mi cumpleaños, el par de tetas falsas se asoman por el escote. Me siento orgullosa, de todas las chicas del bar soy la que tiene menos cortes y más atributos naturales. Arreglo mi pelo con las manos, el viento ha aumentado su volumen. Siempre me ha gustado verme con el pelo abundante, así me queda mejor. ¡Ay! como odiaba aquel corte militar que me hacía mi madre, si me viera ahora, creo que se volvería a morir. Me inclino hacia el espejo para mirarme de cerca. Sin duda, el maquillaje es mi mejor aliado, me siento más segura bajo esa máscara de polvos y pinceladas que afinan mis rasgos. Repaso el delineado en mis cejas, separo mis pestañas pegoteadas por el rímel, aumento el carmín en mis labios y el color en mis mejillas. Veo mis argollas y recuerdo al español perverso que le gustaba hacer cochinadas con mis pies, sólo Dios sabe por qué lo aguanté. Tengo ganas de orinar, siempre me pasa eso cuando estoy nerviosa. Voy al water y orino sentada. Acomodo nuevamente el calzón apretado y las medias pantys. ¡Carajo! es todo un trámite esto de ir al baño para las mujeres. Son las nueve y cuarto, ya debo salir, seguro me esta esperando. Salgo del baño y lo veo sentado en una de las mesas que están junto a la ventana, mira la calle con un vaso de whisky en las manos. El no bebe whisky, seguro también esta nervioso. Se ve adorable, hermoso, ¡tengo tanto miedo de acercarme! Camino despacio pero el sonido de los tacones me anuncia. Gira la cabeza, me paralizo, me mira triste con ese par de ojos pardos que me heredó. Hola papá, me dice.